La misión de “Josefita”



La misión de “Josefita”

En un mundo en el que muchos apuestan por el odio y la violencia como método de sometimiento y dominación, resulta extraño y paradójico encontrar seres dispuestos a darlo todo por el bienestar del prójimo, como si para ellos el amor, en su expresión mas elevada, se alimentara no tanto de lo que reciben, sino de lo que dan.
Me refiero a Josefina Flores de Escalona, “Josefita”, una mujer de 72 años, venida del Táchira, y residenciada en Los Teques desde su juventud, que sin ningún alarde ni publicidad, entrega sus días, su fuerza, su esperanza y su afecto a una labor social que poca gente estaría dispuesta a emprender, por la naturaleza misma de su actividad, y porque no recibe ni ha recibido, en los 10 años que lleva en ese apostolado, ningún pago monetario, ni dádiva alguna.
Todo comenzó con un encuentro metafísico que transformo su vida. Nada presagiaba en ella que asumiría un apostolado que sobrepasara todos sus cálculos en el orden del servicio, pero así fue. Después de experimentar un encuentro interior con la divinidad, se desarrolló en ella una disposición franciscana hacia los seres más desasistidos y repudiados, los condenados de la tierra, para valernos de la expresión de Franz Fanon, que fue creciendo sin tregua, hasta convertirse en su misión de vida, como lo entendieron la Madre Teresa de Calcuta, o la Madre María de san José.
Para “Josefita” no hay distinción. Igual puede tratarse de un mendigo, de un delincuente, de una prostituta o de un enfermo mental, y a todos los acepta con el mismo ánimo, con la misma entrega y devoción a la hora de bañarlos, vestirlo, alimentarlos o escucharle sus penas, porque todos, para ella, son hijos de Dios, y esa es la única condición cuando se trata de atenderlos en El Comedor de la Iglesia,  un pequeño local remodelado con muy buen gusto por el Metro de Los Teques, ubicado en lo que fue algún día el Mercado Principal, posteriormente el Cuerpo de Bomberos, y después la Zona Nro 1 de la Policía Estadal.
Lo particular en todo esto, es que El Comedor de la Iglesia se abastece solamente de los donativos que algunas personas le ofrecen a la comunidad eclesiástica, y la ayuda que le brindan a “Josefita” su hijo Luis Escalona, y su nuera Rafaela Sánchez de Escalona. El Comedor fue creado por el párroco Luis Igartua, “El padre Luis”, encargado de la Iglesia El Carmen hasta su muerte, y que dejó obras como la Carpintería y el Ancianato de Guaremal; La Clínica de la parroquia El Carmen, algunas capillas en barrios y caseríos, y algunas otras obras de servicio social.
Un día que el sacerdote preguntó desde el púlpito si alguien estaría dispuesto a cuidar a San Onofre, un mendigo al que llamaban de ese modo por el parecido físico con el monje eremita, la primera en levantar la mano fue “Josefita”. A San Onofre lo había atropellado un carro y tenía una pierna a punto de gangrena, por lo cual necesitaba asistencia completa.
Cuando la familia de la samaritana, llena de sorpresa y confusión le preguntó por qué había hecho aquello, ella sin más le respondió que era una obra que El Señor le pedía, y ante ese argumento todos callaron, convencidos del carácter irrevocable de su madre.
Por esos mismos días al rezar el rosario, El Señor le habló otra vez para pedirle que hiciera una gran comida y alimentara a todos los mendigos que frecuentaban la plaza frente a la Iglesia. “Josefita” siguió las instrucciones y al ver la alegría de aquella gente, conversó con el párroco para repetir la experiencia, pero el Padre Luis fue más allá, y enseguida dispuso uno de los locales donde guardaban las imágenes de los santos, para convertirlo en el Comedor de los desamparados.
No ha faltado, desde luego, quienes discutan la validez de esta acción, de esta forma -llevada hasta los límites- de la caridad cristiana, pero el alma de esta mujer no está hecha para elaborar argumentos, sino para la fe, y para la acción que deriva de esta fe. Así fue cuando visitaba a los presos en compañía de las Mercedarias, y así ha sido para responder a cualquiera solicitud de ayuda, y para enfrentar las adversidades que surgen de una tarea tan difícil, como lo es lidiar con personas que desconocen y transgreden las reglas del juego, y al mismo tiempo demandan atención.  ¡Esa es su prueba de resistencia!

Mientras tanto en cada mediodía, sin importar que la lluvia lo moje todo, o que el calor sofocante reseque las hojas de los árboles, los comensales seguirán llegando al Comedor de la Iglesia, confiados en que ahí está su alimento, y también “Josefita”, con el corazón abierto para ellos.   
César Gedler

El entierro de Alejo.



El entierro de Alejo.


Un día supo que Alejo había muerto. Era la primera vez que escuchaba hablar de un muerto, por eso esperó en la bodega de la calle Real a que pasara el entierro después de mediodía, sin saber qué vería en todo aquello, ni como era la muerte, ni por qué los hombres se saludaban diciéndose “Nos dejó el Alejo” o para donde iba la señora mayor que repetía que también ella se iría pronto a descansar, como el Alejo.

