A la gente de Los Teques, empezó a dolerle la ciudad.




 Ronald Peñaranda:
¿Has escrito 2 libros y un número importante de artículos sobre Los Teques.  Como resumirías la situación de esta ciudad actualmente?

César Gedler
La pérdida de la memoria histórico cultural de los pueblos, es un hecho tan grave como la pérdida de la memoria individual. Y cuando hablo de la memoria me refiero a algo mayor que lo puramente recordable, en el imaginario de la nostalgia. Nuestro inconsciente colectivo se mueve con la fuerza de las grandes hazañas vividas, de nuestros héroes civiles y militares, de los personajes reverenciados por nuestros ancestros, y sobre todo por ese intento permanente del alma de querer encontrar su lugar, en un mundo que desprecia lo humano del hombre, y reverencia el tener y el poder.  

Ronald Peñaranda
¿Que hacer entonces, cual es tu propuesta frente a esta ciudad sin memoria?

César Gedler
Hay que construir una teoría de la ciudad. ¿Qué somos? ¿Una ciudad, un pueblo, una aldea, una extensión de caracas? Hay que establecer un criterio unívoco a través de las diferentes disciplina que concuerdan en un saber sobre la ciudad, el nivel, la calidad de vida que padecemos en este torbellino que son nuestras calles, con la anarquía del tránsito automotor, los buhoneros, las paradas de busetas, el ruido, la contaminación. ¿Hasta dónde afecta nuestra salud mental, emocional y física, nuestro sentido del bienestar, y nuestro derecho a la belleza y el sosiego toda esta anarquía?

Ronald peñaranda:
¿Pero en concreto, que propuestas le harías tú al próximo Alcalde de la ciudad?
Debemos ponernos de acuerdo en qué se debe modificar y qué conservar de una ciudad que sobrepasó nuestra capacidad de respuesta. Si el sujeto es el ser humano, entonces pensemos en una ciudad para seres humanos, con aceras amplias, parques, plazas, cines, teatros, cafetines, iluminación, planificación reflexiva del tráfico, automatización por Internet de las oficinas de servicio, sanción verdadera para los infractores del patrimonio ecológico, arquitectónico y del tránsito, construir bulevares que sirvan de caminarías, crear un bulevar gastronómico, insertar en el curriculum escolar la ciudad como materia de comprensión y estudio. Cosas como estas forman parte de la teoría de la ciudad.

Ronald Peñaranda:
¿Para concluir, cual crees tu que es el sentimiento más frecuente del ciudadano por esta ciudad?

César Gedler.
Pesar, mucho pesar, por el estado de deterioro, de inseguridad, y de servicios ineficientes. Basta con ver el rostro de las personas que esperan su turno en las paradas, en las colas interminables para comprar menudencias, o en la agresividad del comportamiento cotidiano. Pero hay signos de cambio, de transformaciones pensadas. Lo mejor es que detrás de esa insatisfacción, cursa igualmente un profundo anhelo de redención. A la gente de Los Teques, empezó a dolerle la ciudad.  

Obras completa Abel Sánchez P.



 Existencia y vida.

Tengo en mis manos el primer tomo de la Biblioteca Abel Sánchez Peláez, Tomo I, intitulado Existencia y vida. Un texto de 420 páginas, publicado por la editorial Monte Ávila en formato 16. Lo primero es un reconocimiento a la calidad de impresión, con un punto de letra generoso, buen papel, y una corrección impecable.  El texto en referencia incluye el contenido de tres de sus libros, La gente y la mente, El comportamiento social del venezolano, y su obra individual más reciente, Existencia y vida, que sirvió de título a este primer tomo, por la unidad temática de cada uno.

El maestro y amigo Abel Sánchez Peláez tiene hoy 92 años, que es como decir una quinta parte de la historia escrita de Venezuela. Nació el día de la Asunción, un 15 de agosto de 1921. Vivió y conoció de cerca el mundo decimonónico del gomecismo, los breves períodos de transición hacia la democracia con López Contreras, Medina y Gallegos, y participó en la resistencia contra la dictadura de Pérez Jiménez. Su más intensa labor intelectual la desarrolló en la segunda mitad del siglo XX, y desde la entrada del nuevo milenio se ha mantenido activo, recopilando sus trabajos y meditando su obra relacionada con el comportamiento psicológico y social del hombre contemporáneo, pero sobre todo del el hombre venezolano, por la manifiesta fidelidad del Dr. Sánchez hacia esta tierra.  

Con apenas unos meses de nacido, fue llevado al pueblo de Altagracia de Orituco, donde vivía la familia materna, para que la suerte dispusiera de su vida, ya que los médicos no le veían posibilidad de sobrevivencia, por una gastroenteritis que lo estaba consumiendo. Pero al contrario de morir, como se esperaba, sobrevivió y consiguió la curación después que una mujer recién dada a luz lo amamantó hasta alcanzar el restablecimiento total. Quizás por eso su padre, un iniciado en la masonería y la teosofía, le presagió una existencia larga y fecunda, y no se equivocó.  

