El Dia de los muertos

Pa mi la vida es un sueño
y la muerte un despertar
Corrido mejicano

EL DÍA DE LOS MUERTOS

El culto a los antepasados es un tema recurrente y de honda significación que aparece en casi todas las culturas. Muchas de estas formaciones humanas buscaban la comunicación con los seres fallecidos a través de rituales y prácticas mágicas; otros en cambio, como los hebreos a partir de Samuel, proscribían estas prácticas y castigaban a los infractores que invocaban a los muertos.
Mientras los pueblos mantuvieron una relación viva con los ciclos cósmicos y estacionales, los ritos de fecundidad se establecían en primavera (tauro) y reservaban para el otoño (Escorpio) los de muerte y reencuentro espiritual con los antepasados y los protectores clánicos.
La fecha escogida para estas ceremonias coincidían con las del signo Escorpio, por guardar una íntima correspondencia con el significado que se le atribuye en occidente a este signo de las transformaciones, de la regeneración y de la muerte.
Plutón, el planeta que lo rige, es la versión romana del Hades griego, una divinidad cuyos dominios se extienden hacia el mundo del subsuelo, una metáfora del inconsciente personal y colectivo, de los instintos y de las pulsiones (sexo y agresión) que manejan los hilos de la conducta desde el transfondo animal humano. Como Señor de los Muertos, se relaciona con el arquetipo de los comienzos y los fines, de la muerte, del renacimiento y la reconstrucción, y nadie entra en su reino (lo inconsciente) a menos que él lo permita, como pasa con el sueño, los mitos, la creación artística, y los actos clarividentes.
En sentido simbólico, Scorpio y Plutón, su regente planetario, aspiran la reunificación, la unidad. Es el signo que tiene más ideogramas: la serpiente del edén; el aguijón escorpiónico (la sexualidad), el dragón, el águila y el ángel. Juan el evangelista le sirve de soporte en los frontispicios de las grandes catedrales. Su elemento es el agua profunda de los ríos por la intensidad, y su mineral es el plutonio, por su capacidad destructora.
Desde la antigüedad se le asigna a Plutón la activación de la fuerza Kundalini, es decir, de la corriente que serpentea desde el chacra muladhara, situado en la base de la columna, hasta el chacra sahasrara, en la coronilla, y que nos permite trascender las limitaciones de la conciencia habitual hacia campos más abiertos, hacia lo transpersonal, y de este modo alcanzar el equilibrio mente –cuerpo- espíritu, en una forma de percepción del mundo que unifica la llamada conciencia posible, la que nos hace saber que todo está unificado, que nada en el universo existe aisladamente.
En su orden regular, el Sol recorre la constelación del escorpión desde el 23 de octubre hasta el 21 de noviembre, el momento vespertino del año, en que la naturaleza se despoja del remanente de la última cosecha. Este período estacional equivale al ciclo menguante de la Luna, al momento de interiorización de la energía, tanto en la naturaleza como en el hombre. Es el tiempo de retorno al caos primordial, del descenso a las regiones neblinosas, al mundo de las sombras, en el que se vive la agonía (lucha) de lo que fue con lo que habrá de ser.
A partir del sincretismo entre cristianismo y estas manifestaciones paganas, la Iglesia impuso en la misma fecha, el 2 de noviembre, como el día de los Santos y de los Fieles Difuntos, para absorber de forma transcultural una tradición cosmogónica contraria al esquema de nacimiento y resurrección que establece el canon doctrinal, sin quebrantar el ritmo cosmológico que los pueblos venían celebrando secularmente.
En el Trópico caribe, este día nunca tuvo la relevancia que alcanzó en las tierras estacionales, donde la sensación de vida y muerte es más sentida por la llegada de la primavera y el invierno. Para nosotros, que vivimos en un verano permanente, la muerte es temida y rechazada en todas sus formas, como enemiga de la alegría y el placer. A lo sumo, en este día se visitan los cementerios y se ofrecen misas para el alivio de las penas de las ánimas penitentes, pero a excepción de algunas etnias como la cariña que celebran ese día el akatompo, un rito mortuorio, no se acostumbra ningún tipo de ceremonia colectiva que signifique algo fundamental en el sistema de creencias imperante.
Sin embargo, estas ceremonias de reencuentro, conservan algo de su aspecto primordial en algunos lugares, como Méjico, Chile o Brasil (día do finado) donde se mantienen vivas algunas costumbres relacionadas con la música, la comida y la bebida, en una impresionante similitud con las celebraciones de los tiempos anteriores por toda la comunidad, a través de cantos, plegarias, comidas y bebidas ofrecidas a los parientes difuntos. Asistidos por el chamán, la mayoría alcanzaba el trance por medio de bebidas y drogas alucinógenas que les permitía cruzar el umbral y encontrarse con sus muertos en otras dimensiones, quienes en ese momento son percibidos con la forma corporal que tenían en vida, para guiar y acompañar a sus descendientes por un tiempo permitido.
El reconocimiento de este ritmo solar y humano de nacimiento, plenitud, decadencia y muerte, se está recuperando en nuestros días por mediación de un pensamiento y una sensibilidad que aspiran a la unidad o integración entre las llamadas fuerzas internas y externas. Hoy, cuando el hombre de occidente está sintiendo la intervención del Sabio Interno, tiene sentido pensar de modo abierto la relación con nuestros antepasados, es decir, nuestras viejas voces, las voces atávicas, que nos advierten desde las sombras, la necesidad de respetar los ciclos y el equilibrio ecológico y humano, el despliegue rítmico de la Physis, en cada una de sus manifestaciones. De lo contrario, la fuerza plutoniana pudiera hacerse sentir de modo irracional, tanto en el poderío bélico como en la insurrección de las masas, en las acciones violentas de las aguas y la tierra, en la pérdida del equilibrio ordinario de la mente, en la ruptura de las defensas orgánicas, y en el don del acercamiento también.
Aunque el tema, al que creemos conocer y del que casi nada conocemos, en apariencia es del dominio de muchos, debemos advertir que la mayoría sólo tiene de él una referencia intelectual, sin ninguna experiencia trascendente que le permita un giro en su propia vida y la adopción de otras referencias.
Como ya estaba previsto en diversas profecías y sistemas de sabiduría iniciáticas -que el calendario Maya sitúa el 21 de diciembre del 2012-, la terminación o cierre de un gran ciclo que incluye al hombre, los planetas del Sistema Solar y la Vía Láctea, se está cumpliendo de manera sorprendente con todas sus consecuencias en el porvenir de la esperanza.
César Gedler
www.cesargedler.com