Por fin se asomaron los hombres con pasitos cortos, cargando un cajón negro y largo, donde se decía que venía el Alejo. Nadie faltó a aquel entierro, a pesar del calor y del polvo que levantaban los cargadores cuando arrastraban los pies, como si le pesara mucho el muerto, o no lo quisieran enterrar todavía.

Todos caminaban en silencio. Unos adelante, como abriéndole paso al difunto, otros renqueando con la urna en el hombro, y otros más atrás, con su cinta de luto en el brazo con que agarraban el sombrero; pero ninguno divirtiéndose, como pasaba con Alejo cuando le hacían maldades para reírse. También las mujeres vestidas de negro rezaban acontecidas las plegarias del perdón, y el Comisario del lugar, frente a la urna, dirigía el entierro y se secaba la frente con un pañuelo amarillo que le colgaba del bolsillo, pero más atrás lo que quedaba era la calle solitaria, como si nunca hubiera sido un camino.

Marcelino nunca se preguntó donde dormía, ni en que parte se bañaba, o quién lavaba su ropa, pero siempre lo veía bien arreglado en La Providencia, la bodega de don Miguel, con su franela blanca, sus pantalones de dril, sus alpargatas y un sombrero viejo que había perdido la forma de otros sombreros.

Solamente sabía que lo llamaban Alejo. Un hombre sin edad, que levantaba un saco de maíz sin que le temblaran las piernas, y que no bebía aguardiente ni mascaba chimó cuando alguien cumplía años o cuando venía el Niño Jesús, sino que comía caramelos de todo tipo, de los que guardaba en cada bolsillo.



Así lo recordaba, con la mirada limpia de los pájaros, y su costumbre de repetir con un tono cantadito lo que se le indicaba, quizás para no olvidarse, y traer el mandado como se debía cuando le pedían favores, como ir a la botica a buscar un remedio que hacía falta, ayudar en la limpieza de un solar detrás de la casa, o regar las matas que se secaban solas en los días de verano. Alejo era así,  con su sonrisa complaciente, aceptaba sin rezongo el oficio que fuera, quizás por ser lo único que sabía hacer en esta vida.

Pero después de aquel entierro ya no estaba Alejo para hacer los mandados, ni para regar las matas en verano, ni para sonreír cuando lo llamaban por su nombre.  Con el tiempo casi nadie lo recordaba, pero en el alma del amigo que acompañó el cortejo al lado de su perro, la sonrisa de Alejo se le quedó guardada no sabía en que parte, hasta que él mismo se le vino en un sueño, y le confesó que no tenía paltó ni cobija, y que eso le pasaba porque había muerto sin un retrato.  

…Cuando ya estuvo terminado el “Entierro de Alejo”, Marcelino sintió que un suspiro como de dolor le sacaba del recuerdo las lágrimas que le debía, y sin saber por qué sintió el sabor de los caramelos que Alejo sacaba de su bolsillo.

César Gedler


80 años de maestra Elena



 80 años de maestra Elena

Su niñez la resume como recuerdo en el delirio de recoger mariscos, cuando la lluvia y los ríos que desembocaban en el mar, formaban unas inmensas mareas que arrojaban a las playas y acantilados, cantidades de camarones tan rojos y brillantes como los corales.
Nos referimos a Elena Guerra, la maestra Elena, quien nació el 2 de noviembre de 1933 en el pueblo de Carúpano, frente al intenso mar que se abre al atlántico.  Al llegar a Los Teques para seguir estudios de normalista, su más honda impresión fue aquella neblina blanca y espesa que se apoderaba de las tardes, obligando a los hombres y mujeres de esos días, a cubrirse con sombreros y unas capas de paño, que le llegaban más abajo de la rodilla.
“En las tardecitas, despachábamos a los muchachos de la escuela y nos veníamos caminando las maestras por la línea del tren. Entonces veíamos como se encendían los bombillos rojos de algunas casas, anunciando que ya las mujeres estaban preparadas en su oficio, para atender a los hombres”, nos comenta evocativa la maestra Elena, repasando  aquellos días “cuando la palabra empeñada era un signo de honor, de integridad, y su incumplimiento una vergüenza”
La conocí por mediación de mi madre, Mercedes Lozada de Gedler, y por mi tía Thelma Lozada de Izarra, pertenecientes las dos a la legión de pioneras de la educación en la región de Guaicaipuro, cuando las maestras enseñaban a leer y escribir, pero también se esmeraban en la higiene, y formación ciudadana del niño: le sacaban los piojos y le cortaban las uñas, le procuraban vestimenta a través del Ropero Escolar, le enseñaban el trato cortés y respetuoso hacia los mayores, y lo que seguramente les quedaría impreso de por vida, que el saber nos confiere una segunda naturaleza.
Fue cofundadora,  de la que hoy es la escuela Cecilio Acosta, grupo escolar La Macarena, escuela Higuerote, convertida después en Simón Barreto Ramos, en La Matica, y de la escuela Guarenas, en el Rincón. Y al decir fundadora hablo de hacer el censo para atraer los alumnos; buscar los pupitres en colaboración, pintar los pizarrones en la pared, y hasta quitar las goteras. “Todo eso lo hacíamos las maestras sin que nos pagaran ni medio más”
La señora Elena heredó el porte de las mantuanas carupaneras descendientes de los corsos. Alta, de tez blanca y ojos claros, correcta dicción, un caminar lento y firme y la mirada penetrante de quien sabe escuchar. Sin embargo, su temperamento profundamente humano, nos advierte sobre la presencia de alguien que ha sabido soportar los padecimientos que impone la vida -que en su caso los ha tenido de sobra- con entereza estoica, sin el mal gusto de la queja permanente, quizás en correspondencia con aquella expresión española, tan inculcada en los hogares de ayer: nobleza obliga.
Durante toda mi vida me ha gustado la lectura. Disfruto leyendo a los grandes escritores, la vida de los santos, y sobre todo la Biblia. Es una costumbre que me viene del hogar, pero también de mi oficio de maestra”
Cuenta con una poderosa intuición, un don que le permite adentrarse en las dimensiones transpersonales, o lo que es lo mismo, en las percepciones que sobrepasan la conciencia ordinaria. Algo en ella se eleva o se extiende hasta descubrir lo que para la gente común está oculto, o es imperceptible. Es un carisma que la asiste desde niña, y de lo cual nunca ha querido hacer diferencia ni sacar ventaja, sino que lo experimenta en la intimidad, en su fervor religioso, en su sentido del bien y la justicia del cielo y la tierra.
“Por eso entré en la Renovación Carismática. Para mi la oración tiene un sentido muy profundo. Lo que me ocurre cuando estoy en oración no lo puedo explicar. Siento que me voy, que me pierdo en algo muy grande, como si el Espíritu Santo me abriera las puertas”.


