Andrés Ramón

Andrés Ramón
Había preferido el encierro a la compañía. No le temía a las soleadas inclementes ni a los aguaceros con relámpagos. Lo suyo era caminar desde las playas hasta las montañas en las que se había hundido con sus animales. No era zurdo, pero tuvo que serlo para rozar el monte y abrir los cocos, por una curvatura de la mano derecha que le entumecía los dedos sin que los curiosos pudieran voltearle su daño.
Algunos dicen que por eso se le escapó el niño con la crecida del río, antes que la tristeza se le encajara en el alma como una espina. ¿Para qué llorar lágrimas? Con esa lanza atravesada en el pecho tenía suficiente para pasar dos vidas encogido.
“La tarea es la tarea -rumiaba en su soledad- Hay que cumplirla y nada más. Para comer se debe trabajar. Eso es todo. La tierra no pregunta si uno quiere sacarle su fruto, ni los animales crecen solos. Para eso están las tardes, para tristear sentado en el taburete mientras se mastica tabaco, o se mira el humo de la cachimba para agarrar el sueño”.
Una cierta Francisca lo visitaba para darle calor en el chinchorro y cocinarle algunos granos que se comía en silencio. Ya en la mañana, cuando se iba a remover los campos, se despedía para señalar sin decirlo, que prefería encontrar el rancho solo cuando regresara en la tarde. Así había sido siempre entre ellos, y no tenía por qué ser diferente. Con sus dedos encorvados bajaba la cuesta remarcando las mismas pisadas de todos los días, hasta que la muerte lo agarrara desprevenido.
-Andrés Ramón, tu deberías dejarme que te arregle un poco la casa. Nada más que pasarle un trapo en los rincones, y darle un poco de orden a esos trastos que se te están pudriendo de puro desuso.
-Déjate de vainas Francisca. Ya te he dicho que no te metas con mis cosas. Si tienes ganas de trabajar desanda tu casa y la vuelves a armar, pero aquí tienes prohibido ponerle la mano a ningún coroto.
En el trapiche de la curva que coge hacia el monte compraba un aguardiente claro con ramas, para curarse los dolores en las coyunturas cuando arreciaba la humedad de los inviernos, y para beber los fines de semana hasta que no se veía más el brillo de las estrellas, con el canto de los gallos. Entonces lloraba sobre su propia soledad, y cogía a rezongar todas las cosas que había callado en los días anteriores, por el modo como la gente se metía en los asuntos de los demás, sin que la estuvieran llamando.
Un día se apareció la Francisca y se quedó como siempre, pero no se fue en la mañana como de costumbre, sino que se quedó limpiándole las herramientas de trabajo, quitando las telarañas de las ventanas, lavando las cortinas, y rociando aromas para espantar los olores de la casa, pero en el rostro de Andrés Ramón pudo ver esa tarde que se había equivocado. Sin que nadie lo dijera, sintió en la mirada de angustia de aquel hombre, que sin querer había sacado el espíritu de los muertos que acompañaban al solitario, y que con sus trapos y su escoba había perdido su lugar en el chinchorro. Todo eso en una mirada.
-Te dije que no te metieras con mis cosas- le gritó mientras blandía el machete para darle un planazo con toda su furia, pero la mujer metió el brazo para evitar el golpe y lo único que sintió fue un dolor frío que le estremeció todo el cuerpo, cuando el hierro se le hundió en el brazo más allá del hueso y le dejó guindando en la piel lo que quedaba de su mano, y un grito de dolor y miedo que la mandó a correr cuesta abajo buscando el auxilio de los suyos.
Al rato se aparecieron los pocos amigos que lo querían y también la policía, armada con escopetas y peinillas para hacerlo preso y bajarlo amarrado con dos cabuyas por los caminos, como se arresta a los criminales que nunca piden perdón, y a los que se apunta con el cañón de la escopeta, para dejarlos pegados en el suelo si se quieren fugar, burlándose de la autoridad.
Desde afuera le gritaron: “date por preso Andrés Ramón” y se lo volvieron a repetir varias veces, mientras sus animales se movían inquietos de un lado a otro por tanta gente y tanta bulla, como nunca había pasado por aquellos lugares. El más atrevido de los policías le mandó una patada a la puerta que le desbarató las bisagras y echó la puerta al piso mientras el hombre se paraba del taburete con el machete en el aire buscando la muerte, pero un tiro en el brazo le robó la fuerza, y otro tiro le busco el pecho para quitarle la rabia, pero Andrés Ramón sólo sentía que la mano se le aflojaba, y los dedos se le volvían elásticos para extender el brazo y traerse la risa de un niño que le reponía la alegría hasta reír él también tirado en el piso como si jugara con su propia muerte.

