CRUZ DE MAYO

Cruz de Mayo

Como símbolo arquetipal, la cruz representa al árbol de la vida, que hunde sus raíces en el subsuelo, y se eleva hasta el espacio celeste, mientras sus brazos se extienden como ramas horizontales que surgen del tronco. En esta simbología está contenida su naturaleza cíclica, a través de las hojas, flores y frutos, que se agotan y se renuevan constantemente, de acuerdo con el curso de las estaciones.
La comprensión esotérica vinculada a la astrología, relaciona la cruz con la materia, que implica el límite y la forma (Saturno), y con el espíritu encarnado, (Sol), que supone el esfuerzo, la trascendencia y la realización. Por su estructura, la cruz divide el espacio en cuatro cuadrantes. Una totalidad expresada en la dimensión vertical, que representa el tiempo, y en la horizontal, que nos remite al espacio. Cada una de las cúspides se relaciona respectivamente con los puntos cardinales (norte, sur, este, y oeste); con los elementos, (fuego, tierra, aire y agua); con las propiedades, (caliente, frío, seco y húmedo), y con los momentos estacionales, primavera, verano, otoño e invierno.
La liturgia sobre la cruz se celebra cuando aparecen los cuatro luceros que conforman en el cielo la Cruz del Sur. Es el momento de celebración de las festividades primaverales, en la que los campesinos ofrecían sus cantos, flores y frutos a sus deidades propiciatorias de la fecundidad de la tierra y la mujer. Por esta razón se convirtió en rito agrario y de los enlaces amorosos. Al decaer la economía agrícola como función individual, el campesino emigró a los centros urbanos para dedicarse a otras actividades, y de ese modo se va perdiendo el caudal folclórico, con todos los símbolos que poblaron la tradición, como ocurrió con la construcción de las antiguas ciudades, donde la intersección de los cuadrantes cruciforme indicaban el lugar en el que habría de levantarse el templo, por ser el punto en el que convergen los mundos, y por tanto el lugar de mayor energía, quedando en forma concéntrica la edificación de la plaza, los edificios principales y las casas.
Una de las variantes de los tantos significados que toma la cruz, está relacionada con la crucifixión, y más específicamente con la crucifixión de Jesús el Cristo, por el significado histórico y espiritual que adquiere ésta posteriormente, al lado del Sudario, El Santo Grial, la lanza que atravesó su costado y los clavos que sostuvieron su cuerpo. La muerte en la cruz era el castigo impuesto a los esclavos más viles, y era estigma de infamia. Por ser tan común entre los romanos, a las penas, las aflicciones, se les daba el nombre de cruces. Curiosamente, entre los primeros judíos no existía la práctica de la crucifixión, tan frecuente en muchos pueblos de la antigüedad.
La Cruz de mayo
La tradición destina el día 3 de mayo para las celebraciones rituales y piadosas en honor a la Cruz del Salvador. La iglesia cristiana naciente impone una transculturación sobre los ritos paganos en honor a la tierra fecundante, creando la versión según la cual, en esta fecha del año fue encontrada por Santa Elena (madre del emperador Constantino), en la basílica de Jerusalén, la verdadera cruz donde murió Jesús. Santa Elena, para destacar el gran hallazgo, mandó a encender en cada topo de los cerros, enormes fogatas que formaron una cadena desde Jerusalén a Bizancio, donde su hijo Constantino esperaba el resultado de aquella peregrinación.
En el siglo XVI los españoles introdujeron su ritual en América, donde se transforma y adquiere significación especial, de acuerdo a las regiones donde va llegando, pero siempre vinculado al fundamento cultural de la tierra, de la economía agrícola en formación.
Aunque en la actualidad muchos promeseros alumbran las viejas cruces milagrosas que se guardaron inmediatamente después del último velorio, la costumbre originaria era comenzar los preparativos el jueves Santo, con la escogencia del madero (olivo, limón, jobo), que debía ser cortado por una doncella en ayuno, antes de la salida del sol. El primero de mayo, la cruz destinada al altar se viste con flores y papel de color, y la que va al patio o al calvario, la llamada Cruz del Perdón, se viste con cogollos de palma.
En estos ritos propiciatorios de fertilidad, abundancia y bienestar, se pide por la entrada de las lluvias para la siembra, la curación de alguna enfermedad, o la resolución de conflictos que parecen insuperables.
En la devoción a la Cruz de mayo, aparte del público que acompaña la ceremonia, los participantes son los rezanderos, los músicos, los bailadores, los cantadores de galerones, tonadas, fulías y corridos.