La Música en Miranda

La Música en Miranda
Podemos hablar del joropo central y de los tambores barloventeños, como de los dos agentes fundamentales de nuestras manifestaciones culturales de la región; del verdadero rostro musical de nuestras costas y valles, con todos los matices que la hacen posible, pero sabemos que tanto el joropo como la música de percusión, trascienden estas fronteras de lo regional por su papel de lenguaje espiritual y de testimonio de una historia que nos acerca, antes que separarnos, en esta tierra generosa, que ha sido precursora y testigo de una buena porción de los acontecimientos que nos anteceden en la formación de nuestro ser venezolano, y donde lo español y africano encuentran su herencia casi intacta, a través de su música, sus costumbres y sus creencias.
Al recorrer los espacios de su variada y compleja geografía física y espiritual, la impresión final es que debemos interiorizar un sentido y sentimiento de pertenencia singular, puesto que somos un universo que se resiste, por el ligamento con la tradición, a ser devorados por la fuerza impersonalizante de la globalización que actualmente invade, en nombre del “desarrollo” y del turismo desarrollista, una parte considerable de su suelo. Por mediación de nuestra música propiciamos el reencuentro, la revaloración de una sensibilidad que se creyó perdida en algunos momentos por la imposición transcultural, a través de los medios de comunicación.
El joropo de la región central de Venezuela constituye una de las manifestaciones folklóricas fundamentales en el horizonte de la tradición musical del país. Su origen se remonta al siglo XVII, cuando los misioneros trajeron el arpa de cuerdas metálicas, utilizado en principio para los oficios litúrgicos. En torno a las influencias que lo hicieron posible se nombra el fandango y la música barroca absorbida del clavecín.
En Venezuela esta manifestación artística se extiende por toda la región que ocupa el Ecosistema de la Costa Central o caribe, es decir, Aragua, Miranda, y el Distrito Metropolitano. Actualmente su influencia se ha extendido hasta el norte del estado Guárico y algunas zonas de Cojedes.
A diferencia del joropo llanero, que se instrumenta con arpa, cuatro, bajo, maracas y buche (canto), el joropo central se ejecuta tradicionalmente con arpa, maracas, y buche. Otra diferencia la encontramos en la estructura del arpa y el encordado. El arpa central tiene la caja más ancha que la llanera, y utiliza 36 cuerdas: 13 de metal, o tiples; 13 para segunda y tercera o tenoretes, y 10 bordones o bajos. Una última diferencia está en la forma de la ESE o diapasón donde van las clavijas.
Los ritmos que prevalecen son el pasaje y el golpe. El primero como una especie de suite o revuelta que incluye, cuando se toca completa, cinco movimientos consecutivos: pasaje, yaguazo o marisela, la guabina, y el rabo e mono. El golpe en cambio, es una variante rítmica más ligera que el pasaje, y por lo general se compone de canto compuesto de coplas con estribillos, y yaguazo.
El contenido tradicional de sus canciones se refiere a la cotidianidad en la mayoría de los casos: cualquier utensilio de trabajo o uso doméstico, bien sea el hacha, la totuma, o el pocillo; los animales caseros, en especial el burro, que acompañaba al campesino en su trabajo; algún elemento de la flora, como el Bucare o el Samán, aunque también se puede elevar a los temas eternos del alma humana, el amor o el desamor, la muerte, la amistad o la traición, entre otros de los que la integran, para expresar su ser y su sentir.
