Papelón
Trabaja en una zona donde abundan las escuelas. Es el policía escolar del sector. Todos lo conocemos de tanto encontrarlo una y otra vez en la vía. Pocas veces se está quieto. Lo suyo es caminar, andar ligero y firme de un lado a otro, vigilando que las cosas se mantengan en el mismo orden de siempre. Su presencia forma parte del ambiente, del clima, del tráfico, de la noticia del día, y de la agitación o la quietud de los estudiantes. Por la placa que lleva en el lado derecho del pecho, sabemos que es el Subinspector Luís Azuaje, pero lo llamamos Papelón, un modo muy venezolano de reconocer el carácter popular de alguien que se ofrece al resto desde su sencillez más humana.
Su interés por la lectura le viene de su padre, que era telegrafista; un oficio semejante al periodismo, que les permitía estar enterados de todo lo que pasaba en el país, y aun en el mundo, a través de ese lenguaje extraordinario que se producía con golpecitos de corriente que solamente traducían los iniciados en el oficio. Todos los secretos de Estado y de familia pasaban por sus manos, por muy codificados que fueran estos mensajes, porque los operararios de la telegrafía se sabían de memoria todas las formas de encriptar las palabras.
Pepelón tiene hoy 54 años. Hizo de Los Teques su lugar de adopción, pero nació en Portuguesa, la tierra del catire Páez, rodeado de paisajes extensos, calurosos. Todavía sueña con el olor a mastranto y con los ríos crecidos, donde aprendió a nadar a contracorriente, y a cruzarlos montado en bestia. Es canceriano, del mes de las lluvias, del aguacate, la piña y el melón. Un hombre prudente, con cara de inocencia, trato amable y servicial. Le gusta el deporte y lo practica. Desde pequeño incursionó en la carpintería y el boxeo, su pasión eterna, de donde le viene su apodo de combate, “Papelón Azuaje”, que le dio tantos reconocimientos y lo llevó a ser entrenador profesional de los presos en la cárcel de Los Teques, después de disponer su retirada del ring.
Sabe que su oficio es peligroso, que comporta riesgos límites, como la vez que lo hirieron. “Aquél día me dieron un quieto por la espalda -me comenta en buena narración- eran unos menores, unos estudiantes que tenían líos con una banda y necesitaban un arma de potencia para defenderse. Cuando sentí que alguien se acercaba me di vuelta, y al chamo se le escapó el tiro de los nervios, porque ya me tenía apuntado. Por poco me mata. Dos centímetros más y me da en el corazón. Herido y todo los seguí, pero me desmayé por la pérdida de sangre. La comunidad me auxilió y pude salvarme”.
Le pregunto que opina de eso, y me explica de modo extenso que hace falta el diálogo con los hijos. Que es necesario aprender el lenguaje de los muchachos, para hacerse amigo de ellos. Conocer sus necesidades: ¿con quienes andan, qué les preocupa? Papelón piensa que el fenómeno de la delincuencia es mundial, pero en otras partes las autoridades y la ciudadanía se unifican para luchar contra ella y mantenerla a raya. “Uno arriesga la vida atrapando un malandro que tiene armamento de guerra, y a los días lo vuelve a ver en la calle. ¿Qué pasó ahí? Antes las leyes permitían sancionar al delincuente, pero ahora en Venezuela es muy engorrosa la detención y el castigo, y muchas veces quien paga es el mismo policía”.
El día en que conversamos largamente estaba con su compañero de ruta, el subinspector Francisco Quintero, un hombre joven, de Petaquire, quien es abogado y docente, aparte de policía escolar, gracias a su madrina, quien descubrió muy temprano que su ahijado era un adelantado. Lo conocí cuando estudiaba el Componente Docente en el Instituto de Mejoramiento, de la Upel, que le sirvió para ejercer la docencia y descubrir su vocación de mediador.
Ese día de la conversación pude ver cómo disipaba un intento de manifestación de estudiantes sin bombas ni peinillazos, sino conversando con los líderes, de quienes conocía el nombre y la manera de tratarlos. Aquel gesto me hizo ver el enorme valor de la culturización humanista en el amigo, que en todo momento se relacionó con los muchachos de manera firme y respetuosa al mismo tiempo. De un modo sereno los interrogó sobre los motivos de la protesta, y los convenció de ejercer sus derechos sin atropellar a nadie, ni destruir ninguna propiedad, para no invalidar sus reclamos.
Supe después por el amigo Quintero, que varias veces lo han distinguido como El Policía del Mes y aun como El Policía del Año. Un reconocimiento que nos lleva a recordar a su homónimo Apascacio Mata, aquel policía de Panaquire que ejercía en la esquina de Sociedad, y que por su carisma, buen trato y rectitud en su oficio, le compusieron una canción cuando se atrevió a parar la caravana presidencial de Luís Herrera Campins por estar el semáforo en rojo. El mismo Jimmy Carter lo invitó a Tennessee, para condecorarlo y concederle un nombramiento como policía ad honorem de los Estados Unidos, por sus méritos profesionales y humanos.