El armenio

El Armenio
Se parecía a las tardes neblinosas por su silencio y su distancia natural de ser profundo. Nadie conocía sus sueños ni sus temores. Nadie se le acercaba por simpatía o cordialidad, pero tampoco era huraño ni mezquino, y cuando uno lograba adentrarse un poco en sus afectos, alcanzaba a arrancarle una sonrisa melancólica que impresionaba por su misterio y dignidad.
Alguna vez se me acercó en la plaza donde yo leía con frecuencia para pedirme un cigarrillo. Se notaba el esfuerzo que hacía al pedir, por todas las explicaciones que daba sobre un acto tan insignificante como compartir un cigarrillo. Yo se lo di y me ofrecí a encendérselo para redoblar la cortesía y ganar su acercamiento. Se sentó en el mismo banco y disfrutó el placer de fumar como si fuera un hecho prohibido. Cuando hubo terminado me agradeció el obsequio y se excusó de nuevo, pero cuando le dije que se quedara con la caja, comprendió que no estaba solo, y comenzó a contarme cigarro tras cigarro, la circunstancia que lo había traído al país, y lo difícil que veía regresar a una patria de la que había huido forzosamente, por razones de persecución política.
.-No podría contarle lo que significa abandonarlo todo en un momento, para salvar la vida. No tengo las palabras, ni puedo hablarlo con todo el mundo. La gente coge a aconsejarme y eso me hace sentir peor. Abandonarlo todo de manera obligada, es morir en vida. Yo soy un muerto que fuma y camina.
Cuando me aclaró lo de los consejos me atajé a tiempo para no hacer lo mismo, porque ya me disponía a darle algunas recetas sobre como ganarse la vida y reconstruir la esperanza. Solamente me limité a preguntarle cómo había hecho para recorrer tanto camino, y aterrizar en un país tan lejano y distinto, pero no me respondió, sino que me pidió el libro para saber qué estaba leyendo y comentar otras obras del autor que, por supuesto, demostraba que lo conocía con soltura. Al rato se despidió señalando la caja de cigarrillos en tono de gratitud por lo oportuno, al mismo tiempo que prometió traerme algunos libros de los que ya había leído.
Un tiempo después lo encontré en un parque. Siempre me le acercaba para reforzar una amistad que me parecía inquietante, por su parentesco con personajes como Harry Haler, o el Jean Baptista de Camus, que cuenta su historia desde la derrota. Nos fuimos al cafetín y me señaló una mesa medianamente apartada para conversar sin involucrarnos con el resto de la clientela, y fue ahí donde comenzó el relato de su travesía por muchos países hasta llegar al nuestro por una circunstancia determinada más por el sino, que por la propia voluntad conciente. “Tengo que obedecerle a lo que llamamos el destino -me dijo- toda mi vida ha sido de esa manera. Cuando me opongo y trato de huirle, las cosas me salen al revés. Conozco varios idiomas. Yo trabajaba como traductor en mi ciudad. Mi abuelo me advirtió en un sueño que no captara esos papeles que me iban a llevar, pero no le obedecí. Eran unos documentos confidenciales del gobierno, y apenas tuve tiempo de salir con algunas cosas la noche antes de la citación que la policía política me envió, para que declarara lo que sabía”
Por mucho tiempo guardé un papel donde él iba anotando, por su costumbre de traductor, cada paso que había dado desde que huyó de su ciudad hasta que llegó en barco a Suramérica. “Mi abuelo se me presentó de nuevo en otro sueño y me reclamó por haber aceptado esos papeles, y por mi torpeza, al fugarme sin saber lo que la policía quería saber de mi”
Fue toda una mañana fumando y tomando café, mientras el armenio me contaba los pormenores de su fuga, sin saber nada de su familia, y cada vez con menos recursos económicos para sobrevivir. “Entonces me topé con un libro que contaba mi historia. El personaje tenía otro nombre y era otra ciudad, pero yo sabía que era mi historia, y en ella decía que el personaje se había ido en barco a la América del sur, a donde pudo llevar a su familia y empezar una nueva vida. Yo le pedía a mi abuelo que se me presentara en un sueño para darme una pista, pero seguro estaba muy molesto conmigo por desobedecerlo, y tuve que hacer las cosas sin estar seguro de nada, excepto de la guía que me daba el libro que contaba mi vida”
Yo estaba impresionado. No sabía qué pensar de todo aquello. Era demasiado para un joven de apenas 20 años, comprender la dimensión de un relato cercano a lo fantástico, pero contado por un ser extremadamente lúcido, de quien costaba dudar. “En Italia conocí a unos paisanos, y uno de ellos era navegante de un trasatlántico. Con él conseguí llegar hasta La Guaira y llevó 2 años en este pueblo esperando que mi abuelo me hable, para saber por qué estoy aquí”
Un día no lo vi más. De eso hace muchos años. Nunca supe si su abuelo se le había aparecido de nuevo, o si encontró otra pista como el libro, que le indicara un camino diferente, al que tenía en este pueblo de mucho frío y lluvia, gran parte del año.