Entre la infancia y adolescencia, estudió con su hermano Juan en el colegio San Pablo, de Roberto y Raimundo Martínez Centeno, de quienes nuestro amigo guarda un entrañable recuerdo: “El colegio San Pablo -nos comenta Sánchez Peláez conmovido- era el mejor y más venezolano colegio de Venezuela. También, en amplio sentido, el más bolivariano, lo cual equivale a decir, y así lo comprendo ahora, el más hispanoamericano de los colegios de Iberoamérica, y como lo percibí años más tarde, el más unamuniano y quijotesco de la docencia de la América de habla española”  

No hace falta decir más, para formarse una idea del clima pedagógico de aquel colegio, por el respeto y admiración que inspiraban los hermanos Martínez Centeno y por el ambiente de las instalaciones, que estimulaban el deporte, la lectura, la libre discusión, y el reconocimiento del esfuerzo, en la conformación del carácter y de un ideal de vida que busca siempre la excelencia para el servicio, el  equilibrio y la sobriedad en el reconocimiento del propio valor, y el acercamiento espontáneos hacia los símbolos eternos, sin extraer ventajas adicionales por su disposición hacia esos dominios.

La graduación como bachilleres de los Sánchez coincidió con el inicio de la Segunda Guerra. Por esa razón no se fueron a estudiar a Francia, como ellos querían, sino a Chile, que para el momento ofrecía la mejor alternativa educativa. En el mes de agosto, con apenas 18 años y su hermano 17,  abordaron el Augustus, un trasatlántico que venía de Europa con destino al país austral, y en el que viajaba con aire solitario Neptalí Reyes Basoalto, mejor conocido como Pablo Neruda, con quien mantuvieron conversaciones imborrables aquellos jóvenes precoces, cuando el poeta los invitaba a su mesa para almorzar juntos, y disfrutar la conversación inteligente hasta la media tarde.

En los siguientes veinte años después de regresar de Chile con el título de médico, y  sin abandonar  su práctica  clínica y docente, asistió a 56 congresos -la mayoría en otros países- con ponencias sobre temas de interés sociológico y psiquiátrico, relacionados con la criminología, la infancia abandonada, el alcoholismo, el juego compulsivo y las drogas, por nombrar algunos de los problema, que se presentaban con igual incidencia desde México hasta Argentina, y que le valieron un nombre en la comunidad psiquiátrica internacional.

Vale la pena repasar cada escrito suyo por su fuerza literaria, la sutileza en la descripción fenomenológica, la actualidad bibliográfica, y sobre todo por las propuestas de solución frente a una trama tan equívoca e inagotable, como lo es el trasfondo de la conducta humana. Más que artículos de opinión, que se publican diariamente en abundancia, son breves tratados sobre los laberintos de la mente y el alma, que aun hoy, después de muchos años de publicados, se nos muestran con la misma contundencia e impacto que provocaron en su momento.

La escritura de Abel Sánchez Peláez es sobria, austera, apegada a las normas gramaticales, con frecuentes neologismos, pero con un fondo de ironía, de humor latino, que la hace placentera, amena, personal y abierta siempre a más interrogantes. Sin esfuerzo, notamos que el autor sacrifica muchos contenidos apenas mencionado, por la exigencia periodística de resumir todo en apenas dos o tres cuartillas. Más adelante, en otros artículos retoma algunos aspectos de lo esbozado y continúa el diálogo con el lector, hasta lograr pedagógicamente su propósito. Un artículo sobre El asma en el niño, por ejemplo, lo remite de forma obligada a la figura materna, la angustia primordial, la fase oral del desarrollo, la seguridad básica, la lucha por la vida, y quién sabe por cuantos otros contenidos que se relacionan uno a otro como las caras de un crisol.

Cada jueves, cuando abríamos el cuerpo C de El Nacional,  nos topábamos con las Cartas de Chester Corolanda, que nos sorprendían con un nuevo tema lleno de ocurrencias, acertijos y mucha cadencia sobre la venezolanidad, el comportamiento de algunos sectores sociales que convertían en moda y precepto sus cursilerías, sus prejuicios clasistas, su indiscriminada fascinación por la riqueza y los personajes del día, pero detrás de toda esa parodia de Chester quien se mostraba era el psiquiatra, el hombre que cada día veía llorar en la penumbra de su consultorio, a los mismos que llenaban las páginas sociales, o a los que declaraban arrogantes en las entrevistas de radio o televisión, lo que este país necesitaba, para que se asentara sobre el carril.

Hubo un tiempo en que la psiquiatría y muchos psiquiatras después de Freud, como Jung, Viktor Frankl, James Hillman, o Erich Fromm, se convirtieron en referencia permanente cuando se buscó un substrato filosófico en la comprensión del espíritu, amenazado por la interpretación cientificísta. En ese tiempo en que se hacía urgente una labor que acreditara el valor indiscutible del humanismo en la Cultura Occidental, un prontuario reivindicativo del misterio del inconsciente humano a través de la belleza que el arte, la literatura, la filosofía y la tradición de los pueblos, han tenido siempre, y sin definiciones, de lo que verdaderamente es el hombre, en toda su grandeza y miseria. 