Desde el punto de vista literario, el que se refiere a las letras de sus cantos, se acopla en su contenido estructural al realismo fantástico, por la forma tragicómica como se encara la realidad, un dato muy cercano al universo indefinido de lo rural y lo urbano, que permite algunos vínculos con el mundo mágico, y la formación de un anecdotario de temas humorísticos, tan propio del temperamento de la región central venezolana.
El golpe de tambor es el signo de la presencia negra en Venezuela tiene su origen fundamental en la cultura Bantú, que abarca las regiones del sub Sahara, es decir, países como el Congo, Nigeria, y Benin (antiguo Dahomey), todos ubicados debajo del desierto de Sahara, y al este de África.
Fue la etnia Congo la que dejó más testimonios de su cultura, en este país. Los Congos impregnaron con su musicalidad ritos y costumbres. Toda la costa central, en especial Barlovento, conserva la mayor población de raíz africana, por haber sido exterminada casi en su totalidad la presencia indígena en esa zona, por la proximidad de Higuerote al puerto de Carenero, que funcionó como muelle de entrada en la trata de esclavos, y por la formación de Cumbes, o reductos de Negros Cimarrones, que permitió la conservación de las costumbres africanas por mucho más tiempo que en otros lugares.
En Barlovento el baile de tambor siempre va acompañado del canto, sin embargo, el instrumento protagónico sigue siendo el tambor. Una clave de su permanencia viva la determina su apego a los ciclos cósmicos, como el solsticio de verano y las entradas de agua, que se expresan en las fiestas de San Juan y San Pedro, en el mes de junio. En esas celebraciones de carácter colectivo profundo, los ejecutantes se transportan a lo más remoto y profundo de su condición ancestral. Por eso, eran siempre los más viejos del pueblo los que fabrican los tambores, para mantener la tradición de sus sonidos originarios, que significa su lenguaje primordial. Los tambores fueron siempre elaborados con troncos de árboles cortados en Luna menguante, y cuero de algunos animales sacrificados para el caso. También el prensado con guarales o cuerdas tenía su misterio, y hasta las baquetas o laures con que se percuten eran bendecidas antes de usarse en esas ceremonias grupales.
La nota fundamental que caracteriza la música de Barlovento es la percusión, a través de instrumentos como tambores, maracas, charrascas, quitiplás y laures. Actualmente nos encontramos con híbridos musicales surgidos de otras influencia culturales, en especial la caribe, en la letra de sus canciones y en la orquestación musical, por esta razón observamos diversas piezas integradas a los temas propios: las fulías, en las fiestas de Cruz de Mayo, frecuentemente en décimas; las guasas, o cantos profanos de tono jocoso, donde la intención es divertir a los presentes con sus ocurrencias; y las parrandas, o formas musicales decembrinas en contrapunto entre coro y solista, que se acompañan en las costas mirandinas con maracas, furruco, charrasca, tambor y cuatro. Hay otras expresiones de tipo mágico religioso, el mampulorio, que se da solamente en los velorios de angelitos, como canto de despedida del niño difunto, y el sambarambulé, o canto para matar la culebra, un ritual que incluye la voz y la danza en el mismo tema, para expulsar el “daño” o mal que se le ha echado a alguien.
César Gedler
www.cesargedler.com