César Gedler
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Papelón
La deuda
La deuda
Cada día recordaba en sus detalles el momento en que todo se mezcló para transportar su vida al otro lado de la alegría. Había ido a cobrar una deuda que le tenían a Wilson en aquella tierra de verdes encendidos. Era cosa de dos días, si se calcula con comodidad, para no devolverse en el mismo avión y regresar cansado sin motivo. La gente que lo esperaba se le acercó con sonrisa de bienvenida, y le brindó un saludo cordial chocándose los puños, lo que aumentó su agrado para aceptarles la hospitalidad que le ofrecieron en una casa de campo, en vez de quedarse solitario en una habitación de hotel con olor a detergente.
En la hacienda se lo dijeron: “No le vamos a pagar nada a ese carajo. Más bien él es quien tendrá que pagar si quiere ver vivo otra vez a su amigo”. La angustia le recorrió el cuerpo con un aire húmedo y frío. Estaba perdido. Wilson nunca aflojaría un centavo por chantaje. Se sintió indefenso en esa tierra lejana, con gente extraña y otro paisaje. No contestó; esperando que todo fuera un malentendido, un camino equivocado del que podía regresar de la forma en que llegó, bajo la misma tarde encendida y la misma brisa suave de intensidad remota. Pero nada cambiaba. Todo seguía en la lentitud dolorosa que precede a los naufragios, y se dejó caer en el vértigo nocturno de la derrotas sin pronunciar palabras.
¿Que estaría pasando ahora en cualquier parte que no fuera esa habitación con forma de calabozo, con poco aire y mucha oscuridad? La noche y el día era un solo laberinto borroso en el que se perdían las preguntas: ¿por qué todo aquello, si apenas se había prestado para cobrar un dinero empaquetado y dispuesto en una maleta viajera? A veces sentía pisadas como si vinieran a saber de él, pero seguían indiferentes hacia otros destinos, sin que le importara a nadie su sed y su aturdimiento en aquella cueva de sombras y durezas.
Lo levantaron temprano y le señalaron el piso manchado, las botellas tiradas por todas partes, restos de comida en la cocina y en la mesa, y le gritaron algo en un dialecto que no entendió. Cuando se acercó a tomar un poco de agua sintió un golpe amargo que le quemó la espalda, y al defenderse, un latigazo en la cara lo mandó al suelo sin sentido. A patadas y empujones lo obligaron a pararse y le pusieron en la mano un palo de coletear que lo ayudó a comprender el propósito de aquellas alimañas antes que pudiera verles la cara. La puerta le cayó encima y lo arrancó de un sueño apacible después de muchas noches en claro. Unas voces en la oscuridad le ordenaban que se parara de inmediato. Tanteó en el piso buscando sus zapatos, pero un brazo de caletero lo sacó de un sólo impulso de aquella cueva como si se tratara de un pájaro muerto. La misma mano lo llevó a empellones por un camino que se hacía cada vez más inclinado y sofocante, hasta llegar a un camión donde fue arrojado como un saco de arena.
Se entregó resignado a una muerte triste y ajena en una madrugada sin estrellas, sobre aquella plataforma que se movía con sobresaltos por las piedras y baches del camino. Ya no importaba nada; ni el dolor, ni la sed inclemente, ni la esperanza de otros días. Era mejor salir pronto del maltrato y que sus restos quedaran dispersos en esas montañas de tierra oscura, como iban quedando sus sueños y sus angustias en una sensación de laxitud semejante al olvido.
El calor se elevaba inmisericorde con cada hora que pasaba y un resplandor de hambre y sed era todo el paisaje que alcanzaba a ver como un espejismo en el que se ahogaba por la confusión, el dolor, el miedo y la desesperanza.
Ya casi despertaba cuando sintió un frescor de vida que le caía en el rostro como un bálsamo de luz. Una mano amiga que le rociaba el agua, y una sonrisa amigable, fue lo primero que vio al retornar a la vida. Poco a poco fue comprendiendo lo que decían todos a la vez entre risas y muecas. Lo habían rescatado.
Esta era otra gente, otro corazón, otra esperanza. Sus verdugos estaban muertos. Apenas pudieron disparar sin saber a quien. Los que no murieron por las balas, quedaron regados en pedazos por los machetazos, en medio de una embriaguez que se convirtió en canto de muerte.
Con los días los salvadores le consiguieron un pasaje de retorno, que lo hizo llorar de alegría mientras los abrazaba bajo la promesa de un pronto retorno como visitante, cuando de pronto la policía allanó la casa donde se encontraban. Otra vez preso, amarrado con cadenas y apuntado con fusiles y pistolas.