César Gedler



A la gente de Los Teques, empezó a dolerle la ciudad.




 Ronald Peñaranda:
¿Has escrito 2 libros y un número importante de artículos sobre Los Teques.  Como resumirías la situación de esta ciudad actualmente?

César Gedler
La pérdida de la memoria histórico cultural de los pueblos, es un hecho tan grave como la pérdida de la memoria individual. Y cuando hablo de la memoria me refiero a algo mayor que lo puramente recordable, en el imaginario de la nostalgia. Nuestro inconsciente colectivo se mueve con la fuerza de las grandes hazañas vividas, de nuestros héroes civiles y militares, de los personajes reverenciados por nuestros ancestros, y sobre todo por ese intento permanente del alma de querer encontrar su lugar, en un mundo que desprecia lo humano del hombre, y reverencia el tener y el poder.  

Ronald Peñaranda
¿Que hacer entonces, cual es tu propuesta frente a esta ciudad sin memoria?

César Gedler
Hay que construir una teoría de la ciudad. ¿Qué somos? ¿Una ciudad, un pueblo, una aldea, una extensión de caracas? Hay que establecer un criterio unívoco a través de las diferentes disciplina que concuerdan en un saber sobre la ciudad, el nivel, la calidad de vida que padecemos en este torbellino que son nuestras calles, con la anarquía del tránsito automotor, los buhoneros, las paradas de busetas, el ruido, la contaminación. ¿Hasta dónde afecta nuestra salud mental, emocional y física, nuestro sentido del bienestar, y nuestro derecho a la belleza y el sosiego toda esta anarquía?

Ronald peñaranda:
¿Pero en concreto, que propuestas le harías tú al próximo Alcalde de la ciudad?
Debemos ponernos de acuerdo en qué se debe modificar y qué conservar de una ciudad que sobrepasó nuestra capacidad de respuesta. Si el sujeto es el ser humano, entonces pensemos en una ciudad para seres humanos, con aceras amplias, parques, plazas, cines, teatros, cafetines, iluminación, planificación reflexiva del tráfico, automatización por Internet de las oficinas de servicio, sanción verdadera para los infractores del patrimonio ecológico, arquitectónico y del tránsito, construir bulevares que sirvan de caminarías, crear un bulevar gastronómico, insertar en el curriculum escolar la ciudad como materia de comprensión y estudio. Cosas como estas forman parte de la teoría de la ciudad.

Ronald Peñaranda:
¿Para concluir, cual crees tu que es el sentimiento más frecuente del ciudadano por esta ciudad?

César Gedler.
Pesar, mucho pesar, por el estado de deterioro, de inseguridad, y de servicios ineficientes. Basta con ver el rostro de las personas que esperan su turno en las paradas, en las colas interminables para comprar menudencias, o en la agresividad del comportamiento cotidiano. Pero hay signos de cambio, de transformaciones pensadas. Lo mejor es que detrás de esa insatisfacción, cursa igualmente un profundo anhelo de redención. A la gente de Los Teques, empezó a dolerle la ciudad.  

Obras completa Abel Sánchez P.



 Existencia y vida.

Tengo en mis manos el primer tomo de la Biblioteca Abel Sánchez Peláez, Tomo I, intitulado Existencia y vida. Un texto de 420 páginas, publicado por la editorial Monte Ávila en formato 16. Lo primero es un reconocimiento a la calidad de impresión, con un punto de letra generoso, buen papel, y una corrección impecable.  El texto en referencia incluye el contenido de tres de sus libros, La gente y la mente, El comportamiento social del venezolano, y su obra individual más reciente, Existencia y vida, que sirvió de título a este primer tomo, por la unidad temática de cada uno.