En esa línea se ha movido siempre nuestro amigo psiquiatra. En cada párrafo de su escritura se enuncia el ensayista, el hombre culto que se apoya en lo mitológico, en dramas y tragedias convertidos en arquetipos por antiguas culturas, para ilustrar y redondear la idea, para elevar la reflexión a una dimensión que aspira lo trascendente, lo permanente de la trama, en cada etapa histórica y en la suya en particular. Abel Sánchez Peláez conoce su oficio, y para mejorarlo, responde a la necesidad de formarse, indagar, pensar y repensar, hasta que algo dentro de sí mismo se ve satisfecho. Sólo entonces escribe, porque está advertido del significado de su producción intelectual, y también como un acto de generosidad, al saber para quién escribe.

Por eso nuestro autor se demora intencionalmente en áreas que se aproximan a la ética, como la responsabilidad, la libertad, la autenticidad. Su postura existencialista nos advierte que el sujeto debe escoger constantemente, y al ser la elección su destino inevitable, la labor terapéutica se aproxima a la del pedagogo, que acompaña al paciente a reconciliarse con su libertad, con su ser pleno, a trascender su falso proyecto de ser, la indeterminación de sí mismo, asumiendo con todo el coraje posible, las consecuencias de culpa y angustia siempre gravitantes alrededor de lo que se toma y lo que se deja, pero aceptando en un kairos liberador, que  la existencia no es otra cosa. 

Frente a la postura que indaga en el pasado vivencial del sujeto para encontrarse con una causa primera de la enfermedad, y ante la tesis opuesta, que aspira descubrir el proyecto final, el para qué insospechado del paciente que sufre y reclama una solución, la orientación existencialista, fenomenológica, asume estas dos instancias temporales, el pasado y el futuro, como un devenir, y al individuo como un mismo ser que se desenvuelve constantemente entre el peso de su historia vivida, y el sueño de un mundo por vivir. Nadie existe solamente a instancias de su pasado, añorando o escapando a sus fantasmas, ni tampoco en el anhelo o temor de lo que nos espera. El hombre, para la visión existencialista, es un ser siendo, o como lo quería Machado, haciendo camino al andar.

Pero lo más delicado de esta postura, es que el sanador debe ser un ejemplo supremo de existencia auténtica. La verdad y el resultado de su quehacer en el consultorio, dependen en gran medida, del grado de libertad, compromiso, autenticidad y vocación alcanzado por el terapeuta. Quizás por aquello que sentenciaba Paracelso en el Libro de Hospital (1529) “El principio supremo en el arte de curar, es el amor”. Si el paciente siente y percibe que realmente está acompañado, si siente que es visto como un ser humano que entre otras cosas, padece una afección dolorosa de su afectividad, entonces opera la transferencia, el mitsein, ese mágico encuentro entre dos existencias, entre dos almas que se miran sin el quebranto de sus propias limitaciones, hasta alcanzar la redención, la sincera comprensión de que todo sufrimiento es sagrado, como lo repitiera Dostoievsky, y que su fundamento es la elevación de la conciencia, por encima de todo maltrato.  

Son 92 años de vida y 65 en el ejercicio de la psiquiatría. Dos elementos bien vividos, como para demorarnos gratamente en la lectura de este primer tomo de sus Obras Completas, que nos muestra sabiduría, humanismo, calidad personal y una sabia sencillez en su estilo.  No me resta sino agradecer al doctor Sánchez por permitir que fuera yo el curador de su obra, y al otro amigo, Carlos Noguera, por publicarlas.                                                                        


César Gedler

Stephen Harney, un hombre de espíritu

Aquel reencuentro fue como volver a un tiempo familiar después de veintisiete años, sin saber el uno del otro. Nos reconocimos en un clima espontáneo, como dos hermanos que no discuten su parentesco, en la certeza de ser los mismos buscadores del espíritu, en la misma intensidad, e igual tono en las palabras de otros días.
Hablo de Stephen Harney, un misionero católico irlandés, inspirado en el pensamiento rosminiano, que se integró a Venezuela en cuerpo y alma desde principio de los años setenta, cuando estaba en su mayor fervor el movimiento de Renovación Carismática Cristiana, del que Stephen fuera fundador en varios estados del país.
Era temprano en la mañana de un jueves. Desayunamos y seguimos la conversación interrumpida en aquel tiempo de controversias teóricas, en los que algunos temas como la teología de la liberación, la vigencia del marxismo y las corrientes milenaristas, eran referencias obligadas en un teólogo culto, además de su entusiasmo por los dones y carismas que el Espíritu Santo estaba sembrando -según me decía- en la mayoría de los grupos que se abrían de manera sensible a la experiencia del amor fraternal.

Lo recordaba siempre como un ser bondadoso y sencillo, a pesar de su formación intelectual e inteligencia profunda, que le permitían moverse con soltura por cualquier contenido mayor, como si se tratara de un oficio manual similar a la cocina  o la carpintería. Lo que no sabía entonces, y me reveló en el encuentro reciente, cuando conversábamos sobre el desarrollo humano, fue la transparencia de su infancia, la inocencia casi total en la que transcurrieron sus primeros doce años, en su neblinosa aldea irlandesa, junto al mar.
Así fue. En unas palabras cargadas de emoción y nostalgia, me describió la singularidad de su niñez en un hogar católico, constituido por ocho hermanos, sus padres, tíos y abuelos, blindados por la fuerza de la costumbre, en un orden abastecido por el trabajo de cada día, bajo el clima de austeridad que imponía la Segunda Guerra, en un país que había optado por la neutralidad, frente a un drama que conocían de sobra, por su reciente lucha por la libertad contra Inglaterra.