Fueron muchas las cosas que se atropellaron sobre él en los años que duró el proceso y su permanencia en la cárcel. Entre mirar las estrellas a través de los barrotes y pasear de un lado a otro sin ningún contacto, los recuerdos tomaban la forma de un viaje largo a un país extraño donde debía cobrar una deuda que nunca le pagaron.
César Gedler
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El carnaval de los 70
El carnaval de los 70
Los años setenta en Venezuela estuvieron marcados por ese vasto mural de la abundancia y el derroche que brindaba un barril de petróleo más caro que el oro y el diamante. La lujuria de un mundo que desesperaba por cambiar todas las cosas por su equivalente más novedoso, imponía sus reglas desde Miami a la manera de un gran súper mercado que vivió a nuestras expensas mientras duró la fortaleza de la moneda nacional. Quesos holandeses, whiskies escoceses, zapatos australianos, chaquetas argentinas, y muchas mercancías de igual naturaleza, se encontraban en la despensa de cualquier parroquiano sin que ningún indicio advirtiera que algún día las cosas pudieran ser de otra manera.
Admitiendo que había tantos corruptos como ahora, la fluidez financiera permitía para entonces algunos excesos, sin que golpeara brutalmente el bolsillo de un matrimonio profesional. Era algo natural asistir al Aula Magna de la UCV a disfrutar la presentación de grandes conciertos dirigidos por maestros de respetabilidad universal, de la misma manera y con la misma pasión que nos producían las más afamadas agrupaciones salseras del Caribe y Nueva York. Cualquier graduación de bachilleres, o los quince años de la hija mayor, se celebraba con la Billo´s o Los Melódicos en el mejor club de la ciudad, sin que a nadie se le ocurriera pensar que se trataba de un dinero mal habido.
Quien visite en este momento el pueblo de Los Teques, no podría de ningún modo imaginarse que para aquellos días había por los menos cinco clubes: el Miranda, el Hispano, el Centro de Amigos, por nombrar algunos, con capacidad para amanecer bailando con las orquestas del día, sin que se dieran abasto los mesoneros para servir ron y whisky, sin que a los clientes les preocupara para nada los gastos; y si se daba el caso de abandonar la fiesta antes de que cantaran los primeros gallos, era considerado de mal gusto llevarse el resto de la bebida que quedaba en la mesa.
Pero el tope festivo se daba en carnaval. Después de la primera Feria del Indio, que se dio en un octubre memorable de este pueblo, quedó asentada la costumbre de las comparsas para los carnavales siguientes, y la anulación del juego con agua y sustancias irritantes. Los más viejos, con sus recuerdos de los disfraces gomeros, y los más jóvenes, creyéndonos los primeros en todo, nos integrábamos al lado de los sonidos metálicos del Steellband o los redoblantes que dirigía el barbero Carlos Baute, hasta que el cuerpo colapsaba de agotamiento.
Todavía nos manteníamos en esa línea imprecisa entre pueblo y ciudad. La mayoría nos conocíamos aunque fuera por referencia, y nos vinculaba un ímpetu de pertenencia, de tequeñidad, que nos impulsaba a participar de las comparsas como si se tratara de un ritual pagano de transfiguración. Los gremios, los barrios, las urbanizaciones, los sectores, se unían para darle al carnaval el esplendor dionisíaco que permite las carnestolendas, con su licencia para cada quien expresar su propia locura.
Toda la euforia caribeña estremecía nuestro espíritu veinteañero, y desde las 2 de la tarde, cuando salían las primeras comparsas desde El Cabotaje, nos contagiábamos de la música, el colorido, el baile, y cuanta bebida nos salía al paso, sin que importara el sol, la embriaguez, el cansancio, o los pleitos. Igual nos estábamos cambiando de ropa alrededor de las 8 de la noche para llegar de primero a los clubes y colearnos como miembro de una comparsa, o confundiéndonos con alguna familia que mostraba su entrada de cortesía.
Ya en la fiesta, se ponía en juego la habilidad de alguno de nosotros para sobornar a un mesonero, y que nos permitiera sacar las botellas de contrabando que las mujeres del grupo traían en sus enormes carteras. Lo demás era bailar y tomar en grandes proporciones, mientras conversábamos en forma delirante de todos los temas, como pasa cuando uno está prendido y la imaginación se enciende incontrolablemente.
Era un clima. Una sensación de plenitud que acompañaba nuestro vivir cotidiano. Una cercanía que nos permitía disfrutar el espacio del otro sin que alguna barrera ideológica nos separara. La Parroquia. Así llamábamos nuestro círculo fraterno. Los que la integrábamos constituíamos una cofradía sagrada. En sus dominios, nadie se consideraba con derechos por tener más dinero, defender una postura política o haber alcanzado un grado universitario. La amistad era una superestructura, y el que alcanzaba un mayor grado de desarrollo, era admirado y seguido por sus méritos, sin resentimiento.