Aquel 12 de Octubre

Cuando Colón y su tropa llegaron a lo que hoy es América Latina, había por lo menos veinte millones de habitantes y un número importante de formaciones culturales y desarrollos civilizatorios avanzados. Algunos contaban con sistemas explicativos del hombre y el universo como sólo pudieron hacerlo los pueblos más desarrollados de Asia o del mediterráneo. ¿Por qué entonces, un puñado de aventureros sometieron a más de tres imperios prehispánicos?
Una de las hipótesis que se maneja sugiere que esos imperios estaban en decadencia, intervenidos por rivalidades fraternas, y descomposiciones internas que en nada se parecía al esplendor de los tiempos dorados. Es seguro que si esos 90 hombres que venían en las carabelas hubieran llegado en los momentos de esplendor, ni siquiera tuviéramos noticias de aquel evento, y el encuentro inevitable hubiera tenido otro rostro.
Este encuentro desigual del europeo con el nativo de estas tierras modificó desde un comienzo la percepción de la vida y la existencia tanto de uno como del otro. Todo su universo en movimiento se vio intervenido. Se introdujo un nuevo concepto de la temporalidad, al imponerse el tiempo lineal del europeo sobre el tiempo cíclico del aborigen prehispánico, en el que la música, el colorido y la poesía eran formas de celebrar la transitoriedad de la existencia, sin desconocer la sobre vivencia del espíritu después de la muerte. También un nuevo concepto del espacio: las ciudades que encontró el invasor estaban edificadas de acuerdo a modelos zoomórficos, como el jaguar, el águila o la serpiente enroscada, y en ellas, o sobre ellas se construyó después, respondiendo a modelos de estratificación política y económica, ciudades donde la plaza, el templo, el cabildo y el cuartel conformaban el centro; las casas solariegas de los notables su alrededor inmediato, y haciendo periferia, los de menos poder y recursos.
Sin embargo, a pesar de las extrañas imposiciones que fueron padeciendo el Indio y el Negro, en la lengua y en la adoración de nuevos dioses, en el vestido al igual que en la comida, el trabajo y el divertimento, la visión primordial del oprimido con su mundo se mantuvo viva, aunque oculta, y desde su opresión fue ejerciendo suficiente resistencia para transformar, en un grado imperceptible pero decisivo, la mentalidad del opresor.
Las crónicas, tanto orales como escritas, desde Colón en adelante, nos muestran un mundo donde lo fabuloso, lo fantástico, lo mágico y lo imposible, constituían el lenguaje ordinario, cotidiano, veraz. Es por esto que en Europa, después de la aparición de las Crónicas de Indias, se perdió todo interés por la lectura de las novelas de caballería. El bestiario como la demonología y la flora tropical alcanzaron proporciones delirantes, para los que se inventaron términos que permitieran la comprensión, la comunicación aproximada, entre el relator y el lector, al describir esos paisajes tropicales que se inscriben en el orden de lo real maravilloso. En el lenguaje del conquistador no era posible, sin el recurso de lo febril, establecer una metáfora que expresara la magnitud de las montañas y los ríos, de las plantas carnívoras y los hombres sin cabeza, de los caminos infinitos sin entrada ni salida, o pantanos vivientes que atraían y devoraban a los hombres.
