El Candelabro
Hasta el día en que un alcohólico se chamuscó accidentalmente en la iglesia El carmen, se acostumbraba encender una velita a los santos en un candelabro colectivo, que ardía permanentemente como un rosario de plegarias. Inexplicablemente, el accidentado traía una botella de queroseno en la mano, y en vez de ponerla a un lado para encender el cirio y hacer su petición, hizo todo a la vez, con un resultado fatal para él, y para el resto de la feligresía, que desde entonces -por órdenes del padre Juan Egarrondea- no pudo cumplir más con el rito tradicional del fuego, sino que debió contentarse con un bombillito que hacía las veces del ofertorio sacrificial, aunque no diera calor, ni derritiera la esperma, como al creyente le parecía conveniente, para que el santo de su devoción le remediara su necesidad.
La ciudad en la noche
La ciudad en la noche
No puedo decir que Tren sin retorno, corresponda a una responsabilidad meditada, a un propósito pensado de antemano para defender alguna causa valorada, ni al producto de un conocimiento más o menos pleno de la historia oficial de este pueblo. Surgió como un contrapunto entre la irreconciliación y la búsqueda del sosiego, entre las fuerzas que nos impulsan a la rebelión, y un moderado discernimiento que impone el espíritu para defender lo sublime. No por eso tiene menos valor ante el lector que se entrega a su propio sueño mientras repasa sus páginas cargadas de desconsuelo y esperanza confusa.
Soy un hombre nocturno que busca su destino en los laberintos del sueño y el misterio metafísico. Un taciturno de oficio al que la literatura y el arte lo mueven más que las posesiones o la figuración. Un hombre que escribe porque está incapacitado para lidiar con lo pragmático, o porque en el juego de la imaginación encontró la única manera de sostenerse en un mundo en el que nunca se ha sentido confortable. Por eso me atreví a contar lo que veía desde ese tren que siempre está rodando, por no tener una estación de llegada.
Se me han acercado a preguntarme cosas de este pueblo como si se tratara de un especialista al que se le puede inquirir sobre fechas y acontecimientos, y han regresado con las manos vacías. Al sentirse defraudados me reclaman sutilmente señalándome el libro, y les he explicado como puedo que se trata de otra forma de conocimiento el que tengo de Los Teques. Podría decir, para no profundizar, que el mío es un conocimiento cordial, por tratarse del corazón.
Tren sin retorno, al igual que el autor y el curato de Los Teques, nació con la Luna en Cáncer. Una curiosa similitud que se comprende más por la configuración de los astros que por un azar sin forma, y que probablemente sea un argumento para explicar la acogida que le han dado los lugareños, quienes padecen también, en un silencio detenido, la inclemencia de vivir como un pueblo vencido por la desidia y la desesperanza.
En la dimensión de los símbolos, el entorno donde nacemos y crecemos constituye una representación del arquetipo materno, de la Gran Madre que nutre y ampara, a la vez que reabsorbe y retiene hasta donde puede, nuestras tentativas de fuga y deserción de sus espacios emblemáticos y físicos.
Como un destino mayor, sus colores y formas se nos imponen en todo el trayecto de nuestra vida: su lenguaje, sus credos, sus comidas y vestimentas, sus festividades y melodías, y hasta en nuestra forma de romper los atavismos, podemos encontrar los indicios de su poder sobre nosotros. Es el soma sema, el alma del cuerpo, del que hablaban los mismos griegos que hicieron de la ciudad una mediación obligada cuando se referían al ciudadano.
Para todos nosotros el entorno natal tiene un particular significado. Es la tribu y la aldea, el rancherío y el campo, el pueblo y la ciudad, a la que se le canta con la mirada inocente, o se la llora desde la lejanía, con los recuerdos desordenados por la nostalgia.