Todavía hoy, cuando la vida nos permite reencontrarnos, el recuerdo de aquellos días en que compartíamos posturas y posesiones sin ninguna adversidad, nos da para reír y revivir de un modo insospechado una afectividad indisoluble, porque se forjó en la travesura y los pesares de la ilusión dorada, que es la juventud.
César Gedler
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Alí el gallero
Alí El Gallero.
El instinto de lucha y muerte es una propensión que vive en el hombre, y lo conduce desde el esfuerzo por la sobre vivencia, hasta las más crueles guerras que se hayan conocido. Sin embargo, hay una manera de sublimar la fuerza bruta, para convertirla en una técnica exterior e interior de defensa y ataque, que opera con base en la observación e imitación de los movimientos de algunos animales como la grulla, el mono o el tigre, y que muchas culturas desarrollaron hasta convertirla en un arte.
El kung fu, karate, o el teekwondo, por nombrar algunas, se desarrollaron en la China como una disciplina de auto desarrollo, cimentada en la respiración adecuada para el control del movimiento, y el aprovechamiento al máximo de la energía ying y yan. Posteriormente derivaron en un sistema de defensa personal para repeler la agresión. En esta misma línea encontramos al Samurai, o antigua casta guerrera del Japón, y a los gladiadores griegos y romanos, que alcanzaban los grados de su crecimiento en el equilibrio interior para vencer el desorden exterior, tanto en sí mismos como en los enemigos.
Pero no siempre es el hombre el sujeto de la acción, sino que en muchos casos, son los mismos animales que sirven de modelos guerreros, los que se entrenan para brindar el espectáculo de su agilidad y coraje en la pelea, y aquietar de este modo la compulsión humana al desafío y la derrota del contrario. Esa manera de drenar las emociones acumuladas, mediante la proyección de las propias fuerzas agresivas en la figura del animal que se bate en combate hasta la muerte, es un fenómeno que se desdibuja en la historia ancestral del ser humano. Uno de estos casos lo conforman los desafíos de gallos, que son entrenados por manos expertas para convertirlos en gladiadores del ruedo.
“Para ser gallero, aparte del amor por los animales, que es lo más importante, hay que ser una persona disciplinada. Muchos se preguntarán el por qué, si uno ama los animales los prepara para la lucha, pero eso es así. La naturaleza del gallo es la pelea, tal como el soldado se prepara para la guerra. Y el que juega gallo, también debe estar preparado para ganar no ganar, sin que eso lo lleve a volverse loco” Así se expresa Alí el gallero al comenzar una larga conversación sobre ese antiguo oficio que es la preparación de los gallos, para convertirlos en campeones del pico y la espuela. Su nombre de pila es Alí Navarro González, nacido en Caracas, un 20 de Julio del año 45. Un hombre comedido, discreto, y de palabra reflexiva, a quien todos aprecian en su comunidad por su condición amable y servicial.
“Por ser ordenado trabajé 25 años como diseñador en una compañía alemana, de gente seria y exigente. Entré como ayudante de limpieza, y como ellos vieron mi dedicación, me pasaron a una máquina cortadora; después al departamento de montaje, y luego como diseñador, hasta que finalmente fui supervisor de la imprenta hasta mi jubilación. Ya vivía acá en Los Teques, y la imprenta estaba en La Urbina. Comenzaba a trabajar a las 5 de la mañana, y como no tenía reloj, me despertaba cuando un vecino prendía la luz a las 4 en punto, y en un momentito estaba agarrando el autobús que llegaba hasta Petare y me dejaba cerca. Todo gracias a mi disciplina”
La tradición de las peleas de gallo nos llega de España con los primeros invasores colombinos. Por eso nos atrevemos a decir que Alí nació con la vocación en su sangre. Cuando apenas tenía cinco años, su padre lo llevaba a la cuerda de gallos que tenía por los lados de Prado de María, el recordado cochero Isidoro Cabreras, que cargó en su Victoria inglesa a la mayoría de los caraqueños de su época. Estar ahí para aquel niño, era superior a visitar el mejor parque, o una feria de juguetes, porque desde entonces sentía que aquél era su mundo. Le bastaba con mirar el plumaje de algún animal, su porte, su canto, y el ritual de entrenamiento, para saber cuál sería ganador. Su padre y el cochero se percataron de esta sabiduría instintiva de Alí, y le preguntaban su opinión cuando se trataba de jugar un gallo, con la misma confianza que se le otorga a un criador profesional.