La imagen de esa niñez idílica, quebrantada solamente por la noticia de un hombre que había golpeado a otro en un pueblo vecino, cuando tendría doce años, me pareció suficiente para explicar su disposición a ver en todo momento y de forma natural, la parte menos oscura de los seres humanos. Una disposición de espíritu que va más allá de una actitud existencial, por ser consustancial a su temperamento generoso y cordial, expresada en esa esperanza en el hombre, que se renueva a sí misma frente al ánimo de adversidad que desordena y agota desde siempre nuestro mundo.
Una época de profundos cambios, su adolescencia. Simultáneo a la muerte de su madre, sintió el llamado al sacerdocio, y padeció la misma enfermedad que se la llevó a la tumba, la tuberculosis, un poco antes que se descubriera el bacilo que la produce y  el remedio que la cura. Era el final de la Segunda Guerra. El tiempo del desprecio, como lo llamó Malraux.
En toda Europa, incluyendo a los países que se mantuvieron neutrales, los efectos dramáticos de aquel descenso a los infiernos, dejó una huella de nihilismo, de dolor profundo, al mismo tiempo que la obligación de reconstruirse como pueblo, como cultura, y mantener los ideales civilizatorios ya alcanzados, a través de su historia. Si la guerra fue dura, también lo fue la reconstrucción de la esperanza, la afirmación de la vida nuevamente, por encima de los recuerdos infames, porque es precisamente esa dialéctica la que forma el temple, el carácter y el coraje del hombre, y sobre todo su independencia emocional y física.
 Quizás por eso en aquella conversación en las cercanías de San Pedro de los Altos, me respondía sereno que nunca había tenido una crisis de fe, ni se había planteado ningún problema en aceptar los dogmas de la Iglesia, aun antes de la experiencia extraordinaria que cambió su vida, después de una operación de columna en la que le diagnosticaron su enfermedad como incurable, y el mismo Jesús le habló y lo sanó para siempre de ese mal.
Yo le pedí que abundara en detalles sobre aquella experiencia luminosa, ese Kairos, como lo llamaban los griegos, que se adentra en la vida de cualquiera como un punto y aparte, como una vivencia que redime para siempre la separatidad originaria y permanente de todo ser humano, al brindarle un puente hacia el despertar de la conciencia integral, hacia lo absoluto, a la entrega total a la divinidad, por instituir en su esencia un segundo nacimiento, como advertían las palabras de Jesús a Nicodemos.

Un evento de esta naturaleza convierte a quien lo padece en un ser extraordinario, que en adelante encuentra la fuente dentro de sí mismo, y cumple con los preceptos no por obligación, sino por convicción. Los místicos de la cristiandad desde San Pablo en adelante -según sus confesiones- fueron testigos privilegiados de esta redención, que les permitió vivir en lo sucesivo en el agape, una forma -quizás la más elevada- de lo que llamamos amor  convertida en oblación, entrega voluntaria de sí mismo en una causa sublime, que nuestro misionero Stephan llama por equivalencia, la Civilización del amor. 
Esto fue inmediatamente anterior a su llegada a Venezuela, a los cuarenta años de edad, una década después de su ordenamiento como sacerdote, ocurrido en Roma en 1963, donde se compenetró con las enseñanzas del padre Antonio Rosmini, que marcaron un ideal de acción misional orientada a la formación de grupos de crecimiento espiritual.
 Su nueva misión evangelizadora se la encomendaron en Maracaibo. Todo fue distinto desde el comienzo. El clima abrumador, un habla extraña por su sonsonete, la agitación permanente de un pueblo que a la vez es capital de estado, puerto y frontera indígena y marítima, con toda su historia caribeña de piratas, gringos petroleros, comidas en coco, casas de tono tropical en sus fachadas, y una gente cordial que lo entrega todo y lo espera todo en la amistad. 
Al contrario de lo que pudiera pensarse por su temperamento irlandés, de tono grave, independiente y en apariencia distante, su encuentro con aquel pueblo  fue como llegar a su hogar primigenio, a su complemento, a una dimensión de la afectividad que le permitía la familiaridad, el acercamiento espontáneo, la alegría y el fervor suficiente para convertir en hecho concreto la esencia del evangelio en tiempo presente, de forma viva, a través de las manifestaciones y carismas del Espíritu Santo, que se le habían revelado de igual modo en la sanación de su columna.
Pero fue en Barinas, a sus cincuenta años, cuando pudo organizar una versión de los postulados del padre Rosmini, en la creación de una comunidad destinada a la formación espiritual, que llamaron Familia Fuente Real, en una antigua finca, instituida como una gran familia que se autoabastece, cumpliendo cada uno un oficio, y a la que llegan distintos tipos de miembros religiosos para la formación y posterior difusión del ideal supremo, el sueño de toda una vida del padre Stephen Harney, alcanzar la Civilización del Amor.