Desde siempre se ha hablado de esa extraña sustancia que impregna la superficie de los lugares y las cosas, y que algunos captan sin dificultad. A mi me ocurre con frecuencia, y más con esta ciudad. Al tropezar algunos lugares siento en seguida su clima acogedor o de amargura, la voz de la alegría o el llanto de sus muertos, y en ese encuentro se define todo: un entusiasmo para demorarme en sus dominios, o un agotamiento que me obliga a buscar una excusa para seguir.
Me pasa también con las personas y con los libros; con los trabajos y los divertimentos. Algo en mí se impone y no lo puedo desoír. Es una primera forma de conocer, circunscrita a lo intuitivo y temperamental. También conozco esta población en todas las horas del día y de la noche. Soy testigo de su transfiguración, de cómo se muestra o se esconde dependiendo de la luz o de la sombra, de la serenidad o de la agitación que se mezclan con los vapores del día o el sahumerio de la noche.
Es una forma de conocer nuestro alrededor de manera confidencial; menos numérica y más próxima a la imaginación. Por esa vía detallamos algunas ventanas o puertas olvidadas en cualquier casa envejecida pero que aun conservan su linaje. Elementos desapercibidos, como una cerradura, un picaporte, una gárgola o un cerrojo, se ofrecen en su más plena desnudez en las horas apacibles de la madrugada, pero no la apreciamos al día siguiente, cuando la agitación y la inclemencia del sol ahogan los detalles para imponer lo cotidiano.
Pero también se me revela la misma ciudad a través de los recuerdos de infancia o juventud. Sin saber cómo, puedo hablar sin detenerme del olor a resina y hollín que desprendían los trenes, de las canales por donde chorreaba el agua de lluvia que limpiaba las calles, de las chicharras que gritaban desesperadas hasta reventarse; de los sapos de invierno, que contaban las horas como un minutero, o de aquellas experiencias, remotas y cercanas a la vez, que a los veinte años nos hacen creer que lo sabemos todo.
Ser habitante de un pueblo va mucho más allá de ocupar un espacio y recorrer sus calles. Es un participio activo que nos compromete hasta donde no sospechamos ni queremos imaginar. Muchos descuidan que las ciudades tienen vida propia, que en la respiración de sus naturales se gesta el ardor que la mantiene viva, y que nunca escapamos de su influencia mientras sustentamos el pacto de convivencia que nos convierte en sus habitantes. Conformamos nuestro carácter de acuerdo al paisaje, a los mitos, los ancestros, las formas de alimentación, los riesgos naturales, los recursos, las negaciones del entorno que nos sostiene, y que nosotros sostenemos con nuestro esfuerzo también.
Por eso digo que la pertenencia a un tiempo y un lugar instaura un centro, una cosmogonía, porque toda pertenencia se constituye en la entrega de sí mismo a las fuerzas arquetipales que lo forman, que para cada quien es su cosmos, su mito y su significado. La pertenencia auténtica se convierte en axis mundi, en el único espacio donde todos los demás espacios convergen, en el vientre simbólico del que todos venimos y al que todos retornaremos al final.
No debemos escandalizarnos al constatar que un pueblo malogrado en su belleza y lirismo contenga en sí mismo aquella posibilidad de ser axis mundi. Todo lugar es el lugar, si es capaz de encender una pasión sin consumirse. Quizás por eso los hebreos llamaban las ciudades con nombre de mujer, y la concebían como santa y sagrada mientras conservaba la unidad con la gracia divina, pero igual la sindicaban de ramera, cuando descendía a la idolatría, mereciendo el destierro como el peor estado del alma, semejante al martirio congelado de la soledad.
Pienso en Ortega y Gasset cuando afirma que existe una afinidad entre el alma de un pueblo y el estilo de su paisaje: “los pueblos emigran buscando su paisaje afín, que en el secreto fondo de su alma les ha sido prometido por Dios. La tierra prometida es el paisaje prometido”. Pero así como uno recuerda los lugares por sus paisajes, de igual modo se recuerdan las acciones que vivimos como si estuvieran detenidas en un tiempo del que no las podemos arrancar. Ese es el espíritu de un pueblo, su memoria. Pero no sólo las memorias individuales, sino la de todos, porque la belleza desnuda de esas montañas verde mate que forma nuestro paisaje, también está cargada de dolor, de sangre y de llanto, y en su interior esconde nuestra lejanía, los recuerdos perdidos en el abismo melancólico de la indiferencia.