El gallo es uno de los símbolos más universales y cargado de alegorías, al lado del águila, el león, o el pez. Se lo asocia con las veletas que antiguamente se colocaban en la cúpula de las iglesias como figura solar, para ilustrar el nacimiento del día, la resurrección, el llamado a la plegaria, y la negación de San Pedro, después de la última cena. También es referencia griega, por la alusión que hiciera Sócrates en el momento de su muerte, de ofrendarle a Asclepio, un gallo como pago por darle la mayor curación, que es la muerte. En la astrología china, determina el temperamento y carácter de la persona que nace en el año que rige este animal. En la India personifica la energía de Skanda, o luz divina. En los ritos funerarios de los antiguos germanos, el gallo se sacrifica a los muertos, para que se mantengan vigilantes del camino correcto en el más allá; en muchas religiones africanas la sangre derramada del gallo, protege a quien la ofrece, de los males y peligro de sus enemigos, y en la tradición cultural de casi todos los pueblos de la tierra, su mayor reconocimiento es ser símbolo de valentía, fertilidad, elegancia y alegría.
Por todo lo anterior podemos considerar que el oficio de gallero va mucho más lejos que la técnica de crianza y la observación de las cualidades de estas aves. En su esencia, el criador vive compenetrado con el mundo de los gallos. Se identifica con su lenguaje, lo personifica, le da nombre, siente sus emociones y sus reacciones y las respeta, se adecua a ellas, las canaliza, las educa en forma particular, siente en su carne cuando el animal ya no puede seguir peleando y lo rescata del ruedo, lo cura, le habla, y ya restablecido le pone al lado las mejores gallinas para que recupere su estima.
“Yo no sé cómo, pero mis gallos me comprenden y se dejan guiar por mi. Estoy con ellos desde las 4 de la mañana hasta caer la tarde, y entre nosotros no hay secretos. Ellos saben si les voy a dar comida o si los voy a bañar, En una pelea, un gallino que crié estaba perdiendo, pero yo sabía que estaba aturdido y necesitaba tiempo. En una de esas, cuando el sambo contrario se le vino encima, yo le dije: “ahora si. Acábalo”, y el gallino lo remato de dos espuelazos, cuando todo el mundo lo daba por perdido”
Alí conoce la influencia de la Luna sobre los gallos. Lo primero que advierte es que se deben jugar en la misma fase lunar en que nacieron. Después nos informa que los sambos y Camagüey se deben pelear en cuarto menguante, así como los negros y giros en Luna creciente. Las cirugías y curas hay que hacerlas en menguante para que no se desangren, y las mejores crías se cogen en Luna llena. Finalmente sentencia: “en lo posible, hay que evitar que los gallos peleen en Luna nueva, porque en esa época los brujos preparan sus gallos con azufre”
A la pregunta de cuál es el gallo que más recuerda, nos responde sin titubeos: “El gallo de la Pasión”
César Gedler
La Casita de Dandry
La Casita
Hay algo metafísico en esta frontera que me habla desde sus tardes verde mate. Me siento ligado a sus formas de un modo intenso y ligero a un solo tiempo. Sobre todo en la casita de Dandry y Rossana, dos amigos de siempre, que acompañan mi travesía por estas lomas donde todo me llega como si mirara por primera vez. Desde la casita contemplo los amaneceres entumecidos, en contraste con las tardes encendidas por un sol iracundo antes de perderse en el vacío de la noche, y nos amparan de aquellos mediodías inclementes que colman las ciudades de una irritante agitación.
La casa es el alma, y el alma es todo el sentimiento que nos une a la tierra a través del afecto. Así lo siento y lo sufro, al revivir alguna existencia en la que padecí la orfandad por castigo. Nunca lo revelo, pero las casas tienen más alma y espíritu que la mayoría de los hombres, y su paz profunda solamente se la entrega a los que la merecen, como pasa con esta cabaña de las alturas.
Soy testigo de su formación en las montañas de Toituna. La vi nacer y crecer en un grado de inspiración superior, por la intensidad de su sueño. Ya hoy está madura para ofrecer el resguardo que tiene para dar. Así lo sintió nuestro amigo, el Dr. J.J. Villamizar Molina, cuando nos hablaba sobre la prehistoria del lugar. José Ernesto Becerra aprobaba satisfecho, mientras una brisa cálida levantaba las cortinas en señal de confirmación.
Vengo desde lejos buscando la redención de mi alma extraviada. Aquí está la mujer con quien estoy unido, la que llorará mi muerte, cuando ya no tenga sombra ni voz. Viajo toda una noche mirando las constelaciones silenciosas y lejanas para reír por un tiempo fugaz, sin que los verdugos estrangulen mis sueños.
Digo yo que la casita se parece al alma, porque en ella nuestras memorias recuperan su sonrisa, y se expresan sin miedo en un mundo que hace bien al darnos la espalda por saludo. Tiene la sencillez de las aldeas campesinas, y el confort de las ciudades eternas. Siento su tristeza por las tardes de soledad a la que está condenada en su inocencia; su pesar por las noches sin embriaguez, ni el sonido del fado que suscita los versos llorosos, o las cicatrices de un viejo mueble donde todos se quieren sentar.