Santísima Cruz de Mayo
Quién te puso en esa mesa
Son los dueños del altar
Que están pagando promesa

Era costumbre en algunos pueblos del llano que las parejas de enamorados esperasen el Velorio de Cruz para irses juidos, es decir, para escaparse sin el consentimiento de los padres, y regresar al cabo de unos días para obligar a la familia a aceptarlos como nueva pareja. Todos los asistentes son invitados a una comilona en la mañana del día siguiente después de la celebración, y en algunas zonas de raigambre netamente agraria, se extiende la festividad hasta final de mes.
A pesar de la violenta intervención de los modelos urbanos en los ritos y tradiciones rurales, la veneración de la Cruz de Mayo se mantiene en los barrios de las ciudades como último eslabón de una antigua manifestación religiosa y cosmogónica. Pero es en la costumbre de persignarse para conjurar el peligro, y corroborar la pertenencia a un credo, donde sigue imperando el significado e importancia de la cruz como signo sagrado, evidenciando su carácter de símbolo fundamental, o lo que es igual, como emblema mágico, para recrear el orden en un mundo amenazado constantemente por el caos.
César Gedler
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LA GUERRA DE LOS MANTUANOS


La guerra de los mantuanos

La guerra fue larga Juvenal. Larga y dura. Y en la guerra, después que se cierran las heridas del cuerpo, se abren las del alma. Ya se la veía venir cuando se alzó Chirino con su poco de zambos y negros cimarrones. Después a José María le frieron la cabeza y la pusieron donde todos la vieran para que escarmentaran, pero de nada valió. Los mantuanos querían mandar ellos solos y se la jugaron completa aquel Jueves Santo en lo que el cura le hizo señas al pueblo para que negara el mando de Emparan, después que habían dicho que sí lo querían. En lo que el capitán respondió que entonces él tampoco quería mando, los mantuanos lo sometieron con el resto de los mandatarios que representaban la Corona y los zamparon directo a pasar calor en las mazmorras de la Guaira, y a obedecer como cualquier caraqueño de orilla, antes de mandarlos para su tierra. Con las mismas redactaron un oficio donde se declaraban libres de la opresión francesa, y lo hicieron leer en varias partes de la ciudad en donde habían preparado a una gente para que gritara : "Viva nuestro Rey Fernando VII, el nuevo Gobierno, y el muy Ilustre Ayuntamiento y Diputados del Pueblo que lo representan".
Muchos creyeron que la cosa iba a ser fácil. Pensaban que el Rey estaba listo por la vaina que le habían echado los franceses poniendo a mandar en el mismísimo palacio Real al hermano de Bonaparte, pero se equivocaron de punta a punta y tuvieron que arrear con las consecuencias cuando España se recuperó y les mandó aquel ejército entrenado para las batallas en cualquier terreno. Pero lo que más les dolió fue que tanta gente, sobre todo los blancos orilleros y los mestizos de postín, se rajaron para defender a la godarria partidaria del Rey, como pasó en Valencia un tiempo después, cuando Miranda los puso en su sitio.
Más de diez años Juvenal, más de diez años duró aquella lavativa. No hubo quien no llorara a un pariente, quien no perdiera su negocio o su cosecha, quien no viera más a muchos amigos, o que pensara que aquella guerra era el fin del mundo, y que el demonio estaba quemando todo, para que no quedara ni rastro ni esperanza, y supieran lo que era guaral mojao, si querían alcanzar la libertad.
No sólo fue la guerra, sino que también vino una sacudida que se echó la tierra, donde murieron más de 10.000 personas, y como era un Jueves Santo igual al día del alzamiento, los frailes se aprovecharon para decir que era un castigo del cielo, por traicionar a su amo legítimo. Fue la única vez que vi a Bolívar en camisa. Con cara de arrecho y voz de mando, le dio un empujón al fraile que estaba hablando, y lo tiró al piso. En seguida le grito a la gente que se calmara, que los terremotos eran cosas de la naturaleza; y para darle brío a los timoratos, gritó más fuerte que si ella se oponía, también se le daría lo suyo, para que obedeciera.
Así son los mantuanos Juvenal, incluyendo a sus mujeres. El mundo les pertenece en todo lugar y en todo momento. Por eso la gente de Caracas no se extrañó cuando desconocieron el poder de la Corona. Son grandes cacaos, y a un gran cacao se le permite siempre quitar y poner capitanes generales e intendentes de acuerdo a sus intereses y a sus caprichos, sin importarles que desde allá se ordenara y se volviera a ordenar. Parte de esa gente además, ha estado metida hasta el fondo en algo que llaman La Cofradía, y eso los hace distintos, por donde quiera que se los mire, porque su pensamiento es el mismo de los liberales de aquellas tierras, que se reúnen en secreto, y creen en la libertad y la igualdad de todos los hombres.