El que regrese hoy a esta cuidad después de muchos años de ausencia, vagará inútilmente por las calles buscando los recuerdos que le son familiares. En vez de las quintas blancas con techos de musgo ocre, encontrará muchas tiendas agrupadas sin concierto, y los bares con rockolas al igual que los restaurantes de pasta casera, serán sólo recuerdos sustituidos por sumideros de los que se sale con la ropa impregnada de olores repugnantes.
No quiero abandonar mis recuerdos moribundos. Son un canto de dolor y una esperanza repartida en la añoranza de tantos como yo, que viven la misma experiencia de pesar. Ojalá se convierta después en regocijo, al constatar que muchos esperábamos sin saberlo la misma redención. Un gesto de revaloración del patrimonio anterior, la preocupación por salvar y rehacer una nueva ciudad, donde el miedo y el descontento se conviertan en afecto y colaboración entre los que nunca hemos dejado de ser hermanos.
Es el tiempo de verano, los veinte años que siguieron a mis quince años, cuando la delincuencia no se llevaba semanalmente más muertos que la Peste Negra y la Gripe Asiática juntas, cuando se podía levantar una familia con un sólo sueldo, y los repartidores dejaban el pan y la leche en la puerta de las casas antes que amaneciera. Un ayer en el que se nombraba a los grandes escritores con más frecuencia que a los presidentes, los árboles crecían lentamente con las tardes neblinosas y el olor a kerosén en las pulperías de tres puertas.
En las horas de insomnio siento el eco de algunas voces que regresan, y me digo que mi ciudad está donde debe estar, porque esa es su naturaleza, ser de todos y de nadie, morir y renacer, como el aroma de la noche, la brisa de la tarde, el cielo dorado del amanecer, o el calor adormecido del verano.
Bar Azteca
Bar Azteca
Entraron al bar como era costumbre entre ellos. De la cuadrilla que estaba reparando el puente Castro, esos dos se habían acostumbrado a celebrar los días viernes a tomarse unos cuantos botellones para sonreír por cualquier cosa, y cantar a todo pulmón las rancheras de Pedro Infante que se oían en la rockola; porque en el bar Azteca no habían mesoneras, ni se jugaba cartas, ni cachito con los dados, como era frecuente en otras partes.
Como muchas veces, esa tarde estaba en la barra Juan Capote, cuñado y compañero inseparable de Esteban Negrín, el dueño del bar Azteca, quien despachaba comida durante el día, y hasta entrada la noche expendía cervezas, mientras ponía las piedras en la mesa con el propósito de darle zapato a los dos obreros, que jugaban contra él y Juan, en el bando contrario.
Serían las siete de la noche de un noviembre neblinoso, cuando notaron que de rato en rato caía en la mesa una lluviecita de tierra que los obligaba a pasar un trapo para barajar las piedras con facilidad.
-Compadre Esteban, ¿qué vaina será esa tierra que está cayendo del techo esta noche?- le preguntó Juan Capote mientras se montaba en la silla para ver desde más cerca lo que ocurría.
-Deben ser el alma de alguien que está muriendo torturado en la Seguridad y está pidiendo misa- le respondió Esteban bajando la voz y sonriendo su ocurrencia.
-Sería bueno preguntarle a Galeonni, que es un maestro de la construcción, no sea cosa que se nos venga el techo encima- intervino uno de los obreros.
-Yo se lo decía a mi compañero el otro día -agregó el otro- que esa vibración del martillo para abrir los pilotes podía afectar las construcciones cercanas.