El maestro y amigo Abel Sánchez Peláez tiene hoy 92 años, que es como decir una quinta parte de la historia escrita de Venezuela. Nació el día de la Asunción, un 15 de agosto de 1921. Vivió y conoció de cerca el mundo decimonónico del gomecismo, los breves períodos de transición hacia la democracia con López Contreras, Medina y Gallegos, y participó en la resistencia contra la dictadura de Pérez Jiménez. Su más intensa labor intelectual la desarrolló en la segunda mitad del siglo XX, y desde la entrada del nuevo milenio se ha mantenido activo, recopilando sus trabajos y meditando su obra relacionada con el comportamiento psicológico y social del hombre contemporáneo, pero sobre todo del el hombre venezolano, por la manifiesta fidelidad del Dr. Sánchez hacia esta tierra.  

Con apenas unos meses de nacido, fue llevado al pueblo de Altagracia de Orituco, donde vivía la familia materna, para que la suerte dispusiera de su vida, ya que los médicos no le veían posibilidad de sobrevivencia, por una gastroenteritis que lo estaba consumiendo. Pero al contrario de morir, como se esperaba, sobrevivió y consiguió la curación después que una mujer recién dada a luz lo amamantó hasta alcanzar el restablecimiento total. Quizás por eso su padre, un iniciado en la masonería y la teosofía, le presagió una existencia larga y fecunda, y no se equivocó.  

Entre la infancia y adolescencia, estudió con su hermano Juan en el colegio San Pablo, de Roberto y Raimundo Martínez Centeno, de quienes nuestro amigo guarda un entrañable recuerdo: “El colegio San Pablo -nos comenta Sánchez Peláez conmovido- era el mejor y más venezolano colegio de Venezuela. También, en amplio sentido, el más bolivariano, lo cual equivale a decir, y así lo comprendo ahora, el más hispanoamericano de los colegios de Iberoamérica, y como lo percibí años más tarde, el más unamuniano y quijotesco de la docencia de la América de habla española”  

No hace falta decir más, para formarse una idea del clima pedagógico de aquel colegio, por el respeto y admiración que inspiraban los hermanos Martínez Centeno y por el ambiente de las instalaciones, que estimulaban el deporte, la lectura, la libre discusión, y el reconocimiento del esfuerzo, en la conformación del carácter y de un ideal de vida que busca siempre la excelencia para el servicio, el  equilibrio y la sobriedad en el reconocimiento del propio valor, y el acercamiento espontáneos hacia los símbolos eternos, sin extraer ventajas adicionales por su disposición hacia esos dominios.

La graduación como bachilleres de los Sánchez coincidió con el inicio de la Segunda Guerra. Por esa razón no se fueron a estudiar a Francia, como ellos querían, sino a Chile, que para el momento ofrecía la mejor alternativa educativa. En el mes de agosto, con apenas 18 años y su hermano 17,  abordaron el Augustus, un trasatlántico que venía de Europa con destino al país austral, y en el que viajaba con aire solitario Neptalí Reyes Basoalto, mejor conocido como Pablo Neruda, con quien mantuvieron conversaciones imborrables aquellos jóvenes precoces, cuando el poeta los invitaba a su mesa para almorzar juntos, y disfrutar la conversación inteligente hasta la media tarde.

En los siguientes veinte años después de regresar de Chile con el título de médico, y  sin abandonar  su práctica  clínica y docente, asistió a 56 congresos -la mayoría en otros países- con ponencias sobre temas de interés sociológico y psiquiátrico, relacionados con la criminología, la infancia abandonada, el alcoholismo, el juego compulsivo y las drogas, por nombrar algunos de los problema, que se presentaban con igual incidencia desde México hasta Argentina, y que le valieron un nombre en la comunidad psiquiátrica internacional.

Vale la pena repasar cada escrito suyo por su fuerza literaria, la sutileza en la descripción fenomenológica, la actualidad bibliográfica, y sobre todo por las propuestas de solución frente a una trama tan equívoca e inagotable, como lo es el trasfondo de la conducta humana. Más que artículos de opinión, que se publican diariamente en abundancia, son breves tratados sobre los laberintos de la mente y el alma, que aun hoy, después de muchos años de publicados, se nos muestran con la misma contundencia e impacto que provocaron en su momento.

La escritura de Abel Sánchez Peláez es sobria, austera, apegada a las normas gramaticales, con frecuentes neologismos, pero con un fondo de ironía, de humor latino, que la hace placentera, amena, personal y abierta siempre a más interrogantes. Sin esfuerzo, notamos que el autor sacrifica muchos contenidos apenas mencionado, por la exigencia periodística de resumir todo en apenas dos o tres cuartillas. Más adelante, en otros artículos retoma algunos aspectos de lo esbozado y continúa el diálogo con el lector, hasta lograr pedagógicamente su propósito. Un artículo sobre El asma en el niño, por ejemplo, lo remite de forma obligada a la figura materna, la angustia primordial, la fase oral del desarrollo, la seguridad básica, la lucha por la vida, y quién sabe por cuantos otros contenidos que se relacionan uno a otro como las caras de un crisol.