Este sueño, que desde el momento de su instauración se fue perfeccionando, tiene como fundamento supremo la Inspiración, es decir, recibir el aliento, en su acepción griega originaria, ya que cada nuevo avance en su conformación está vinculado a un hecho extraordinario, que se siente como intercesión divina, dádiva, testimonio, y que los ha llevado a vivir a expensas de la fe, de la entrega, de la sumisión a los designios prodigiosos, como regla sobresaliente en la enseñanza de la premisa “El amor todo lo puede, entonces rindámonos al amor”, como lo expresaba el poeta Virgilio, pero referido aquí al amor cristiano.
La Idea, con mayúscula, tomó forma y se extendió con nuevos miembros, en varios sitios de Venezuela, como una cofradía que experimentaba a su vez los prodigios divinos en su constitución.
De cualquier forma que se la viera, aquella hermandad contaba con una energía propia, un ritmo de crecimiento imposible de explicar racional o aleatoriamente, como una corriente donde la providencia era el primer motor, el impulso fundamentador para que fuera posible la soñada civilización del amor, la fraternización de un mundo que no conoce otro lenguaje distinto al de la competitividad, la codicia y la reificación, como fórmula de lo que ese mundo entiende por felicidad, pero que no pasa de ser una manera de esconder el vacío y amarrar el miedo para soportar la vida cada día.

La familia Fuente Real en su crecimiento se ramificó a otros países, a otros continentes, a comunidades religiosas o laicas con distintos propósitos, y en el año 1995, el Gobierno Superior Eclesiástico le concedió  el reconocimiento que los consagra como “Una Asociación de Fieles, con todos los derechos y obligaciones que competen a esta nueva forma de vida consagrada en el Ordenamiento canónico” (Nº 301 del Derecho Canónico)

Hoy el padre Stephen es ya un octogenario que cumple cincuenta años de su ordenamiento sacerdotal. Como sus abuelos irlandeses, alcanzó la edad patriarcal con una extraordinaria lucidez mental, y una madurez emocional y espiritual que se manifiestan en su andar, en su hablar y en un humor sutil que encubren una dolencia relacionada con la elaboración de hemoglobina en su sangre, pero que nunca lo ha inhabilitado ni desanimado en la consecución de un apostolado que recuerda la frase de San Agustín, Credo quia absurdum “Creo porque es absurdo”, al pretender instaurar la Civilización del Amor, en un mundo como el nuestro, a menos que nos apoyemos en la carta de Pablo a los Romanos: “donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia”
¡Ojalá que así sea! Que tengamos la fortuna de haber sido testigos de un propósito de dimensiones ecuménicas, y que el hombre venidero quiera al menos aspirar la paz, en su corto paso por esta vida.


César Gedler

El buen café



El buen café

 

Con la entrada del frío, se daban las cosechas en ese mes de lágrimas y ánimas benditas por las lluvias menudas que caían desde las tardes hasta entrada la noche sobre las hojas brillosas del cafeto. En la mañana se oían los rezongos de los jornaleros al abrirse camino. No querían mojarse y tendrían que hacerlo al mover las plantas para arrancarles un grano parecido a una peonía, en todo el hilo de matas que le asignaban. 

Eran unas filas largas, más altas que un hombre, y uno no alcanzaba a ver el final de la hilera que se perdían en la espesura. Una mano ennegrecida por la baba que soltaban los granos como si lloraran en silencio, aguantaría la rama, y la otra se traería el racimo para desgranarle uno por uno los maduros, hasta llenar la cesta que se amarraba con el cincho de la cintura.

La mitad del tiempo se perdía espantando la plaga y apartando con cuidado las ramas, no fuera a ser que al moverlas se viniera una culebra y hasta ahí llegaba el cuento. Tiembla el Sol tiembla la Luna/ del Cristo la mejor parte/ la serpiente que se aparte/ porque el Señor está conmigo. Amén. Había que rezarla treinta y tres veces. Una por cada año de la  edad de Nuestro Señor. Por eso murió el Jacinto. Supe la historia porque la repitieron muchas veces en la bodega, en la cosecha, en los caminos y en el velorio. De nada le valió el chimó y el ajo.  El diablo lo tentó para que olvidara la oración, y el mismo diablo lo picó por no rezarla. Dicen que se fue hinchando. Después se puso morado y luego negro. Por eso se sabe que lo mató el maligno.

Primero se esperaba el San Isidro a mitad de mayo para arrancar con los aguaceros. Después el San Juan de junio que bendecía la tierra para que los negros, cuando eran esclavos, no se mataran trabajando tanto. Unos días más adelante el San Pedro, que repicaba las cotizas para que no hiciera mucho verano y salieran las flores con su olor a noche serena.

Pasado el mes de las vírgenes, venía el aguacero de San Francisco, y de ahí a esperar, hasta que pasara el día de los muertos, cuando se empezaban a llenar los canastos para completar muchas fanegas en víspera de las navidades.