Otro poco de tierra los hizo dejar la partida y uno de ellos se fue a buscar al ingeniero Galeonni, a ver si aquel asunto revestía gravedad.
Al rato llegó el ingeniero con su paraguas empapado. Después de observar con cuidado las grietas, le pegó un papel en la pared para observar si se estaba moviendo toda la estructura, o era cosa nada más que del friso.
Venteaba fuerte desde temprano. La lluvia arreciaba, y el frío de los inviernos decembrino se sentía inclemente. Esteban Negrín pensó en cerrar el negocio y descansar hasta la mañana, cuando volvería a ocuparse del incidente, pero el ingeniero lo atajó: “Hay que esperar. Debemos observar si se da algún cambio”
-¡Antes de la media noche se cae la casa!- Determinó el profesional sin ninguna duda cuando el papel comenzó a romperse.
Inmediatamente comenzaron a sacar los corotos: la rockola, las mesas y las sillas, las cajas de cerveza, los licores, enseres de la cocina, y hasta un afiche de Marilyn Monroe que permanecía colgado detrás del mostrador. La esposa de Esteban, Otilia Capote, observaba todo desde el balcón de su casa, diagonal al sitio de la tragedia.
Mario Noriega, el dueño del quiosco El Mono, se le acercó diligente. “¿Que le parece compadre? -se lamentó Esteban cuando lo vio- Tendré que empezar de nuevo. Toda mi vida lo único que he hecho es luchar. Con decirte que a mi, cuando pequeño, me regalaron cuatro veces por ser huérfano, y nunca he pasado un día sin trabajar”.
-Sáquenle los tapones a las rosetas para que no haya un incendio- advirtió preocupado Oscar Gedler, quien se dirigía hacia su casa en ese momento.
“A los nueve años tuve que hacerme hombre en Paracotos, para que no me siguiera pegando el viejo Arcadio. Yo venía arriando su burro con una mercancía, y en eso el río creció como un lago y se llevó al burro con toda la carga. Entonces el viejo me reclamaba y me pegaba porque no lo había sujetado. Ese mismo día me vine caminando desde su casa hasta Los Teques, a más de una jornada de distancia”
Abajo se oía el rumor del río. A la derecha el viejo puente Castro, que hace esquina con la calle Ribas y la Carabobo. Antes tenía unos tubos por barandas y más antes todavía lo llamaban puente Miranda; ahora lucía unos durmientes de mampostería y unos faroles con bombillos que alcanzaban alumbrar la plaza y la mansión que perteneciera a Doña Dionisia bello, al otro extremo del colgadero.
“Después me adoptaron en Los Chorros y vivía como un rico, pero una vez mi hermano menor me fue a visitar y me vine con él”. “Fui limpiador de frutas, al lado de El hijo de la noche, -le seguía contando- trabajador y repartidor en una bodega; dueño de bodega, chofer… Lo que me quedará ahora será ponerme a vender plátanos, para criar a los muchachos”
En efecto. Faltando un poco para la media noche se desplomó de una sola vez la fachada del botiquín. Cayó hacia la calle que llamaban El Guarataro, con puerta y todo. Después se derrumbaron las paredes laterales y por último la del fondo, donde estuvo Marilyn desde que Esteban le cambió el barcito a Carmelo Fuentes, por una bodega que tenía en el Barbecho.
Esteban estaba desencajado. A pesar de ser un hombre bien reputado por su honradez y cumplimiento, para solicitar algún crédito, le preocupaban las palabras del ingeniero, que le sembraba sus dudas sobre si el gobierno reconocería su responsabilidad sobre aquel daño, para indemnizarle aunque fuera un porcentaje de sus pérdidas.
Y así fue. Tuvo que vender lo que pudo salvar para sostenerse por un tiempo. Solamente quedó en pie la poceta del bar, por estar asentada sobre una de las pocas columnas firmes de la construcción. Se mantuvo ahí más de veinte años a la vista de todo el que pasaba; soportando los más duros aguaceros de por aquí, el terremoto del 67, las pedradas que le tiraban los muchachos para probar puntería, las promesas de la municipalidad de construir en el sitio un dispensario, o un puesto de la policía, y hasta el intento de robársela que hizo alguno mientras todos dormían.