Cada jueves, cuando abríamos el cuerpo C de El Nacional,  nos topábamos con las Cartas de Chester Corolanda, que nos sorprendían con un nuevo tema lleno de ocurrencias, acertijos y mucha cadencia sobre la venezolanidad, el comportamiento de algunos sectores sociales que convertían en moda y precepto sus cursilerías, sus prejuicios clasistas, su indiscriminada fascinación por la riqueza y los personajes del día, pero detrás de toda esa parodia de Chester quien se mostraba era el psiquiatra, el hombre que cada día veía llorar en la penumbra de su consultorio, a los mismos que llenaban las páginas sociales, o a los que declaraban arrogantes en las entrevistas de radio o televisión, lo que este país necesitaba, para que se asentara sobre el carril.

Hubo un tiempo en que la psiquiatría y muchos psiquiatras después de Freud, como Jung, Viktor Frankl, James Hillman, o Erich Fromm, se convirtieron en referencia permanente cuando se buscó un substrato filosófico en la comprensión del espíritu, amenazado por la interpretación cientificísta. En ese tiempo en que se hacía urgente una labor que acreditara el valor indiscutible del humanismo en la Cultura Occidental, un prontuario reivindicativo del misterio del inconsciente humano a través de la belleza que el arte, la literatura, la filosofía y la tradición de los pueblos, han tenido siempre, y sin definiciones, de lo que verdaderamente es el hombre, en toda su grandeza y miseria. 

En esa línea se ha movido siempre nuestro amigo psiquiatra. En cada párrafo de su escritura se enuncia el ensayista, el hombre culto que se apoya en lo mitológico, en dramas y tragedias convertidos en arquetipos por antiguas culturas, para ilustrar y redondear la idea, para elevar la reflexión a una dimensión que aspira lo trascendente, lo permanente de la trama, en cada etapa histórica y en la suya en particular. Abel Sánchez Peláez conoce su oficio, y para mejorarlo, responde a la necesidad de formarse, indagar, pensar y repensar, hasta que algo dentro de sí mismo se ve satisfecho. Sólo entonces escribe, porque está advertido del significado de su producción intelectual, y también como un acto de generosidad, al saber para quién escribe.

Por eso nuestro autor se demora intencionalmente en áreas que se aproximan a la ética, como la responsabilidad, la libertad, la autenticidad. Su postura existencialista nos advierte que el sujeto debe escoger constantemente, y al ser la elección su destino inevitable, la labor terapéutica se aproxima a la del pedagogo, que acompaña al paciente a reconciliarse con su libertad, con su ser pleno, a trascender su falso proyecto de ser, la indeterminación de sí mismo, asumiendo con todo el coraje posible, las consecuencias de culpa y angustia siempre gravitantes alrededor de lo que se toma y lo que se deja, pero aceptando en un kairos liberador, que  la existencia no es otra cosa. 

Frente a la postura que indaga en el pasado vivencial del sujeto para encontrarse con una causa primera de la enfermedad, y ante la tesis opuesta, que aspira descubrir el proyecto final, el para qué insospechado del paciente que sufre y reclama una solución, la orientación existencialista, fenomenológica, asume estas dos instancias temporales, el pasado y el futuro, como un devenir, y al individuo como un mismo ser que se desenvuelve constantemente entre el peso de su historia vivida, y el sueño de un mundo por vivir. Nadie existe solamente a instancias de su pasado, añorando o escapando a sus fantasmas, ni tampoco en el anhelo o temor de lo que nos espera. El hombre, para la visión existencialista, es un ser siendo, o como lo quería Machado, haciendo camino al andar.

Pero lo más delicado de esta postura, es que el sanador debe ser un ejemplo supremo de existencia auténtica. La verdad y el resultado de su quehacer en el consultorio, dependen en gran medida, del grado de libertad, compromiso, autenticidad y vocación alcanzado por el terapeuta. Quizás por aquello que sentenciaba Paracelso en el Libro de Hospital (1529) “El principio supremo en el arte de curar, es el amor”. Si el paciente siente y percibe que realmente está acompañado, si siente que es visto como un ser humano que entre otras cosas, padece una afección dolorosa de su afectividad, entonces opera la transferencia, el mitsein, ese mágico encuentro entre dos existencias, entre dos almas que se miran sin el quebranto de sus propias limitaciones, hasta alcanzar la redención, la sincera comprensión de que todo sufrimiento es sagrado, como lo repitiera Dostoievsky, y que su fundamento es la elevación de la conciencia, por encima de todo maltrato.  

Son 92 años de vida y 65 en el ejercicio de la psiquiatría. Dos elementos bien vividos, como para demorarnos gratamente en la lectura de este primer tomo de sus Obras Completas, que nos muestra sabiduría, humanismo, calidad personal y una sabia sencillez en su estilo.  No me resta sino agradecer al doctor Sánchez por permitir que fuera yo el curador de su obra, y al otro amigo, Carlos Noguera, por publicarlas.                                                                        


César Gedler

Stephen Harney, un hombre de espíritu

Aquel reencuentro fue como volver a un tiempo familiar después de veintisiete años, sin saber el uno del otro. Nos reconocimos en un clima espontáneo, como dos hermanos que no discuten su parentesco, en la certeza de ser los mismos buscadores del espíritu, en la misma intensidad, e igual tono en las palabras de otros días.
Hablo de Stephen Harney, un misionero católico irlandés, inspirado en el pensamiento rosminiano, que se integró a Venezuela en cuerpo y alma desde principio de los años setenta, cuando estaba en su mayor fervor el movimiento de Renovación Carismática Cristiana, del que Stephen fuera fundador en varios estados del país.
Era temprano en la mañana de un jueves. Desayunamos y seguimos la conversación interrumpida en aquel tiempo de controversias teóricas, en los que algunos temas como la teología de la liberación, la vigencia del marxismo y las corrientes milenaristas, eran referencias obligadas en un teólogo culto, además de su entusiasmo por los dones y carismas que el Espíritu Santo estaba sembrando -según me decía- en la mayoría de los grupos que se abrían de manera sensible a la experiencia del amor fraternal.