Se dice que es más viejo que el hombre, y que llegó de lejos, de la tierra de los árabes que vivían en las montañas donde el sol no brilla nunca y los vientos arrastran las semillas de flor en flor sin parar ni un día. Así lo comenta el dueño de la hacienda con los que preguntan y muestran interés en saber las cosas. También dicen que un puño de granos tenía el precio de un saco de los que cargaba Catalino.

Tanto pagar nada más que para tomar unos buches, cuando arreciaba el cansancio, o para darse un gusto, como le pasa al que tiene, que no escatima gasto si le da un antojo.  Según Napoleón Narciso, que ha estudiado suficiente, los hombres se mataban por unos quintales, sin saber que aquí se perdía el café, porque los recogedores preferían buscar trabajo por el lado de las compañías, que llegaban al país a construir caminos.

Uno vaciaba los canastos en el almud por un real, y teníamos que esperar el tiempo que pasaba regado en el piso día y noche, hasta que por fin se secaba. Después volvíamos a saber de trabajo con la tostada y la molida, cuando los árboles empezaban a botar las últimas hojas y las lluvias se hacían cada vez más distantes, como si se secaran las nubes con las conchas del café.

Desde muchacho trabajé en las haciendas de todos los alrededores. En “La Florida”, subiendo de San Pedro, hasta perderse derecho en la ruta a La Laguneta; en Maturín, que trae las aguas río abajo; en Paracotos, subiendo la fila para encontrarse con Guareguare, en la que se perdía una cosecha y nadie se lamentaba, por lo buena que era esa tierra. También fui arriero. Sabía montarle la carga a las bestias y vestir al burro campanero, para que orientara al resto cuesta abajo, buscando la entrada del pueblo donde quedaba la oficina que compraba la mercancía.
 
Por esos días, el dueño de la hacienda les decía a unos músicos que se llegaran el sábado. A las mujeres de la cocina les daba instrucciones para que no faltara la comida y el aguardiente, ni se quedara por fuera ningún invitado. Ese día se adornaban los corredores con cadenas de un papel colorado, que se fijaba con pega de harina, y unos ramilletes de flores cerca de los bancos que les ponían a las bailadoras, para que aguantaran toda la noche sin cansarse.

Los hombres colaboraban lavando el patio donde antes estaban los granos, y regándole querosén para no levantar tanto polvo con el baile, y evitar que algún malintencionado echara picapica en el piso y se acabara la fiesta con palos y machetes.

No sé de donde sacaban tanta memoria los cantadores para ir refiriendo los sucesos que habían pasado en la hacienda, mientras se recogía el café o cuando había que desconcharlo. Como si fueran un radio, sacaban versos tras versos para que los otros se rieran de la vergüenza que le hubiera ocurrido a cualquiera de nosotros en la faena, y cargáramos con esa chapa hasta el año siguiente.

Eran fiestas de tres días con sus noches. Los arpistas y cantadores se turnaban. Bien sea que los bailadores le sacaban el nepe, o porque algunos invitados estaban llegando mientras otros se despedían, y la fiesta nunca terminaba.

Lo mejor era si había luna, pues entonces se arreciaban los bríos por su influencia, y más de una aceptaba hacer rancho aparte esa noche, en que los caminos se veía más claros, y se podía llegar a otros lados, dado el caso de una urgencia.
 
Por eso se lo digo: yo sé lo que es un grano al punto, como para nunca confundirme entre un café guayoyo y un cerrero; o entre un romano y uno americano. Esos muchachos solamente saben meter el café en una máquina y que ella lo haga, y lo sirven de cualquier modo, sin saber que están tratando con un producto más viejo que toda su familia de alante pa atrás.

A veces para calentarme el cuerpo tengo que caminar pueblo abajo y llano arriba, sin encontrar una mano experta en café, y me voy inconforme, porque se me olvida y les pido un café tostado, o un quemado, y con la boca abierta lo que me sirven es un agua oscura que provoca tirársela encima. Pero ¿qué podemos esperar de un mundo que ha perdido los sueños? 
Mejor me callo y sigo malicioso masticando mis recuerdos…Como quien va sin compañía.