Un día levantaron un muro a ras de la acera para evitar que se siguiera cayendo la gente, y más nunca nadie se acordó de la poceta, ni de la noche cuando se vino abajo aquel tomadero con nombre de tribu mejicana, donde se escuchaba con frecuencia la voz de Pedro Infante.
Los otros mundos
Desde el amanecer lo dominaba cierta inquietud que le alteró el último sueño, antes de levantarse. Ya en la mañana, sentía ganas de comer una ensalada con todos los ingredientes posibles. A cada nada veía el reloj con impaciencia, esperando la hora del almuerzo como si fuera un penitente, y en ese ir y venir de un lado a otro, escuchó las campanas del reloj repitiendo sus golpes hasta contar las 12.
El día estaba soleado. Desde la montaña con manchas verdes y azules, una brisa fresca soplaba intensa sobre su rostro, amainando el calor de los meses ardientes. Encendió el vehículo y recorrió las calles como por última vez, con una sensación de lejanía en su pecho que borraba su inquietud para convertirla en nostalgia de nada. Antes de llegar a las inmediaciones de su casa sintió de nuevo la urgencia de la mañana por comer la ensalada, como si fuera un plato exótico que nunca hubiera probado.
Su mujer no entendía muy bien la urgencia de preparar un plato semejante. Más bien buscó entusiasmarlo con otras comidas que sabía le gustaban mucho a su marido, pero él solamente quería atragantarse de vegetales con el antojo de una embarazada, por eso prefirió salir a la esquina a comprar los ingredientes y darse el gusto por el que estaba empeñado. Llegó a la frutería, pero todavía estaba cerrada por el intermedio del almuerzo. Desde adentro le hicieron una seña para que se aguantara un rato mientras abrían de nuevo.
Le pareció razonable esperar. Cruzó la calle y se sentó en la grama del parque para refugiarse debajo de un árbol, del calor que arreciaba. La brisa seguía soplando fresca y lenta. Poco a poco sintió una laxitud que le trajo recuerdos de infancia y se dejó llevar con los ojos cerrados hasta aquellos mundos sin límites donde todo es posible.
Un ruido de voces lo despertaron y vio que se acercaban una joven y una mujer mayor que lo saludaron de manera familiar. Se incorporó solícito y les dio la mano a cada una, al tiempo que las invitaba a tomar café en algún lugar cercano. “nosotras vivimos allá -le respondió la joven señalando una casita pintoresca, como de otros tiempos- podemos tomarlo allá mismo y con eso conversamos un poco”
Se sentía cómodo, grato, satisfecho, en compañía de aquellas mujeres que le brindaban toda su confianza, sin rehusar ninguna de sus preguntas, ni sus insinuaciones de hombre pícaro, sino reían con él de las travesuras que les contaba animadamente. “nosotras también lo queríamos conocer para decirle que le queremos enseñar muchas cosas de la vida, porque sentimos que ud. está preparado para salir de esta realidad ordinaria que se traga a tanta gente cada día, sin que pase nada especial” Al escuchar aquellas palabras se sintió con mayor confianza y preguntó si tendrían alguna bebida para celebrar ese encuentro tan particular.
Al rato sintió los primeros efectos del licorcito que le sirvieron y sacó a bailar a la más joven, que aceptó animada varias piezas sin soltarse las manos. Después se animó a sacar a la mayor y sintió la misma elevación de sentimientos que con la primera. La tarde estaba joven, llana, sin limitaciones, y el licorcito entraba tan suave, sin aturdimiento, que olvidó completamente su antojo de la comida. Más bien sentía ganas de mirar ese cielo limpio que se ofrecía pleno frente a ellos desde una ventana transparente que dividía la sala del jardín.