No sólo tienen tabaco en la vejiga, sino mucho magín y tanto mundo como el que más. Yo dificulto que en otras partes haya muchos hombres de galanura y seso como aquí. El general Miranda lo repitió varias veces el día que firmaron el Acta: “En cuanto a los talentos y personas ilustradas, en Caracas hay más que en sitio alguno de los Estados Unidos”. Y eso es mucho decir. Lo que no dijo Miranda, es que la mayoría tiene un pacto sagrado con esas nuevas creencias, y eso los hace actuar con honor verdadero, como el que le sobra a un hijodalgo.
Lo que nadie esperaba es que por retruque, fuera el propio Taita Boves quien los salvara, pues él formó el primer ejército de verdad, compuesto por negros esclavos, mulatos, indios y pardos. Es cierto que peleaban por el botín y la hembra, pero bajo una disciplina que no tenían los soldados contrarios. El Taita no tuvo contemplación con los grandes cacaos. Donde aparecía, mandaba a la tumba tanta gente como la que ocasionaba la peste. Cuando Zaraza le clavó la lanza y lo dejó tieso, su ejército se desperdigó y arrasó con cuanto se les atravesó en el camino desde Urica hasta Guayabal, un pueblo sin ley a donde iba a parar todo el que no tenía rumbo.
Y a ese pueblo llegó mi general Páez, sabiendo lo que quería. Ese hombre nunca supo tener miedo, y se entendía en las mismas palabras con aquella cuerda de amotinados que ya no tenían regreso. Uno a uno lo siguieron, convencidos de que si no los mataba el enemigo, lo haría el Catire, si lo traicionaban.
Por eso digo que el Taita les hizo el favor, porque con ese ejército no quedó lugar donde se oliera sangre española. A lanza y machete se ganó a Venezuela. Los libertadores siempre fueron los primeros en pelear y dar ejemplo, y por eso el pueblo se multiplicó en su favor con cada día. Nadie comía antes de la batalla. Nada más que aguardiente con pólvora por bebida. Las mujeres venían atrás para curar heridos, y prepararles la fiesta a los vencedores con bandola, maracas y baile parejo, porque así es la guerra, mide a los hombres por sus condiciones, y les devuelve lo que se ganan en tristezas y alegrías.
Por eso te pido Juvenal, déjame quedarme callado sobre lo que vino después de tanta sangre. Quien ha estado en la guerra no quiere ni nombrarla.
César Gedler
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El Crcificado

El Crucificado
Aprovechando la oscuridad de la noche, los sacerdotes del Sanedrín se presentaron en el Monte de los olivos donde el Maestro acababa de orar a su Padre de una forma tan intensa que sudó sangre, por la angustia mortal que le producía ofrendarse voluntariamente a un martirio que sólo él podía conocer en su dimensión más profunda.
Los sacerdotes del templo mostraban su descontento con aquel campesino de Galilea que se dirigía a las multitudes para hablarles del amor y del perdón como fórmulas de crecimiento interior, y como la única manera de conocer la verdadera libertad, que consiste en desterrar todo tipo de odio del corazón, para poder contemplar la belleza de la vida con la inocencia de un niño. Tampoco se alegraban los del Sanedrín de las respuestas alegóricas que les daba aquel romántico cuando lo tentaban para que incurriera en algún fallo y de esa forma arrestarlo y desaparecerlo, pues el predicador los hacía quedar como ignorantes de las cosas del espíritu y de las leyes, al interpretar sus interrogaciones de un modo abierto y nada dogmático, sino apelando al sentido común que comprendían todos los testigos que se acercaban.
Dirigidos por el sacerdote Cayefás, sus captores e inculpadores lo llevaron primero ante Herodes Tetrarca, un hombre licencioso, que gobernaba la región de Galilea en acuerdo con Roma, pero Herodes tuvo miedo de la mirada inocente de aquel justo, y lo refirió a un procónsul del imperio llamado Pilatos, quien le preguntó por su delito, con la curiosidad de un romano ajeno a los intereses judíos. Sin alcanzar a ver ninguna maldad en que ese hombre inofensivo se proclamara hijo de Dios, mandó a que lo azotaran y decidieran ellos mismos la suerte del acusado, para lo cual utilizó un gesto acostumbrado en su tierra, que consistía en lavarse las manos en señal de imparcialidad.