Lo recordaba siempre como un ser bondadoso y sencillo, a pesar de su formación intelectual e inteligencia profunda, que le permitían moverse con soltura por cualquier contenido mayor, como si se tratara de un oficio manual similar a la cocina  o la carpintería. Lo que no sabía entonces, y me reveló en el encuentro reciente, cuando conversábamos sobre el desarrollo humano, fue la transparencia de su infancia, la inocencia casi total en la que transcurrieron sus primeros doce años, en su neblinosa aldea irlandesa, junto al mar.
Así fue. En unas palabras cargadas de emoción y nostalgia, me describió la singularidad de su niñez en un hogar católico, constituido por ocho hermanos, sus padres, tíos y abuelos, blindados por la fuerza de la costumbre, en un orden abastecido por el trabajo de cada día, bajo el clima de austeridad que imponía la Segunda Guerra, en un país que había optado por la neutralidad, frente a un drama que conocían de sobra, por su reciente lucha por la libertad contra Inglaterra.

La imagen de esa niñez idílica, quebrantada solamente por la noticia de un hombre que había golpeado a otro en un pueblo vecino, cuando tendría doce años, me pareció suficiente para explicar su disposición a ver en todo momento y de forma natural, la parte menos oscura de los seres humanos. Una disposición de espíritu que va más allá de una actitud existencial, por ser consustancial a su temperamento generoso y cordial, expresada en esa esperanza en el hombre, que se renueva a sí misma frente al ánimo de adversidad que desordena y agota desde siempre nuestro mundo.
Una época de profundos cambios, su adolescencia. Simultáneo a la muerte de su madre, sintió el llamado al sacerdocio, y padeció la misma enfermedad que se la llevó a la tumba, la tuberculosis, un poco antes que se descubriera el bacilo que la produce y  el remedio que la cura. Era el final de la Segunda Guerra. El tiempo del desprecio, como lo llamó Malraux.
En toda Europa, incluyendo a los países que se mantuvieron neutrales, los efectos dramáticos de aquel descenso a los infiernos, dejó una huella de nihilismo, de dolor profundo, al mismo tiempo que la obligación de reconstruirse como pueblo, como cultura, y mantener los ideales civilizatorios ya alcanzados, a través de su historia. Si la guerra fue dura, también lo fue la reconstrucción de la esperanza, la afirmación de la vida nuevamente, por encima de los recuerdos infames, porque es precisamente esa dialéctica la que forma el temple, el carácter y el coraje del hombre, y sobre todo su independencia emocional y física.
 Quizás por eso en aquella conversación en las cercanías de San Pedro de los Altos, me respondía sereno que nunca había tenido una crisis de fe, ni se había planteado ningún problema en aceptar los dogmas de la Iglesia, aun antes de la experiencia extraordinaria que cambió su vida, después de una operación de columna en la que le diagnosticaron su enfermedad como incurable, y el mismo Jesús le habló y lo sanó para siempre de ese mal.
Yo le pedí que abundara en detalles sobre aquella experiencia luminosa, ese Kairos, como lo llamaban los griegos, que se adentra en la vida de cualquiera como un punto y aparte, como una vivencia que redime para siempre la separatidad originaria y permanente de todo ser humano, al brindarle un puente hacia el despertar de la conciencia integral, hacia lo absoluto, a la entrega total a la divinidad, por instituir en su esencia un segundo nacimiento, como advertían las palabras de Jesús a Nicodemos.