Ya en la tarde sintió el efecto de los tragos y se animó a comer antes de reposar en la poltrona que le serviera de asiento desde que llegara. Las mujeres estuvieron de acuerdo en que mejor descansara un poco para reponerse, mientras ellas hacían otras cosas que estaban pendientes.
Sería el sol que le quemaba la cara lo que lo despertó de un sueño grato y ligero, pero enseguida se levantó asustado al comprobar que estaba en la grama, bajo el mismo árbol en el que se sentó mientras esperaba la hora para comprar las verduras. Vio hacia la casa, pero no estaba. Corrió a la frutería a preguntar cuando habían abierto, y un poco extrañados le dijeron que en la mañana, como todos los días. Indagó la fecha y comprobó que era el día siguiente del momento cuando llegó a comprar las vituallas. Fue hasta su carro y notó la huella del polvo cuando se estaciona por mucho tiempo. Comenzó a asustarse cuando llegó a su casa y su mujer le reclamó su ausencia desde el mediodía anterior.
Entonces le contó a su mujer lo que le había ocurrido, sin ocultarle nada. Fueron hasta donde él decía estaba la casa de las mujeres amigables, pero solamente era una arboleda sin rastro de más nada. Su mujer lo amenazó con dejarlo, por burlarse de ella con ese cuento que escondían sus verdaderas acciones, pero él nada más recordaba las palabras de la joven, el momento frente al sol de la tarde, y el sabor de un licor que embriagaba sin dejar ningún rastro.
El Navegante
El navegante
Era igual si se sentaba en cualquier malecón de los Balcanes o en la silenciosa melancolía de las tierras nórdicas. Siempre recordaba añorante la estrechez de sus aceras, la bruma de las mañanas en las colinas humedecidas por el rocío, o las trinitarias, sirviendo de vestimenta a muchas casas llenas de dignidad. Había salido de aquel pueblo al comenzar su juventud. El entusiasmo delirante de muchas lecturas desordenadas lo hizo buscar otros caminos, y el primero fue en un barco pesquero que lo sacó hacia unos pueblos lejanos, con lenguas extrañas y muchas costumbres diferentes, pero luego viajó por sus propios medios hasta perder la cuenta de las ciudades que visitó en cuarenta años de infinitas aventuras.
“Algún día volverás a tu ciudad -le dijo un astrólogo anciano- Volverás para encontrar tu destino y dejar atrás los caminos errantes que no te ayudan a encontrar la paz. “Tú crees haberlo visto todo, pero allá verás dentro de ti, y desandarás de una sola vez tus espejismos. Entonces sí que hundirás tus raíces y todos tus pasos darán sus frutos”
Sin demorarse, anotó aquellas palabras hasta aprendérselas de memoria de tanto repetirlas. Eso fue al cumplir los cincuenta años, en una aldea del mediterráneo a donde fue a parar por un naufragio. Pero también de aquella aldea se cansó algún día. Ni las lágrimas de la mujer que le entregó su vida después de salvar la de él, lograron apacentar el desasosiego por encontrar aquello que lo esperaba en algún lugar del que todavía no tenía idea ni forma. Por no enfrentar el pesar de las despedidas se embarcó una madrugada antes que las gaviotas levantaran su vuelo entre los peñascos y el mar, buscando su alimento, y sin que nadie lo notara, también él lloró sin lagrimas la separación de un mundo que pudo haber sido el suyo.
Ya no tenía la misma fuerza de los años en que trabajaba y se embriagaba sin descansar por muchos días, sin obedecer las advertencias del cuerpo y el llamado del espíritu por encontrar un muelle donde amarrar su sed de vida. “creo que sientes miedo de ti mismo”, le decía su última mujer, sin esperar respuesta. “Miedo a equivocarte y montarle un peso a tu conciencia”, le completaba como quien canta sólo para sí. “Por eso quieres irte, para que no te atrape la falta de entusiasmo y te des cuenta que no tienes destino”
Nunca tuvo nada. Ni riqueza, ni posesiones de ningún tipo, porque todo era un garfio que lo atajaría cuando quisiera levantar el vuelo como las gaviotas, a las que había aprendido a querer en la proa de los peñeros. Ganaba y perdía en el juego con la misma indiferencia gris de los condenados. En todo participaba, pero en nada se comprometía, para no empeñar sus ratos libres y las horas de sueño o de amor pasajero, cuando el barco atracaba por mucho tiempo.