Igual sucede con el sistema de creencias que dominaba la mentalidad del indígena para entonces. El recibimiento que le dio el pueblo azteca a los invasores, por ejemplo, estaba sustentado en un mito viviente que sobrepasaba los siglos. Se trataba de un mito de retorno, extendido y aceptado por todos, según el cual, algún día volvería Quetzalcoalt a redimir a su pueblo, tal como lo prometiera un momento antes de convertirse en la estrella Vesper, que ilumina las tardes con su esplendor y su luz.
En su asombro y regocijo por la forma en que llegó el español “montado en una nube, en montañas movientes, sobre siervos que tenían cuatro patas y una gran cabeza”, no dudaron en aceptar que se trataba del dios esperado y adorado por todos. También los signos celestes anunciaron un cambio total por un cometa que atravesó los cielos en plena ceremonia sobre el lago sagrado; por el nacimiento de un hombre con dos cabezas, y por la aparición de una extraña ave con estrellas en los ojos.
Las consecuencias de estos presagios, y el error en la apreciación de los visitantes, fueron inmediatas. La respuesta que dieron los falsos dioses fue proporcional a su codicia y a su creencia en el derecho de posesión. Solamente en Cholula y Tlazcala, los españoles asesinaron y mutilaron con sus perros en forma traicionera, a más de 10.000 habitantes, y al caer Moctezuma, saquearon su oro, destruyeron la ciudad y sus templos, violaron a sus mujeres, y redujeron a los sobrevivientes a su servicio, para su manutención.
Después llegó el Negro esclavo con su carga de dolor y soledad por el desarraigo, por el maltrato y la negación en todos los sentidos de su condición humana, y un universo poblado con dioses y creencias que solamente tenía significado para ellos; otra culinaria, otras lenguas, y una estética en el color y sonido de naturaleza ancestral, que de forma disfrazada se fue haciendo un lugar, para sobrevivir, o no morir del todo, sin sus raíces ni sus sueños.
Pero también el blanco pagó con enfermedades, con el sacrificio de sus costumbres, con la nostalgia y muchas veces con la muerte, la codicia con la que alimentó su presencia en estas tierras. Muy pronto se hizo extraño para los suyos allá en el otro continente, y al final quedó como un exiliado al que solamente le quedaba la opción de abrirse camino a través de la violencia, en un mundo de hostilidades donde la fuerza y el miedo impuesto determinaban las reglas.
De toda esta amalgama, y de la fuerza que impone la avasallante naturaleza tropical con su colorido y magnitud, surge más adelante el Barroco americano, que muestra con sus formas rebuscadas y antagónicas, la presencia de esas tres etnias en sus distintos niveles de integración y complejidad. El lenguaje, los templos, la música, las costumbres y el concepto mismo de la vida, eran expresados -y aun se expresan- mediante ese crisol en el que no podían ocultarse ninguna de esas presencias, ninguna de esas historias, aunque siempre hayan llevado la factura de quien ha ejercido el poder.
Fue un tiempo de convulsión, de sangre, de furia, de violencia y de pasiones mezcladas. La gestación y el nacimiento de un nuevo mundo, de otro universo humano, que va más allá de la suma de tres etnias en desacuerdo. Lo que vino a darse finalmente fue la primera raza ecuménica, que lleva en su sangre la historia misma de la humanidad, porque su signo es la apertura, la disponibilidad, y el reconocimiento de todas las formas y contenidos del otro.