A los sacerdotes no les bastaba con unos azotes. Ellos temían perder sus privilegios, incluyendo los impuestos, y apelaron a la costumbre pascual de pedir la libertad de un reo escogido de los muchos condenados, y que el pueblo eligiera entre uno de ellos y Jesús, para probar que la mayoría estaba de acuerdo con su muerte. Pilatos aceptó, y mandó a traer a Barrabás, en la seguridad de que el pueblo pediría la libertad del justo, ante aquel facineroso, pero los del Sanedrín ya había regado la voz entre la multitud de que prefirieran a Barrabás, y condenaran al que se hacía llamar hijo de Dios, para castigar su insolencia. Y así ocurrió. El mismo ungido al que unos días antes le habían abierto las puertas de Jerusalén con ramos de palmas y alfombras en el piso por donde habría de pasar, se convertiría unos días después, para el pueblo que lo aclamó aquel domingo, en un ser sin atributos, un perseguido al que se le deseaba la muerte, y para el que se pedía la crucifixión.
Excepto para el condenado, nada presagiaba que aquel hombre de apenas 33 años, reconocido por su bondad y capacidad sobrenatural de obrar milagros en los enfermos, lo esperaba una muerte semejante, desarrollada en una extrema pasividad e indulgencia hacia sus verdugos, y una melancólica llamada a quien él llamaba Padre, suplicándole la fuerza suficiente para resistir hasta el final el drama misterioso, que al parecer estaba destinado desde siempre, para redimir a los hombres de una culpa insospechada y ciega, que los retenía en la sombra de un mundo sin trascendencia.
Esa misma mañana lo azotaron hasta desgarrarle la carne, y para burlarse lo sentaron desnudo donde todos lo vieran, le clavaron una corona de espinas en la coronilla, y le pusieron un cetro mientras en tono irónico se burlaban haciéndole reverencias.
Los discípulos se habían dispersado por temor a sufrir la misma suerte. Uno de ellos, el que lo había besado para que los sacerdotes y legionarios lo reconocieran y lo apresaran, se había ahorcado por el tormento de la culpa. Otro, el más viejo de los pescadores que lo seguían, lloraba amargamente el haberlo negado tres veces antes del canto del gallo, como se lo presagiara el rabí, un poco antes del juicio sumario.
Mientras tanto, el inocente soportaba el peso de un madero más alto y pesado que su cuerpo, y con un genuino esfuerzo cargaba con la cruz hacia lo alto del Monte de la Calavera, seguido de su madre, algunas mujeres que lloraban su martirio, su discípulo más joven, y una multitud que se sentía engañada y no entendían muy bien lo que ocurría, pues su intención al repetir que preferían a Barrabás, no era condenar al inocente, y mucho menos de esa forma.
El drama de esa muerte estaba previsto en los salmos y en las anunciaciones de Isaías, el profeta predilecto del predicador. Así debían ocurrir las cosas, para que todo fuera consumado y se cumplieran las escrituras.
Los del Sanedrín se retiraron satisfechos de haber ahogado aquel clamor. En unos días ya nadie hablaría del incidente, ni el nazarita se dirigiría más a las multitudes utilizando la metáfora de los pájaros y los lirios del campo, sino que ellos retomarían la autoridad cuestionada, y harían cumplir de nuevo sus ordenanzas.
Como a las 3 de la tarde el cielo se oscureció y algunos oyeron cuando el crucificado en sus últimas palabras rogó a su Padre, para que perdonara la ingratitud de aquellos por los que estaba muriendo. Al final expiró, y según se cuenta, a los 3 días el martirizado les mostró su poder, levantándose de la tumba y dividiendo en dos, la época que le tocó vivir.
César Gedler
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Días de calor

Días de calor
Uno se daba cuenta de que el tiempo se había movido porque empezaban a oírse las chicharras con sus gritos inclementes, llamando a la hembra para su reproducción. Eso ocurría a finales de marzo, cuando los días duran igual que las noches, y empiezan a florear los araguaneyes y los apamates de forma encendida. Ya el frío iba quedando atrás, y el calor comenzaba a sentirse como una nube espesa que los viejos llamaban canícula, o bochorno, porque la escasa brisa del momento dejaba en el ambiente un olor a frutas rancias o flores descompuestas que se hacía más intenso cuando algún nimbo de paso dejaba caer un aguacerito que alborotaba tanto el clima como en las sabanas llaneras.
Ahí empezaba el tiempo de las chicharras. Ellas brotaban de la tierra agrietada por la mucha resequedad para aferrarse a la corteza de un árbol que les permitiera expulsar el caparazón para levantar las alas y aparearse. Después que se morían reventadas de tanto grito, lo que quedaba era una costra más seca que la misma madera. Uno no podía explicarse como aquel carapacho era capaz de tanto ruido al lado de los grillos y los sapos. Entonces uno repetía lo que decían los viejos, que eso era el calor, y no se buscaba más explicación.