Un día revisó por no dejar, las cosas que guardaba en un baúl tan errante como el dueño, y encontró el papel donde anotara alguna vez las palabras del viejo sabio sobre su tierra de nacimiento, y el encuentro con lo que siempre había evitado. Todo fue producto del primer impulso. En unos días, con apenas un maletín como equipaje, viajó a su tierra a encontrar sus recuerdos con la misma intensidad dolorosa con que se marchó la primera vez.
Por fin llegó. Era la madrugada todavía, y desde el carro en que se dirigía al pequeño pueblo donde nació una noche de lluvia, se veían las luces de las casas montadas en terrazas, como en las aldeas mediterráneas. En menos de dos horas el chofer lo dejó en el único hotel medio decente con que contaba aquel pueblo sin forma. Al rato bajó a desayunar y en vez de las casa con olor a malabar que recordaba con tanto afecto, lo que vio fue un arquitectura desordenada, muchos vendedores ambulantes, charcos de agua sucia en los brocales de las aceras, y ningún lugar donde sentarse ni siquiera para un café.
Sintió tanta desazón que casi se encierra en su habitación para bajar un malestar sin nombre que le creaba angustia, pero aun así se encaminó a buscar a los viejos amigos de juventud que apenas recordaba con sus uniformes de estudiantes. Tocó en algunas puertas y se encontró con rostros ajenos, con casi ningún recuerdo del amigo de infancia, que le preguntaban qué quería, de forma desconfiada. Entonces comprendió las palabras del sabio al advertirle que vería dentro de sí, y con eso rompería el hechizo de su alma peregrina. El verdadero lugar era aquel en el que se sembraban las querencias. Entonces recordó los ojos negros de la mujer mediterránea, y sin más nada, se despidió de verdad de aquel pueblo, y de todos sus recuerdos.
En el único restaurante que mantenía el decoro en una de las salidas del pueblo, se despidió para siempre, sintiendo que con cada palabra liberaba su alma de un espejismo que consumía sus esperanzas y sueños en cada vuelta del camino:
¡Me voy. Ya no significas nada para mí. Renuncio a tu memoria marchitada. Muchas veces soñé morir entre tus paredes y ser enterrado con mis antepasados, pero ya no necesito esperar ese momento entre tus calles mugrientas y la sordidez de unas casas arruinadas por la indolencia de sus habitantes. Quédate como estas, polvo amarillo que en otro tiempo fuiste verde encendido por montañas con olor a café. No tengo lugar en lo que fueron tus parques y tus riachuelos silenciosos. Y si algún día, doblegado por una adversidad que no quiero pensar, intentara regresar a tus dominios, no me dejes entrar, para que no se haga más terrible mi amargura!
Andrés Ramón
Andrés Ramón
Había preferido el encierro a la compañía. No le temía a las soleadas inclementes ni a los aguaceros con relámpagos. Lo suyo era caminar desde las playas hasta las montañas en las que se había hundido con sus animales. No era zurdo, pero tuvo que serlo para rozar el monte y abrir los cocos, por una curvatura de la mano derecha que le entumecía los dedos sin que los curiosos pudieran voltearle su daño.
Algunos dicen que por eso se le escapó el niño con la crecida del río, antes que la tristeza se le encajara en el alma como una espina. ¿Para qué llorar lágrimas? Con esa lanza atravesada en el pecho tenía suficiente para pasar dos vidas encogido.