César Gedler
www.cesargedler.com

La fuerza del espíritu

La fuerza del espíritu
En una macilenta tarde del año 1816, mientras se multiplicaban las muertes en los campos de batalla donde se peleaba por la liberación de Venezuela del yugo español, una mujer de apenas 17 años, completamente sola, estaba pariendo una criatura en la penumbra de un calabozo oscuro y húmedo, abrasada por un calor sofocante que se intensificaba por la falta de ventilación, en el castillo Santa Rosa, de la isla de la Margarita.
En los primeros meses de prisión apenas contaba con una porción de agua y una sórdida comida para cada día, hasta que por la intercesión del capellán se logró que le trajeran alimentos de casa de sus familiares y le iluminaran el calabozo en las noches, pero aun así, la deshidratación y la mala nutrición en el embarazo determinaron la muerte prematura de la niña recién nacida.
Dos años antes, los realistas habían asesinado a su padre y a su hermano mayor en el mes de marzo, y en julio, ante la arremetida de Boves sobre Caracas, tuvo que salir con sus cuatro tías, su madre y el hermano menor en la llamada Emigración del 14, o Emigración a Oriente, de la que no sobrevivió ninguna de sus tías. Tres semanas de camino a pié, mal alimentados, con las lluvias, las plagas y las tropas de Morales encima, fueron venciendo a los más débiles, por lo que sólo alcanzaron a llegar algunos favorecidos y los dotados de coraje y fuerza física.
Era el final de la Segunda República…
Esta joven mujer había sido apresada en estado de gestación algunos meses antes, para presionar al General Juan Bautista Arismendi a canjear la libertad de su esposa por unos prisioneros del comando mayor del ejército enemigo. Tanto la prisionera como el General Arismendi eran decididamente patriotas, por eso a ella no le extrañó cuando supo la respuesta de su marido: “Dígale al jefe español que sin patria no quiero esposa”
Antes de caer la noche, la madre lloraba desconsolada la muerte de la niña recién nacida, pero ni esto, ni las amenazas de tortura que pesaban sobre ella, lograron quebrantar su determinación ni su fe inconmovible en el sentido de su lucha. ¡Esa mujer se llamaba Luisa Cáceres de Arismendi!
Luisa Cáceres nació en Caracas al finalizar el siglo XVIIl, el 25 de septiembre de 1799. Para ese momento, en la ciudad se respiraba un clima de intensa actividad intelectual y artística, expresado entre otras cosas en las tertulias político literarias y en la música académica, que mereció el título de “Milagro Musical Americano”, y suscitó tantos comentarios. El padre de Luisa, quien era maestro de gramática latina, supo inculcar en ella la pasión del conocimiento a través de los clásicos, y antes de su adolescencia ya era un ser adelantado, con una formación respetable, un criterio maduro de su dignidad en cuanto persona, un sentido de la libertad, y del coraje espiritual y físico, frente a las adversidades.
La referencia ejemplar que nos deja esta heroica mujer la podemos desglosar en varios significados, y el más hondo de ellos se relaciona con el coraje en cuanto actitud de vida, o de enfrentamiento existencial. Para Platón, como nos lo deja ver en el Laques, una de sus obras claves, la virtud más elevada que el hombre puede desarrollar es el Valor, entendido éste en términos de valentía, pero igualmente en su definición moral para enaltecer lo que merece respeto incondicional, sea la libertad, la verdad, la lealtad u otro atributo semejante. Igualmente para Heidegger, y para Paul Tilich, el Valor, comprendido como la capacidad de enfrentar la angustia y el vacío existencial que constela a todo ser humano que se relaciona con la vida desde la conciencia, es la más humana de sus virtudes, porque no es posible asimilar el reto de la libertad o la verdad si no se tiene consigo la actitud del valor o coraje, es decir, una auténtica dimensión de ser.