Por esos mismos días, en los pueblos se veía en muchas esquinas a una gentarada reunida alrededor de un camión de plataforma abierta donde unos mulatos vendían los cocos secos que traían de las costas, para entretener a los hombres que los echaban bajo apuestas. Los más veteranos sacaban un fuerte y sonaban el coco con la moneda para saber si eran de costra dura, y al conseguir un gallito, le raspaban el sitio donde el contrario debía golpear, y si aguantaba el impacto, lo más seguro era que se resquebrajara cuando le tocara el turno de ponerse abajo. Algunos aguantaban hasta tres o cuatro peleas sin romperse, y mientras más duraba, mayor era la apuesta, por el riesgo de quebrarse.
A veces se prendían unas peleas donde salían apuñaleados más de uno, por las trampas que metían, como le pasó a un tal Larry, que le inyectó formol a su coco, y nadie le ganaba, por más que le sacaban cocos madres y gallitos puntiagudos, hasta que un avisado se lo arrancó de las manos y se lo quebró en la cabeza por tramposo. Todavía sigue vivo de milagro, por ese golpe que lo mandó al suelo y le hizo perder el conocimiento de inmediato, para su buena suerte, porque el agresor se fue corriendo al darlo por muerto, en vez de rematarlo y cobrarse sus reales.
También recuerdo a una señora barloventeña recogiendo los pedazos partidos que se llevaba metido en un saco de cabuya marrón acomodado en la espalda como si fuera un morral. Con el tiempo me di cuenta que la señora hacía dulces con los pedazos de coco y los vendía en el mercado sobre una hojita de plátano. Cuando le compré uno para probarlo, me atreví a preguntarle si los hacía en un fogón de leña, porque tenían un olor agradable como el que desprenden las arepas asadas, y me explicó el proceso de elaboración con tanto detalle, que me impresionó para siempre su pedagogía, y su esmero cariñoso en la confitería.
Como había trabajo y autoridad, los ladrones eran contados, y las mujeres de la casa podían sacar sus sillas en lo que se hacía de noche, para refrescarse del calorón y conversar de lo mismo de siempre, pero entretenidas con la gente que pasaba, y las novedades secreteadas en voz baja, sobre las muchachas que metían la pata, o los que se iban mudando para otras partes y ya no trataban a sus amistades de antes, sino que ahora sentían un derecho, como familia de postín, a pertenecer a la alta sociedad, porque un hijo se graduaba de médico y como se comprenderá, no podían seguir viviendo en la misma zona donde sus amigos de infancia lo llamaban por su sobrenombre.
Lo de los muchachos en cambio, era coger para una poza a bañarnos en interior y comer pan con cambur por almuerzo, porque las palometa que buscábamos cazar en el camino con la china y unas metras, para asarlas en una fogata, no alcanzaban ni para muestra, y teníamos que conformarnos con la vitualla de provisión. Desde temprano caminábamos hasta El Encanto o El Alambique, para llegar sudados a la poza y lanzarnos un clavado y celebrar la frescura del agua con un grito de guerra. Ya al atardecer nos secábamos con la ropa encima y desandábamos la misma caminata de la mañana hasta Los Teques, que nos dejaba fundidos de cansancio y nos mandaba a la cama directamente, sin importarnos los programas de televisión, ni pensar para nada que algún día habría de recordar y escribir esos detalles sin trascendencia, como acabo de hacerlo en este momento.
César Gedler
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El quiosco de los Benedettos

El quiosco de los Benedetto
La noticia aparecida en algunos diarios me remontó lejos, a los años de mi niñez, cuando el viejo Rafael Benedetto y su hijo Blas Antonio tenían la quincalla de revistas y periódicos en la subida después del puente Castro, entre el quiosco “El Mono”, y la Carpintería de Víctor el italiano. El artículo no pasaba del comentario sobre la excentricidad de un comprador anónimo, al adquirir un ejemplar de la primera edición del comic Supermán por un millón de dólares, pero las evocaciones que removió sobre aquella infancia de suplementos y novelas de vaqueros a principio de los 70, fueron suficiente para comprender vivencialmente que en definitiva, estamos en una fase de la historia que establece sus cambios de manera polarizada, en comparación a aquella otra cuyas transformaciones las establecía el envejecimiento de las cosas.
En esos días, uno de nuestros focos de interés estaba centrado en la lectura semanal de los suplementos que llegaban de lejos para contarnos las aventuras de algunos personajes cotidianos del invencionero gringo y azteca, en su orden mítico, como Memín Piguín; el pescador Chanoc y su padrino Tzekub, o las fabulaciones extraordinarias a la manera de Superman o Acuaman. Sin darnos cuenta introyectábamos gran cantidad de palabras y actitudes, expresadas en el quehacer heroico de unos protagonistas a los que aprendimos a querer y a nombrar como uno más de nosotros, sin sospechar la enorme influencia foránea que consumíamos.