“La tarea es la tarea -rumiaba en su soledad- Hay que cumplirla y nada más. Para comer se debe trabajar. Eso es todo. La tierra no pregunta si uno quiere sacarle su fruto, ni los animales crecen solos. Para eso están las tardes, para tristear sentado en el taburete mientras se mastica tabaco, o se mira el humo de la cachimba para agarrar el sueño”.
Una cierta Francisca lo visitaba para darle calor en el chinchorro y cocinarle algunos granos que se comía en silencio. Ya en la mañana, cuando se iba a remover los campos, se despedía para señalar sin decirlo, que prefería encontrar el rancho solo cuando regresara en la tarde. Así había sido siempre entre ellos, y no tenía por qué ser diferente. Con sus dedos encorvados bajaba la cuesta remarcando las mismas pisadas de todos los días, hasta que la muerte lo agarrara desprevenido.
-Andrés Ramón, tu deberías dejarme que te arregle un poco la casa. Nada más que pasarle un trapo en los rincones, y darle un poco de orden a esos trastos que se te están pudriendo de puro desuso.
-Déjate de vainas Francisca. Ya te he dicho que no te metas con mis cosas. Si tienes ganas de trabajar desanda tu casa y la vuelves a armar, pero aquí tienes prohibido ponerle la mano a ningún coroto.
En el trapiche de la curva que coge hacia el monte compraba un aguardiente claro con ramas, para curarse los dolores en las coyunturas cuando arreciaba la humedad de los inviernos, y para beber los fines de semana hasta que no se veía más el brillo de las estrellas, con el canto de los gallos. Entonces lloraba sobre su propia soledad, y cogía a rezongar todas las cosas que había callado en los días anteriores, por el modo como la gente se metía en los asuntos de los demás, sin que la estuvieran llamando.
Un día se apareció la Francisca y se quedó como siempre, pero no se fue en la mañana como de costumbre, sino que se quedó limpiándole las herramientas de trabajo, quitando las telarañas de las ventanas, lavando las cortinas, y rociando aromas para espantar los olores de la casa, pero en el rostro de Andrés Ramón pudo ver esa tarde que se había equivocado. Sin que nadie lo dijera, sintió en la mirada de angustia de aquel hombre, que sin querer había sacado el espíritu de los muertos que acompañaban al solitario, y que con sus trapos y su escoba había perdido su lugar en el chinchorro. Todo eso en una mirada.
-Te dije que no te metieras con mis cosas- le gritó mientras blandía el machete para darle un planazo con toda su furia, pero la mujer metió el brazo para evitar el golpe y lo único que sintió fue un dolor frío que le estremeció todo el cuerpo, cuando el hierro se le hundió en el brazo más allá del hueso y le dejó guindando en la piel lo que quedaba de su mano, y un grito de dolor y miedo que la mandó a correr cuesta abajo buscando el auxilio de los suyos.
Al rato se aparecieron los pocos amigos que lo querían y también la policía, armada con escopetas y peinillas para hacerlo preso y bajarlo amarrado con dos cabuyas por los caminos, como se arresta a los criminales que nunca piden perdón, y a los que se apunta con el cañón de la escopeta, para dejarlos pegados en el suelo si se quieren fugar, burlándose de la autoridad.
Desde afuera le gritaron: “date por preso Andrés Ramón” y se lo volvieron a repetir varias veces, mientras sus animales se movían inquietos de un lado a otro por tanta gente y tanta bulla, como nunca había pasado por aquellos lugares. El más atrevido de los policías le mandó una patada a la puerta que le desbarató las bisagras y echó la puerta al piso mientras el hombre se paraba del taburete con el machete en el aire buscando la muerte, pero un tiro en el brazo le robó la fuerza, y otro tiro le busco el pecho para quitarle la rabia, pero Andrés Ramón sólo sentía que la mano se le aflojaba, y los dedos se le volvían elásticos para extender el brazo y traerse la risa de un niño que le reponía la alegría hasta reír él también tirado en el piso como si jugara con su propia muerte.

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