Un evento de esta naturaleza convierte a quien lo padece en un ser extraordinario, que en adelante encuentra la fuente dentro de sí mismo, y cumple con los preceptos no por obligación, sino por convicción. Los místicos de la cristiandad desde San Pablo en adelante -según sus confesiones- fueron testigos privilegiados de esta redención, que les permitió vivir en lo sucesivo en el agape, una forma -quizás la más elevada- de lo que llamamos amor  convertida en oblación, entrega voluntaria de sí mismo en una causa sublime, que nuestro misionero Stephan llama por equivalencia, la Civilización del amor. 
Esto fue inmediatamente anterior a su llegada a Venezuela, a los cuarenta años de edad, una década después de su ordenamiento como sacerdote, ocurrido en Roma en 1963, donde se compenetró con las enseñanzas del padre Antonio Rosmini, que marcaron un ideal de acción misional orientada a la formación de grupos de crecimiento espiritual.
 Su nueva misión evangelizadora se la encomendaron en Maracaibo. Todo fue distinto desde el comienzo. El clima abrumador, un habla extraña por su sonsonete, la agitación permanente de un pueblo que a la vez es capital de estado, puerto y frontera indígena y marítima, con toda su historia caribeña de piratas, gringos petroleros, comidas en coco, casas de tono tropical en sus fachadas, y una gente cordial que lo entrega todo y lo espera todo en la amistad. 
Al contrario de lo que pudiera pensarse por su temperamento irlandés, de tono grave, independiente y en apariencia distante, su encuentro con aquel pueblo  fue como llegar a su hogar primigenio, a su complemento, a una dimensión de la afectividad que le permitía la familiaridad, el acercamiento espontáneo, la alegría y el fervor suficiente para convertir en hecho concreto la esencia del evangelio en tiempo presente, de forma viva, a través de las manifestaciones y carismas del Espíritu Santo, que se le habían revelado de igual modo en la sanación de su columna.
Pero fue en Barinas, a sus cincuenta años, cuando pudo organizar una versión de los postulados del padre Rosmini, en la creación de una comunidad destinada a la formación espiritual, que llamaron Familia Fuente Real, en una antigua finca, instituida como una gran familia que se autoabastece, cumpliendo cada uno un oficio, y a la que llegan distintos tipos de miembros religiosos para la formación y posterior difusión del ideal supremo, el sueño de toda una vida del padre Stephen Harney, alcanzar la Civilización del Amor.

Este sueño, que desde el momento de su instauración se fue perfeccionando, tiene como fundamento supremo la Inspiración, es decir, recibir el aliento, en su acepción griega originaria, ya que cada nuevo avance en su conformación está vinculado a un hecho extraordinario, que se siente como intercesión divina, dádiva, testimonio, y que los ha llevado a vivir a expensas de la fe, de la entrega, de la sumisión a los designios prodigiosos, como regla sobresaliente en la enseñanza de la premisa “El amor todo lo puede, entonces rindámonos al amor”, como lo expresaba el poeta Virgilio, pero referido aquí al amor cristiano.
La Idea, con mayúscula, tomó forma y se extendió con nuevos miembros, en varios sitios de Venezuela, como una cofradía que experimentaba a su vez los prodigios divinos en su constitución.
De cualquier forma que se la viera, aquella hermandad contaba con una energía propia, un ritmo de crecimiento imposible de explicar racional o aleatoriamente, como una corriente donde la providencia era el primer motor, el impulso fundamentador para que fuera posible la soñada civilización del amor, la fraternización de un mundo que no conoce otro lenguaje distinto al de la competitividad, la codicia y la reificación, como fórmula de lo que ese mundo entiende por felicidad, pero que no pasa de ser una manera de esconder el vacío y amarrar el miedo para soportar la vida cada día.

La familia Fuente Real en su crecimiento se ramificó a otros países, a otros continentes, a comunidades religiosas o laicas con distintos propósitos, y en el año 1995, el Gobierno Superior Eclesiástico le concedió  el reconocimiento que los consagra como “Una Asociación de Fieles, con todos los derechos y obligaciones que competen a esta nueva forma de vida consagrada en el Ordenamiento canónico” (Nº 301 del Derecho Canónico)

Hoy el padre Stephen es ya un octogenario que cumple cincuenta años de su ordenamiento sacerdotal. Como sus abuelos irlandeses, alcanzó la edad patriarcal con una extraordinaria lucidez mental, y una madurez emocional y espiritual que se manifiestan en su andar, en su hablar y en un humor sutil que encubren una dolencia relacionada con la elaboración de hemoglobina en su sangre, pero que nunca lo ha inhabilitado ni desanimado en la consecución de un apostolado que recuerda la frase de San Agustín, Credo quia absurdum “Creo porque es absurdo”, al pretender instaurar la Civilización del Amor, en un mundo como el nuestro, a menos que nos apoyemos en la carta de Pablo a los Romanos: “donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia”
¡Ojalá que así sea! Que tengamos la fortuna de haber sido testigos de un propósito de dimensiones ecuménicas, y que el hombre venidero quiera al menos aspirar la paz, en su corto paso por esta vida.


César Gedler

El buen café



El buen café

 

Con la entrada del frío, se daban las cosechas en ese mes de lágrimas y ánimas benditas por las lluvias menudas que caían desde las tardes hasta entrada la noche sobre las hojas brillosas del cafeto. En la mañana se oían los rezongos de los jornaleros al abrirse camino. No querían mojarse y tendrían que hacerlo al mover las plantas para arrancarles un grano parecido a una peonía, en todo el hilo de matas que le asignaban. 

Eran unas filas largas, más altas que un hombre, y uno no alcanzaba a ver el final de la hilera que se perdían en la espesura. Una mano ennegrecida por la baba que soltaban los granos como si lloraran en silencio, aguantaría la rama, y la otra se traería el racimo para desgranarle uno por uno los maduros, hasta llenar la cesta que se amarraba con el cincho de la cintura.