Muchas veces dejábamos de tomar refrescos o comer una catalina para adquirir el suplemento y enterarnos de cómo se resolvía la trama que quedaba pendiente del número anterior; y si en el momento no teníamos para comprarla, nos tocaba recorrer los quioscos uno a uno, empezando por la librería Lido, frente a la plaza Guaicaipuro, la del Sr. Darío Yánez, en la calle Ribas, la del Sr. Smitter, un poco más adelante, o esperar el domingo, cuando cambiábamos las pequeñas historietas en la entrada de los cines, pero sin el gusto de la novedad.
Curiosamente, todos los quioscos tenían un escalón entre el nivel de la calle y la entrada del negocio, y su tamaño no sobrepasaba los 10 metros cuadrados. Uno se adentraba en aquellas cuevas mágicas y tenía la sensación de estar en la casa de los sueños por tanto colorido de revistas, periódicos, bisuterías de carey, lapiceros, brillantinas para el pelo, desodorantes, y cuanta baratija le llegaban a los comerciantes, para satisfacer las necesidades de los clientes.
El de Benedetto en particular era de parada obligada en plena subida, porque Blas Antonio tenía el don de la conversación amena, en contraste con el carácter de Carmelo, un guatireño de pocas palabras y tono irritable, que lo acompañó en el negocio por mucho tiempo. Desde que se pasaba la reja sentía uno el olor a cigarro fuerte de los dos fumadores, y el sonido de un radio por el que se enteraban de los sucesos sin salir nunca de aquella gruta de papeles y menudencias.
Una vez me contó que tenía su negocio desde mucho antes que Pérez Jiménez reconstruyera el puente, que en un principio fue de madera con pasamanos de tubo, y después le hicieron un soporte de acero con barandas de concreto y piso de macadan. También me comentaba que por la vibración en el arreglo del puente en el año 52, se cayó el bar Azteca, del Sr. Estaban Negrín, y los parroquianos se quedaron sin oír las rancheras de aquellos tiempos, mientras tomaban sus tragos bajo una temperatura que aceleraba el reumatismo.
Ya después que cambié las lecturas de suplementos y novelas de Marcial Lafuente Stefanía por otras más apropiadas para mi edad, le compraba a Benedetto revistas de la Salvat, que ofrecían en promoción ediciones baratas de los clásicos universales, y por lo regular el distribuidor de la empresa nos regalaba las separatas biográficas de músicos y pintores, que abandonaban los repartidores como cosa inútil.
A principio de los años 80 construyeron el edificio Bella Urquía en el terreno donde estaba Benedetto, y el quiosco se fue para el mismo lugar en el que está todavía, en la esquina de la calle Ribas con el puente Castro, un aciano que está cumpliendo 109 años y conserva su misma fortaleza. Para Blas Antonio fue un golpe duro aquella mudanza. Era un hombre sedentario hasta la rutina, y el calor de su quincalla a media luz formaba parte de él mismo.
Con la misma puntualidad de siempre, el quincallero siguió recibiendo la prensa cada mañana, hasta un día de mayo en que se le ocurrió morir. María su esposa, continuó regentándolo por varios años el negocio, pero un accidente automovilístico acabó con su vida, y por unos días el quiosco guardó silencio. Sin embargo, sobrevivió la dinastía por mediación de su hija Trina Benedetto y su esposo Mauricio, quienes mantienen la misma cordialidad y diligencia de siempre.
¿Hoy me pregunto si tendría sentido para cualquier gobierno el señalizar las esquinas de Los Teques con los nombres que ofrece la tradición? Pienso que cumpliría un propósito de orientación en la ciudad, y al mismo tiempo permitiría la recuperación de una memoria sin la cual no es posible ningún prontuario histórico que nos acerque al origen y naturaleza de la tequeñidad.
Mientras tanto, los que conocemos el cuento, seguiremos refiriéndonos a esa esquina como “El quiosco de Benedetto”, en la certeza de no equivocarnos sobre el lugar de encuentro.
César Gedler
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Papelón

Papelón
Trabaja en una zona donde abundan las escuelas. Es el policía escolar del sector. Todos lo conocemos de tanto encontrarlo una y otra vez en la vía. Pocas veces se está quieto. Lo suyo es caminar, andar ligero y firme de un lado a otro, vigilando que las cosas se mantengan en el mismo orden de siempre. Su presencia forma parte del ambiente, del clima, del tráfico, de la noticia del día, y de la agitación o la quietud de los estudiantes. Por la placa que lleva en el lado derecho del pecho, sabemos que es el Subinspector Luís Azuaje, pero lo llamamos Papelón, un modo muy venezolano de reconocer el carácter popular de alguien que se ofrece al resto desde su sencillez más humana.