La condición particular de Luisa Cáceres con su padre, no sólo ilustra el afecto equilibrado y definido entre ellos, sino un ejemplo de continuidad en el orden de los temas fundamentales, relacionados con su realización personal en la propia tradición, y el respeto de las manifestaciones culturales universales, pero también la consagración de la vida a un ideal superior, un tema impuesto por la influencia romántica, en su sentido filosófico, que se expresa en la búsqueda de la trascendencia como sentido otorgado a la misma existencia.
Es necesario retomar la comprensión de la sensibilidad romántica en nuestra formación cultural, para valorar justamente el esfuerzo que debieron hacer los antepasados en la conquista de muchos derechos que hoy disfrutamos, sin recordar que estos derechos tienen un antecedente de sangre, dolor, esperanza y esfuerzo en sus espaldas, y que tenemos una deuda con aquellos mártires, como es el caso de Luisa Cáceres de Arismendi.
Luisa Cáceres nació para vencer la adversidad. Pertenece a esa legión pro homini que surgió inexplicablemente a principio del siglo XIX en un mismo tiempo, lugar y propósito: Miranda, Bello, Rodríguez, Bolívar, Sucre, y otros tantos que convirtieron a Venezuela en referencia obligada, al darle a nuestra historia una proyección ecuménica, una orientación prospectiva, y en su momento, una capacidad de diálogo con el resto del mundo.
Luisa Cáceres de Arismendi habría de sobrevivir cincuenta años a aquellos momentos en que creyó terminada su vida. Dos meses más tarde es trasladada a Caracas como prisionera en el convento de la Inmaculada Concepción, donde prevaleció la idea de aislarla de todo contacto familiar o amistoso, pero su conciencia lúcida se mantuvo siempre apegada a sus convicciones de libertad, de independencia, de individualidad republicana. Del convento es trasladada a España en el buque “El Pópulo”, junto a otros patriotas reconocidos, pero afortunadamente fueron asaltados por un barco corsario que liberó a los prisioneros en las islas Azores y de ahí llevada a Cádiz, de donde logra escaparse en 1817 rumbo a Filadelfia, hasta que su marido se impone en La Margarita, y ella regresa para ser recibida con Honores de Guerra.
Unos años después regresa a la recordada Caracas de calles empedradas, en la que vivió hasta su muerte, en 1866, a los 67 años de edad, sin necesitar ni reclamar más honores ni privilegios que los otorgados por su propia historia.
De esta mujer nacida aquel 25 de septiembre, se puede decir, junto a otros prohombres que trascendieron su horizonte al comprometer su vida por la independencia del país, aquello que José Enrique Rodó dijo de Bolívar: “Grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en la gloria, y grande en el infortunio”
César Gedler www.cesargedler.com

Larry Hasma viendo pasar El Tren...

Date: Thu, 13 Aug 2009 05:43:24 +1930
Subject: Re:
From: octaviorusso@gmail.com
To: harryshasma@hotmail.com

Comentario al texto del Lic. Harry’s Hasma. Tú has sembrado el aporte que te corresponde como tributo a la vida.

El 12 de agosto de 2009 16:52, harrys hasma escribió:

Don Cesar Gedler.

TREN SIN RETORNO:


Este libro simplemente llama a la comunión espiritual, al reencuentro con todos los amigos, a la búsqueda incesante, hasta fanática, de todos los conocidos desde los primeros días de lucidez. Quién no quisiera reunirse con todos ellos en algún barcito cubano, con buenos rones y tabacos de la antigua isla y recordar los buenos viejos tiempos… Pero como explica el Dr. Cesar, esos tiempos parece que expiraron. Expiraron junto a la tranquilidad, y los árboles de Los Teques. Los Teques que consecuentemente ha llegado a todas nuestras almas como la creencia en Dios, ha cambiado sus perfumadas brisas por los viciados olores de la destrucción, de nuestros recuerdos y de los caserones más emblemáticos y llamativos.

Lic. Harry’s Hasma