Artículo publicado en "Calle de piedras" de César Gedler


El libro y el idioma

El libro y el idioma

La ceremonia que ofrendamos el 23 de abril de cada año al libro, el idioma, y al derecho de autor, tiene el mismo fondo de afectividad que le concedemos a los valores de la literatura. Es una manera sentida y amable de acercamiento a una acción que desearíamos fuera el quehacer de cada uno en el curso de toda nuestra vida; que nuestras referencias en juicios y escogencias estuvieran marcados por las reflexiones e intuiciones que abrevamos en los grandes autores, los que con mucha razón se han llamado guías del espíritu, referencias obligadas de todo destino superior. Fue una iniciativa de la UNESCO, en el año 95, ya terminando el siglo anterior, que refleja probablemente una premonición, la del fin del texto impreso en papel, que poco a poco se ha venido sustituyendo por aparatos electrónicos de compleja elaboración y manejo, pero de mayor alcance comunicacional en el tiempo y el espacio. Se tomaron como referencia algunos eventos singulares de la literatura, el entierro, en el año 1616, de nuestro Cervantes castellano, y la muerte del inglés más universal, el dramaturgo William Shakespeare, en el mismo día y mes de aquel año memorable. Por esa razón el Ministerio de Cultura española entrega ese día 23 de abril el premio Cervantes, la mayor distinción que se otorga a los escritores ganadores de habla hispana, por la totalidad de su obra escrita, y su contribución al pensamiento y la estética literaria. El libro es una entidad en sí misma, que nos permite un grado de conexión con lo hondo y sublime que recibimos en herencia de nuestros ancestros, mostrándonos todas las formas de vida posible, de las que no tenemos otro testimonio sino el que nos confía casi en secreto cada autor, a través de esos códigos mágicos, las letras y palabras, que aprendemos a descifrar unos y otros en distinta medida. Terencio nos decía que cada libro tiene su propio destino, un destino particular, que no depende del autor ni de los lectores, sino que viaja por sí mismo hasta encontrar su verdadero lugar. Otros sabios han afirmado que muchos libros tienen vida propia, y no le revelan sus claves sino a los que él escoge por su propia voluntad. No hablo solamente de los libros sagrados, que se ofrecen al iniciado como guía y como oráculo, por su proveniencia trascendental, sino de aquella empatía que mueve al universo y ejerce un llamado sobre algunos escogidos, para cumplir su propósito de iluminación. Basta recordar las palabras iniciales de los Proverbios, para comprender lo que estamos hablando. En los Proverbios, Salomón nos advierte de forma exclamativa, que la Sabiduría llama a los hombres: “La Sabiduría -nos dice el hijo de David- viene llamando por las calles y levanta su voz en las plazas ¿Hasta cuando necios, aborrecerán la Verdad? Déjense convencer por mis razones, pues quiero abrirles mi corazón y comunicarles mis enseñanzas” Sin más, nos encontramos en este versículo, una idea respetable y poco convencional según la cual, los hombres no elaboramos las ideas, sino que las ideas, nos elaboran a nosotros. Soy un hombre que busca y anhela en el conocimiento y la información el sentido que la existencia nos niega en su desarraigo. Siento hacia los libros el mismo débito afectivo que a los amigos de siempre, y quizás por las mismas razones. Los libros de mi vida, como dijera Henry Miller, me han ayudado a borrar las distancias que nacen de la incomprensión, a pesar de mi vocación a disentir, lo cual me ha llevado, en algunas ocasiones, a merecer la reputación de hombre solitario, aunque en ello no vea más que una forma de responder a las contradicciones que la vida humana manifiesta en su profundidad y desafío. En ese diálogo interior que cada quien sostiene consigo mismo, en esa revelación de los abismos interiores que se descubren nada más que en ciertos instantes, he llegado a entrever la fortuna que significa encontrar el libro, toparse con un autor que nos restituya un motivo existencial, una razón de ser, y más profundo me parece este sentido si en su ejercicio alcanza a los demás, si en su acción permanente contribuye a elevar la disposición de vida y la esperanza de otros seres humanos. Por eso me alegra pertenecer a la raza de los lectores, como dijera de sí mismo Albert Beguin, al referirse a la lectura como oficio de referencia. Por mediación de la lectura se recibe mucho más de lo que se entrega, porque el esfuerzo mismo de dar a otros las herramientas para su propia valía, es una ascesis espiritual, una fe reconfortante de que en el Hombre hay muchas más razones de esperanza y salvación que de fracaso y condena. En este quehacer sin tregua que es la lectura y la escritura, también he conseguido lo que sin arrogancia pudiéramos llamar una actitud ante la existencia, y esta actitud se resume en el reconocimiento que debemos tener de lo que nos falta, cada vez que alcanzamos una nueva comprensión; en la certeza de que el camino es equívoco e inagotable; en la convicción de que la plenitud solamente se alcanza cuando nos entregamos sin reservas a las exigencias de nuestra misión. Hasta donde comprendo, mucho de los grandes escritores que marcaron la generación a la que pertenezco, padecieron en soledad e incomprensión la propia lucha contra sus demonios interiores y la urgencia de expresarse a través de la escritura. Pienso en Sábato, en Dostoievsky, Wilde, Tolstoi, Papini o Celline, como ejemplo de lo que digo, que asumieron obligaciones cuyo origen y destino están por encima de la razón histórica, y son las que tienen que ver con el alma, con la perfección de sí mismo, en un mundo que desatiende en forma soberbia y constante el derecho de cada hombre a encontrar su propio centro. Aquellos autores los conocía uno desde niño, en ediciones rústicas que venían desde Argentina, Méjico o España, en las editoriales Suramericana, Biliken, Fondo de Cultura económica, Lozada o Emecé editores, por nombrar algunas, que se encontraban sin esfuerzo en cualquier libraría o biblioteca pública a un precio tan módico como un bollo de pan, o un refresco de botella, en un formato cómodo, para llevarlo en la mano y devorarlo en la primera plaza o parque de pueblo, con el sonido del viento agitando las hojas de los árboles. Eran tiempos de grandes libreros. Hombres curtidos en su oficio que conocían no sólo hasta los autores menos nombrados, sino las ediciones de los libros, las escuelas literarias, las críticas, y a los críticos del momento. Entrar en el Gusano de Luz, frente a parque Carabobo, en la Librería Filosófica del viejo Arreaza, en Sábana Grande y luego en Puente Brión; a la librería Suma de Raúl, en la Nro 90 de la calle Real, cerca del Gran Café; La Macondo, regentada por el amigo Pedro, en Chacaito, o La Divulgación, de Sergio el portugués, en Los Chaguaramos, era pasearse por todos los géneros en materia literaria, y si la ocasión lo permitía, entrar en un océano de conocimientos, al conversar con aquellos eruditos, que dominaban su oficio como si fueran unos anticuarios, o entomólogos apasionados. El Estado por su parte, a través de sus poderosas editoriales, se esmeraba en publicar lo que por su calidad y hondura merecía ser publicado, más que la promoción de algunas figuras ligadas al poder, con una escritura de dudosa aceptación. Hoy suena todo esto como un relato de ficción, por el desinterés creciente hacia la lectura, los precios prohibitivos de los libros, y la casi imposibilidad de encontrarlos, aun en librerías especializadas. No desespero sin embargo de esta circunstancia. Al contrario, presiento que en ese contrapunto entre lo anhelado y lo dado, se encuentra justamente el camino que el espíritu elabora en las culturas para la construcción de la individualidad y la diferenciación en los sujetos, sin las cuales no se puede reconocer el rostro que el mundo insiste en mostrarnos. En este cambio civilizatorio que nos está tocando vivir, en este punto y aparte al que nos obligan las nuevas corrientes de pensamiento, creo de urgencia inaplazable promocionar hasta lo imposible el conocimiento y el amor a las palabras, al idioma, a la lectura y la escritura con atributos, porque el lenguaje es el asiento del Ser, como sostenía Heidegger, es nuestra posibilidad de identidad, nuestro pasaje oculto hacia la tradición, nuestro vínculo personal y sagrado con el Espíritu. Recuperar el sentido de la palabra en todas sus expresiones, es diferenciar, reconocer los matices del mundo que nos envuelve, multiplicar las formas de lo posible; Para decirlo en una sola expresión: convertir la soledad y su misterio, en acercamiento y significado. César Gedler