Su interés por la lectura le viene de su padre, que era telegrafista; un oficio semejante al periodismo, que les permitía estar enterados de todo lo que pasaba en el país, y aun en el mundo, a través de ese lenguaje extraordinario que se producía con golpecitos de corriente que solamente traducían los iniciados en el oficio. Todos los secretos de Estado y de familia pasaban por sus manos, por muy codificados que fueran estos mensajes, porque los operararios de la telegrafía se sabían de memoria todas las formas de encriptar las palabras.
Pepelón tiene hoy 54 años. Hizo de Los Teques su lugar de adopción, pero nació en Portuguesa, la tierra del catire Páez, rodeado de paisajes extensos, calurosos. Todavía sueña con el olor a mastranto y con los ríos crecidos, donde aprendió a nadar a contracorriente, y a cruzarlos montado en bestia. Es canceriano, del mes de las lluvias, del aguacate, la piña y el melón. Un hombre prudente, con cara de inocencia, trato amable y servicial. Le gusta el deporte y lo practica. Desde pequeño incursionó en la carpintería y el boxeo, su pasión eterna, de donde le viene su apodo de combate, “Papelón Azuaje”, que le dio tantos reconocimientos y lo llevó a ser entrenador profesional de los presos en la cárcel de Los Teques, después de disponer su retirada del ring.
Sabe que su oficio es peligroso, que comporta riesgos límites, como la vez que lo hirieron. “Aquél día me dieron un quieto por la espalda -me comenta en buena narración- eran unos menores, unos estudiantes que tenían líos con una banda y necesitaban un arma de potencia para defenderse. Cuando sentí que alguien se acercaba me di vuelta, y al chamo se le escapó el tiro de los nervios, porque ya me tenía apuntado. Por poco me mata. Dos centímetros más y me da en el corazón. Herido y todo los seguí, pero me desmayé por la pérdida de sangre. La comunidad me auxilió y pude salvarme”.
Le pregunto que opina de eso, y me explica de modo extenso que hace falta el diálogo con los hijos. Que es necesario aprender el lenguaje de los muchachos, para hacerse amigo de ellos. Conocer sus necesidades: ¿con quienes andan, qué les preocupa? Papelón piensa que el fenómeno de la delincuencia es mundial, pero en otras partes las autoridades y la ciudadanía se unifican para luchar contra ella y mantenerla a raya. “Uno arriesga la vida atrapando un malandro que tiene armamento de guerra, y a los días lo vuelve a ver en la calle. ¿Qué pasó ahí? Antes las leyes permitían sancionar al delincuente, pero ahora en Venezuela es muy engorrosa la detención y el castigo, y muchas veces quien paga es el mismo policía”.
El día en que conversamos largamente estaba con su compañero de ruta, el subinspector Francisco Quintero, un hombre joven, de Petaquire, quien es abogado y docente, aparte de policía escolar, gracias a su madrina, quien descubrió muy temprano que su ahijado era un adelantado. Lo conocí cuando estudiaba el Componente Docente en el Instituto de Mejoramiento, de la Upel, que le sirvió para ejercer la docencia y descubrir su vocación de mediador.
Ese día de la conversación pude ver cómo disipaba un intento de manifestación de estudiantes sin bombas ni peinillazos, sino conversando con los líderes, de quienes conocía el nombre y la manera de tratarlos. Aquel gesto me hizo ver el enorme valor de la culturización humanista en el amigo, que en todo momento se relacionó con los muchachos de manera firme y respetuosa al mismo tiempo. De un modo sereno los interrogó sobre los motivos de la protesta, y los convenció de ejercer sus derechos sin atropellar a nadie, ni destruir ninguna propiedad, para no invalidar sus reclamos.
Supe después por el amigo Quintero, que varias veces lo han distinguido como El Policía del Mes y aun como El Policía del Año. Un reconocimiento que nos lleva a recordar a su homónimo Apascacio Mata, aquel policía de Panaquire que ejercía en la esquina de Sociedad, y que por su carisma, buen trato y rectitud en su oficio, le compusieron una canción cuando se atrevió a parar la caravana presidencial de Luís Herrera Campins por estar el semáforo en rojo. El mismo Jimmy Carter lo invitó a Tennessee, para condecorarlo y concederle un nombramiento como policía ad honorem de los Estados Unidos, por sus méritos profesionales y humanos.