Nunca le digo que vengo de paso, para no quebrantar su alegría. Yo sé bien que fue hecha por algunos duendes, para ocultar la vejez de un aventurero que presiente su final, o para resumir el relato de quien quiere decirlo todo. Ella espera paciente esas presencias. Conoce la naturaleza de su esencia, y comprende que su momento no ha llegado.
Anoche, y en esta mañana, sentí la comunión entre su serena figura y la estirpe a la que pertenezco. Por un momento descubrí el lugar de los lugares, y pude estar en todas partes al mismo tiempo, sin que nada me faltara.
Ya me voy. Todo en mi se estremece con ella, y sé de sobra que en su discreta intimidad, también me ama.
César Gedler
Albert Camus, a 50 años de su muerte
Albert Camus, a 50 años de su muerte
“En un cementerio de Argel, un hombre solitario se sienta sobre la tumba de su madre y comienza a llorar inconsolablemente… Ese hombre era Albert Camus”. Poco más o menos, el poeta Mafud Masis comenzaba el programa que mantenía en aquella añorada y respetable Radio Nacional de Venezuela de los años 70 con estas palabras. Media hora dedicada a la memoria del escritor franco argelino fue suficiente para que inmediatamente buscara en la biblioteca Cecilio Acosta de Los Teques, todo lo que tuvieran sobre el premio Nóbel del año 57 y devorar sus textos con la intensidad de la codicia.
Esa experiencia fue definitoria en lo que vanidosamente pudiera llamar mi modo literario. Al conocer a Hernando Track, que era tan camusiano como puede serlo alguien que sufrió el absurdo hasta la muerte, sentí que aquel estilo me correspondía por temperamento y destino. Ya simpatizaba con la narrativa de Sartre y Beauvoir, pero ninguno de los dos tenía esa fuerza lírica tan mediterránea como Camus, que se acercaba sin ningún esfuerzo a lo que yo andaba buscando: “Los ruidos del campo llegaban hasta mí. Olores de noche, de tierra y de sal refrescaban mis sienes. La maravillosa paz de ese verano adormecido entraba en mi como una marea”, nos dice al final de El Extranjero, su novela más conocida. Hay que tener sentido de la belleza y un dominio particular de las palabras para resumir en algunas frases entrelazadas, el contrapunto de naturaleza y hombre, sin más detalles que el juego de sensaciones que experimentaba aquel condenado a muerte tirado en su cama, sin esperar nada ni a nadie, sino entregado a la embriaguez del oído y el olfato.
Camus nació el 7 de noviembre de 1913 en Mondovi, (actual Drean) una ciudad argelina que para entonces era colonia francesa. Hijo de padre alsaciano que muere cuando Albert cuenta apenas 10 meses de nacido, y madre descendiente de españoles que se desempeñaba en oficios domésticos en casa de ricos franceses, Camus nunca se sintió ni francés ni argelino, ya que su mentalidad encontró en Europa su lenguaje, pero su sensibilidad no se desligó del paisaje mediterráneo de Argel, aun con toda su miseria. Su doble condición le enseñaría muy pronto que en este mundo sobra la injusticia, y que el papel del hombre está en sobrepasarla a través de la solidaridad con los demás hombres. Como lo advierte en La Peste, la novela que ilustra la metáfora de la opresión, “para testimoniar a favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha, y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”
Camus expresa su postura filosófica a través de la novela y el teatro como recurso. La Caída; La Peste; El extranjero, son algunas de sus obras literarias que se complementan con ensayos de orden teóricos, El Mito de Sísifo, El Hombre rebelde, Estado de sitio, para ilustrar una visión del mundo a la que él llama absurdo, por comportar una contradicción casi nunca reparable entre las apetencias de los hombres y la indiferencia de la naturaleza, que permite la enfermedad y la muerte; las ansias de plenitud y amor que mueve al hombre hasta el sacrificio, y la presencia del mal, que se opone a su sueño mediante todas las formas del egoísmo.
El mérito del hombre, según Camus, está en enfrentar este absurdo por mediación de una conciencia lúcida que reconozca en la unificación con el resto de los hombres el único esfuerzo que le es dado oponerle a la adversidad: “En su mayor esfuerzo, el hombre no puede proponerse más que disminuir aritméticamente el dolor del mundo”, una expresión que se complementa con esta otra, que le sirve de causa eficiente: “nuestra desgracia es que estamos en la época de las ideologías totalitarias, es decir, tan seguras de ellas mismas, de sus razones imbéciles o de sus verdades estrechas, que no admiten otra salvación para el mundo que su propia dominación. Y querer dominar a alguien o algo, es ambicionar la esterilidad, el silencio o la muerte de ese alguien” Como intelectual y como escritor, Camus optó siempre por la justicia, contra todas las formas del totalitarismo, de izquierda o de derecha. “El escritor no puede estar al servicio de los que hacen la historia. Está al servicio de los que la sufren”, nos advertía al recibir el premio en a Academia sueca.