Una decisión a destiempo

Una decisión a destiempo

Hace siete años alquilé un apartamento en el Edif. Tamarí de Los Teques, bajo un contrato de renovación cada doce meses, salvo previo aviso de rescindir el acuerdo. A los cuatro años de la transacción le solicité el inmueble acatando todos los reglamentos de ley; es decir, la oferta de venta del apartamento en primera instancia; la solicitud por escrito de desocupación en caso que no quisiera o no pudiera comprarlo, la concesión del tiempo que le asiste por derecho para que buscara otra residencia, más tres meses de gracia por alguna eventualidad mayor.

No pudo comprar el inmueble, pero tampoco desocupó como habíamos convenido. Argumentó que pensaba comprar en otra parte, y que por tanto requería un lapso mayor para agotar las diligencias. Me pareció razonable y se lo concedí sin ninguna premura. Casi al año me informó que la habían estafado en la compra de una casa y que ahora le era imposible la adquisición de una vivienda. Nueva prórroga por escrito, y la promesa de que en seis meses tendría mi apartamento tal como lo recibió. Llegó navidad, momento en que se cumplía el aplazamiento, pero esta vez me argumentó que su madre estaba enferma del corazón y no había podido diligenciar la mudanza, que le tuviera consideración, y no demandara ante los tribunales, pues si la desalojaban, su madre podía sufrir un colapso de muerte, por su delicado estado de salud.

Me formé en unos valores cuya esencia pudiera resumirse en dos palabras: no dañar; a menos que fuera forzoso para defender mi integridad, por eso no actué de manera judicial, y porque todavía creía en su buena fe.

He leído suficiente literatura para saber que en la vida es casi inevitable ocasionar incomodidad o dolor a otro, en el resguardo de nuestros intereses, pero -debo confesarlo- a pesar de tal discernimiento sobre las cosas, fui laxo de carácter y permití que me manipulara con el argumento de la enfermedad de su madre.



Una cuñada mía que vive en un tercer piso, sin ascensor, enfermó y debió ser operada de la cadera. La recuperación puede durar mucho tiempo, por lo que mi hermano me sugirió lo del apartamento. Hablé con la Sra. y con su madre. Le ofrecí dinero para que cancelara el arriendo de medio año en otra parte. Nada. Le busqué algunas alternativas habitacionales. Nada. Cuando tomé la decisión de proceder judicialmente, salió una resolución de prohibición de desalojo que me inhabilitó para disponer de mi propiedad, hasta tanto el gobierno le consiga una vivienda, según la nueva ley. ¿Cuándo? ¿5, 10 años?
Después de asesorarse con algún abogado con un alma semejante a la suya, ella empezó a depositarme el dinero del arriendo en un tribunal…

Nada de lo vivido me permite discernir, ante esta realidad que se nos impone (prohibición de desalojo), cual será la reacción que sobrevendrá en el país cuando todo un mundo de propietarios vean afectados sus intereses.
¡El alma colectiva es impredecible, y a veces también incontrolable. No es aconsejable provocarla!

César Gedler

Programa Calle de Piedras Villa Teola

Parte 1



parte 2