César Gedler
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La deuda

La deuda
Cada día recordaba en sus detalles el momento en que todo se mezcló para transportar su vida al otro lado de la alegría. Había ido a cobrar una deuda que le tenían a Wilson en aquella tierra de verdes encendidos. Era cosa de dos días, si se calcula con comodidad, para no devolverse en el mismo avión y regresar cansado sin motivo. La gente que lo esperaba se le acercó con sonrisa de bienvenida, y le brindó un saludo cordial chocándose los puños, lo que aumentó su agrado para aceptarles la hospitalidad que le ofrecieron en una casa de campo, en vez de quedarse solitario en una habitación de hotel con olor a detergente.
En la hacienda se lo dijeron: “No le vamos a pagar nada a ese carajo. Más bien él es quien tendrá que pagar si quiere ver vivo otra vez a su amigo”. La angustia le recorrió el cuerpo con un aire húmedo y frío. Estaba perdido. Wilson nunca aflojaría un centavo por chantaje. Se sintió indefenso en esa tierra lejana, con gente extraña y otro paisaje. No contestó; esperando que todo fuera un malentendido, un camino equivocado del que podía regresar de la forma en que llegó, bajo la misma tarde encendida y la misma brisa suave de intensidad remota. Pero nada cambiaba. Todo seguía en la lentitud dolorosa que precede a los naufragios, y se dejó caer en el vértigo nocturno de la derrotas sin pronunciar palabras.
¿Que estaría pasando ahora en cualquier parte que no fuera esa habitación con forma de calabozo, con poco aire y mucha oscuridad? La noche y el día era un solo laberinto borroso en el que se perdían las preguntas: ¿por qué todo aquello, si apenas se había prestado para cobrar un dinero empaquetado y dispuesto en una maleta viajera? A veces sentía pisadas como si vinieran a saber de él, pero seguían indiferentes hacia otros destinos, sin que le importara a nadie su sed y su aturdimiento en aquella cueva de sombras y durezas.
Lo levantaron temprano y le señalaron el piso manchado, las botellas tiradas por todas partes, restos de comida en la cocina y en la mesa, y le gritaron algo en un dialecto que no entendió. Cuando se acercó a tomar un poco de agua sintió un golpe amargo que le quemó la espalda, y al defenderse, un latigazo en la cara lo mandó al suelo sin sentido. A patadas y empujones lo obligaron a pararse y le pusieron en la mano un palo de coletear que lo ayudó a comprender el propósito de aquellas alimañas antes que pudiera verles la cara. La puerta le cayó encima y lo arrancó de un sueño apacible después de muchas noches en claro. Unas voces en la oscuridad le ordenaban que se parara de inmediato. Tanteó en el piso buscando sus zapatos, pero un brazo de caletero lo sacó de un sólo impulso de aquella cueva como si se tratara de un pájaro muerto. La misma mano lo llevó a empellones por un camino que se hacía cada vez más inclinado y sofocante, hasta llegar a un camión donde fue arrojado como un saco de arena.
Se entregó resignado a una muerte triste y ajena en una madrugada sin estrellas, sobre aquella plataforma que se movía con sobresaltos por las piedras y baches del camino. Ya no importaba nada; ni el dolor, ni la sed inclemente, ni la esperanza de otros días. Era mejor salir pronto del maltrato y que sus restos quedaran dispersos en esas montañas de tierra oscura, como iban quedando sus sueños y sus angustias en una sensación de laxitud semejante al olvido.
El calor se elevaba inmisericorde con cada hora que pasaba y un resplandor de hambre y sed era todo el paisaje que alcanzaba a ver como un espejismo en el que se ahogaba por la confusión, el dolor, el miedo y la desesperanza.
Ya casi despertaba cuando sintió un frescor de vida que le caía en el rostro como un bálsamo de luz. Una mano amiga que le rociaba el agua, y una sonrisa amigable, fue lo primero que vio al retornar a la vida. Poco a poco fue comprendiendo lo que decían todos a la vez entre risas y muecas. Lo habían rescatado.
Esta era otra gente, otro corazón, otra esperanza. Sus verdugos estaban muertos. Apenas pudieron disparar sin saber a quien. Los que no murieron por las balas, quedaron regados en pedazos por los machetazos, en medio de una embriaguez que se convirtió en canto de muerte.
Con los días los salvadores le consiguieron un pasaje de retorno, que lo hizo llorar de alegría mientras los abrazaba bajo la promesa de un pronto retorno como visitante, cuando de pronto la policía allanó la casa donde se encontraban. Otra vez preso, amarrado con cadenas y apuntado con fusiles y pistolas.
Fueron muchas las cosas que se atropellaron sobre él en los años que duró el proceso y su permanencia en la cárcel. Entre mirar las estrellas a través de los barrotes y pasear de un lado a otro sin ningún contacto, los recuerdos tomaban la forma de un viaje largo a un país extraño donde debía cobrar una deuda que nunca le pagaron.
César Gedler
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