El reconocimiento visceral de este sin sentido en que vivimos, es el comienzo lúcido que vamos tomando frente a lo quimérico de las ilusiones que hasta ahora nos alimentaban. Es necesario admitir el absurdo como el estado natural en que habitamos. Todo esto nos acerca a la triple ascendencia que proclamaba Zaratustra: recibimos el absurdo al igual que el camello que se inclina esperando la carga; de su reconocimiento nace el León, que instaura su rebelión y aspira al dominio pleno, para finalmente surgir el Niño, a través de la solidaridad hacia los hombres, la inocencia de un alma sin opresión y el desinterés por otra cosa que no sea su mundo. Así lo expresa en el Discurso de Suecia, “que aclara con seriedad penetrante los problemas planteados en nuestros días a las conciencias humanas”, según el veredicto de la Academia, en el que Camus le señala una misión a nuestra generación desorientada en su fe: "Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan las revoluciones decadentes, las técnicas que se han hecho demenciales, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en las que poderes mediocres puedan hoy destruir todo, pero ya no saben convencer; en las que la inteligencia se ha rebajado hasta hacerse servidora del odio y de la opresión; esta generación ha tenido que restaurar en sí misma, a partir de sus únicas negaciones un poco de lo que constituye la dignidad del vivir y del morir".
Una tarde del 4 de enero de 1960, después de comprar el boleto de regreso a la capital francesa, recibió una llamada de su amigo Michel Gallimart para regresar juntos a Paris desde Lyon en su automóvil, un Facel Vèga, que recién estaba estrenando. Ya casi llegando, le estalló un caucho al carro y se estrellaron contra un árbol a una velocidad de 150 km /hra. Su muerte fue inmediata. Sólo sobrevivió el manuscrito de su más reciente novela, El Primer hombre, en la que describe de modo increíblemente sentida su infancia y juventud, la mirada de la madre, sentada en el balcón al regresar del trabajo, los recuerdos de su maestro y mentor Louis Germain, quien creyó en el potencial intelectual del discípulo y lo ayudó para que no abandonara la escuela.
Hoy, a 50 años de su muerte, me parece justo que sean trasladados sus restos, como quiere el presidente de Francia, Nicolás Sarkozi, al Panteón Nacional, como un reconocimiento de su inmensa batalla contra el absurdo, y a favor del humanismo. Es una forma justa de recordar a un justo, el único intelectual que elevó su voz de protesta, junto con Kart Jaspe, en el momento en que Estados Unidos dejó caer la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki.
César Gedler
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La Maestra Sara
La Maestra Sara
Yo veía que un compañero de estudios en el segundo grado tenía muy buena letra y le pregunté cómo hacía para escribir así, entonces me respondió sorprendido que sería el lápiz con que escribía, porque él no hacía nada para que la letra le saliera derechita. La respuesta me convenció y en una clase donde había que entregar un dictado, se lo pedí prestado y le di el mío. El resultado fue catastrófico para mí, porque no sólo me salió la letra torcida igual que siempre, sino que al afincar el lápiz a ver si era por eso, se lo quebré y tuve que comprarle uno nuevo antes que me denunciara con la maestra y me castigara toda una mañana, parado en un rincón.
Eso fue en una escuela unitaria que ni nombre tenía, sino un número que poníamos en el cuaderno después de la fecha del día. Estaba ubicada en la calle Miquilén, donde ahora está un hotel que por un tiempo no heredó nada de aquellas lecciones que nos dictaba la maestra Sara de Belgrave, una llanera de temple que tuvo 15 hijos, más los que asumió como de ella, entre los cuales me cuento.
La escuelita era muy curiosa. El salón de clase con sus pupitres, quedaban en la sala de su casa, y en una zona cercana al comedor, había un patio donde una maestra oriental llamada Felipa Rondón, nos cuidaba a la hora del recreo y nos dejaba hacer toda la bulla que nos prohibían en el salón.
Como era mi maestra, tenía un cierto deber de estar cerca cuando ella visitaba a mi mamá, que era su comadre, y por eso me enteraba sin que me importara casi nada, de los pormenores que pasaban en otras escuelas que se anegaban cuando decía a llover, o de la falta de patios para que los muchachos jugaran en el recreo, porque las clases se daban en el mismo lugar en que funcionaban las casas de citas en las noches, por los lados de la lecharía Polar y la línea del tren, saliendo de Los Teques, que la gente llamaba zona de tolerancia, sin que me imaginara ni remotamente el significado que podía tener ese nombre en mi mundo de carritos y trompos.