La mitad del tiempo se perdía espantando la plaga y apartando con cuidado las ramas, no fuera a ser que al moverlas se viniera una culebra y hasta ahí llegaba el cuento. Tiembla el Sol tiembla la Luna/ del Cristo la mejor parte/ la serpiente que se aparte/ porque el Señor está conmigo. Amén. Había que rezarla treinta y tres veces. Una por cada año de la  edad de Nuestro Señor. Por eso murió el Jacinto. Supe la historia porque la repitieron muchas veces en la bodega, en la cosecha, en los caminos y en el velorio. De nada le valió el chimó y el ajo.  El diablo lo tentó para que olvidara la oración, y el mismo diablo lo picó por no rezarla. Dicen que se fue hinchando. Después se puso morado y luego negro. Por eso se sabe que lo mató el maligno.

Primero se esperaba el San Isidro a mitad de mayo para arrancar con los aguaceros. Después el San Juan de junio que bendecía la tierra para que los negros, cuando eran esclavos, no se mataran trabajando tanto. Unos días más adelante el San Pedro, que repicaba las cotizas para que no hiciera mucho verano y salieran las flores con su olor a noche serena.

Pasado el mes de las vírgenes, venía el aguacero de San Francisco, y de ahí a esperar, hasta que pasara el día de los muertos, cuando se empezaban a llenar los canastos para completar muchas fanegas en víspera de las navidades.

Se dice que es más viejo que el hombre, y que llegó de lejos, de la tierra de los árabes que vivían en las montañas donde el sol no brilla nunca y los vientos arrastran las semillas de flor en flor sin parar ni un día. Así lo comenta el dueño de la hacienda con los que preguntan y muestran interés en saber las cosas. También dicen que un puño de granos tenía el precio de un saco de los que cargaba Catalino.

Tanto pagar nada más que para tomar unos buches, cuando arreciaba el cansancio, o para darse un gusto, como le pasa al que tiene, que no escatima gasto si le da un antojo.  Según Napoleón Narciso, que ha estudiado suficiente, los hombres se mataban por unos quintales, sin saber que aquí se perdía el café, porque los recogedores preferían buscar trabajo por el lado de las compañías, que llegaban al país a construir caminos.

Uno vaciaba los canastos en el almud por un real, y teníamos que esperar el tiempo que pasaba regado en el piso día y noche, hasta que por fin se secaba. Después volvíamos a saber de trabajo con la tostada y la molida, cuando los árboles empezaban a botar las últimas hojas y las lluvias se hacían cada vez más distantes, como si se secaran las nubes con las conchas del café.

Desde muchacho trabajé en las haciendas de todos los alrededores. En “La Florida”, subiendo de San Pedro, hasta perderse derecho en la ruta a La Laguneta; en Maturín, que trae las aguas río abajo; en Paracotos, subiendo la fila para encontrarse con Guareguare, en la que se perdía una cosecha y nadie se lamentaba, por lo buena que era esa tierra. También fui arriero. Sabía montarle la carga a las bestias y vestir al burro campanero, para que orientara al resto cuesta abajo, buscando la entrada del pueblo donde quedaba la oficina que compraba la mercancía.
 
Por esos días, el dueño de la hacienda les decía a unos músicos que se llegaran el sábado. A las mujeres de la cocina les daba instrucciones para que no faltara la comida y el aguardiente, ni se quedara por fuera ningún invitado. Ese día se adornaban los corredores con cadenas de un papel colorado, que se fijaba con pega de harina, y unos ramilletes de flores cerca de los bancos que les ponían a las bailadoras, para que aguantaran toda la noche sin cansarse.

Los hombres colaboraban lavando el patio donde antes estaban los granos, y regándole querosén para no levantar tanto polvo con el baile, y evitar que algún malintencionado echara picapica en el piso y se acabara la fiesta con palos y machetes.

No sé de donde sacaban tanta memoria los cantadores para ir refiriendo los sucesos que habían pasado en la hacienda, mientras se recogía el café o cuando había que desconcharlo. Como si fueran un radio, sacaban versos tras versos para que los otros se rieran de la vergüenza que le hubiera ocurrido a cualquiera de nosotros en la faena, y cargáramos con esa chapa hasta el año siguiente.

Eran fiestas de tres días con sus noches. Los arpistas y cantadores se turnaban. Bien sea que los bailadores le sacaban el nepe, o porque algunos invitados estaban llegando mientras otros se despedían, y la fiesta nunca terminaba.

Lo mejor era si había luna, pues entonces se arreciaban los bríos por su influencia, y más de una aceptaba hacer rancho aparte esa noche, en que los caminos se veía más claros, y se podía llegar a otros lados, dado el caso de una urgencia.
 
Por eso se lo digo: yo sé lo que es un grano al punto, como para nunca confundirme entre un café guayoyo y un cerrero; o entre un romano y uno americano. Esos muchachos solamente saben meter el café en una máquina y que ella lo haga, y lo sirven de cualquier modo, sin saber que están tratando con un producto más viejo que toda su familia de alante pa atrás.

A veces para calentarme el cuerpo tengo que caminar pueblo abajo y llano arriba, sin encontrar una mano experta en café, y me voy inconforme, porque se me olvida y les pido un café tostado, o un quemado, y con la boca abierta lo que me sirven es un agua oscura que provoca tirársela encima. Pero ¿qué podemos esperar de un mundo que ha perdido los sueños? 
Mejor me callo y sigo malicioso masticando mis recuerdos…Como quien va sin compañía.

Artículo publicado en "Calle de piedras" de César Gedler