Yo tendría unos siete años cuando el incidente con el condiscípulo, y ya sabía leer, escribir con algo de ortografía y repetir las dos primeras tablas, porque mi mamá siendo maestra nos enseñaba desde que mudábamos los primeros dientes a competir con los números y a deletrear algunos cuentos de los muchos que había en la casa, de manera que llegué directo al segundo grado a recorrer cinco escuelas durante más de siete años, para sacar mi primaria y hacerme sargento técnico, según el parecer de un vecino militar que me veía con estima y le parecía lo más apropiado para un muchacho que prefería jubilarse y coger a bañarse en todas las pozas, a sentarse frente a un cuaderno para cumplir con las tareas, pero mi destino estaba lejos de la milicia, y así lo comprendió mi mamá al ver que devoraba cuanto libros se me atravesaba.
La maestra Sara tenía la voz ronca de tanto fumar, y eso le daba un aspecto de autoridad que contrastaba con su sonrisa y sus modos amables en el trato con los demás. Yo recuerdo que nos enseñaba a través de preguntas que nos ponían a pensar y a decir lo que uno creía que eran las cosas, sin que a ella le hicieran reír los disparates que algunas veces decíamos, como pasaba sobre todo con un compañero que se llamaba Groendura, que nunca se aprendió ni las estrofas del himno, sino que decía “el yú golanzó” aunque ella nos repitiera que era el yugo, y nos explicara su significado.
A mi me hubiera gustado seguir estudiando con ella, porque casi nunca me castigaba, sino que se hacía la loca cuando me cazaba viendo hacia la calle, o tirando papelitos llenos de tiza a los demás, pero también porque ella sabía contar historias al modo llanero, que inventan los pormenores y uno creía que había estado ahí, entonces se entusiasmaba con el cuento y soñaba despierto, con aquellos personajes llenos de sangre que solamente peleaban con una lanza en la mano.
En esos días llegó la televisión a Los Teques, y la gente se aglomeraba a ver las películas en una tienda que se llamaba Admirar, que pusieron casi al frente de la escuela y que mantenía varios televisores prendidos todo el tiempo para que los mirones se entusiasmaran y compraran uno para la casa, como hizo mi papá, a quien le gustaba sentarse con nosotros a ver programas hasta tarde, sin importar que la gente dijera que la televisión iba a dejar ciega a la gente, porque y que del televisor salían unos rayos que enfermaban la vista y el cerebro.
Hoy me digo que de haber seguido con ella habría madurado siguiendo su temple. Así pasa cuando absorbemos una influencia por mediación de alguien que la vida nos pone cerca para nuestra evolución, pero lo malo es que las escuelas unitarias solamente llegaban hasta segundo grado, y me tocaba estudiar tercero, sin sospechar que sería con una maestra andina, a la que tuve que padecer sin remedio, soportando callado los regaños, porque en ese tiempo la culpa de todo la teníamos los muchachos, sin importar que entre ella y yo nunca hubiera entendimiento.
Después la maestra Belgrave se mudó por los lados de Quebrada de la Virgen, y la escuela desapareció como si nunca hubiera estado donde estuvo, pero ella seguía viniendo a la casa, y mamá se alegraba porque aquella mujer franca y sencilla sabía dar afecto y brindar la amistad que poca gente puede dar, porque la amistad es un asunto del alma, del nivel de ser, de condición humana, como dicen los que saben, y su naturaleza está en el dar. Así era ella.
Yo supe cuando se enfermó y la hospitalizaron para ver si la curaban de un enfisema que la ahogaba mientras tosía, porque lo primero que se preguntaban las demás maestras al encontrarse era por Sara, y comenzaban a decirse entre ellas lo bondadosa que era esa mujer, que siempre andaba preocupándose por los demás, y apenas sabía de alguien que andaba en apuros se le presentaba con una bolsa de comida o unas palabras de consuelo.
Para entonces yo era sólo un niño, y lo que oía no pasaba de parecerme algo grande y meritorio, que ya era bastante, pero al crecer la vida me enseñó a valorar a esas personas sustancialmente por lo que son, en su silenciosa misión hacia el prójimo, y en su coraje para afrontar las adversidades sin perder el humor y la gracia.
Un día de enero llegaron a la casa con la noticia de su muerte, y mamá lloró la pérdida de aquella amiga con quien construyó un significado humano, para mantenerse en el mundo de acuerdo al llamado del espíritu. Por primera vez supe que por los amigos muertos también se sufre, y sin saber la razón profunda, intuía que había pasado algo muy serio.
Lo que puedo asegurar es de que si estuviera viva seríamos amigos, y al visitarla nos demoraríamos sin esfuerzo en una larga conversa sobre los fantasmas del llano, o sobre la forma de cocinar los frijoles con cilantro y batata, que ella me enseñaría a preparar como lo aprendió en aquellos montes de donde vino.
César Gedler
www.cesargedler.com

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