El presentimiento

El presentimiento
Esa tarde salía de vacaciones. Sus amigos le insistían para celebrar con una cerveza, pero él encontraba siempre una excusa para evitarlo. Al final aceptó para quitárselos de encima, y entraron a aquel bar del que sólo conocía la fachada desde lejos, y al que nunca pensó entrar ni tanto por rechazo moralista, sino porque los palos lo mataban al día siguiente, y le contrariaban su rutina de hombre activo y vida equilibrada.
Encontraron una mesa vacía al final de aquel túnel con barra de fórmica roja y negra en la que se respiraba un aire todavía fresco, cerca de un ventanal apenas entreabierto, que daba algo más de luz y permitía conversar abiertamente, y oír sin interés un viejo bolero venido de la otra esquina.
Cuando la mujer se acercó con las botellas tapadas por un vaso cada una y fue sirviendo sin otras palabras que el saludo y deseándoles buen provecho, Manuel sintió que entraba en una región presentida de la que nunca saldría de igual forma, y se bebió de un sólo trago la cerveza antes que la mujer se retirara. Como un mismo acto, le puso en la mano la botella y la llamó por su nombre sin saber por qué lo hacía, ni por qué lo sabía.
Para todos, y más todavía para él, fue una sorpresa aquel impulso que anunciaba un destino. Cuando ella le preguntó que de dónde la conocía, fue peor su confusión al querer decirle que sí la conocía, pero no la conocía, sino que en un instante había sabido de ella hasta lo que menos se imaginaba y por eso la había llamado por su nombre verdadero, y no por el que utilizan en su oficio para no delatar su identidad.
La segunda cerveza hizo su efecto como un ritmo ardiente que convertía su espíritu en espuma y su cuerpo en un ansia de danza y de llanto, como quien alcanza lo que se espera por siempre una única vez. La bailó con gracia y soltura, sin palabras, sin salir de sí mismo, llevado por el ritmo hacia un sueño liviano, sin formas ni fronteras.
Cuando se acercaba la embriaguez, los amigos insistieron para retirarse y él no se opuso, sino que los despidió con alegría, mientras buscaba su camino por la calle transitada, hacia una noche sin ataduras que por primera vez le brindaba su misterio.
Ella lo vio entrar y le hizo señas para que esperara en la barra mientras encontraba un lugar para atenderlo, y recibir lo que cada tarde le traía envuelto en papel de seda. Ya no era solamente unas cervezas y un baile como las primeras veces, sino que ahora la esperaba hasta su salida y se ofrecía para acercarla a su casa, después de sentir la remota proximidad de quien se deja amar a expensas de la desesperación del otro.
Un día entró al bar y nadie salió a recibirlo como siempre. Al preguntarles a las amigas ninguna supo decirle por qué no estaba. Una ola de angustia lo llenó de presentimientos fatales y se fue hasta la casa de la mujer queriendo engañarse con falsos pretextos para tranquilizarse. Tampoco estaba. Una vecina fue quien le dijo que se había mudado, pero que no sabía hacia donde. Regresó al botiquín, recorrió los sitios que frecuentaban, llamó a todos los teléfonos que tenía a la mano buscando algún indicio, despertó de nuevo a la vecina para inquirir algún detalle, pero todo fue inútil en aquella noche de abismos y desesperanzas.
Varias semanas después de la huida, encontró a una amiga que alguna vez la mujer le había presentado y le reveló donde estaba. Con un sabor a metal ácido en la boca, se dejó conducir por la informante hasta un lugar donde una y otra vez le preguntaba lo mismo, sin importarle que la respuesta reiterada lo destrozara como un desgarramiento de la piel.
Cuando ella lo vio llegar al prostíbulo donde trabajaba, le hizo la seña de siempre para sentarse en un lugar discreto que les permitiera el mismo contrapunto de interrogantes y silencios de quien no quiere decir nada. Bailaron como si nunca se hubieran alejado y él cargó con las culpas de todos los errores y hasta se recriminó por no haberla tratado como ella merecía.
Cada noche, sentado en un rincón del prostíbulo, la veía entrar con uno y otro hombre al reservado, como si fuera la más inocente de las tareas, mientras él sentía que contaba cada vez con menos fuerza para tan siquiera desear que las cosas tuvieran otra forma, como en aquella primera danza que formaba una espiral ascendente y él giraba en sus círculos de fuego.
Aquella noche ella aceptó que esa vida de trasnocho y tragos la estaba quebrantando, y le pareció adecuada la proposición de comprar una casita con las prestaciones que él había recibido de su último trabajo, para comenzar una nueva esperanza en una intimidad donde sólo cabrían los dos. Como un gesto de absoluta confianza en la esperanza renacida, le entregó todo el dinero envuelto en el papel de seda de los primeros días, y ella juró entre lágrimas que todo sería distinto, porque el amor sin límites que él le mostraba la había trasformado para siempre en un solo instante.
Cuando se despertó por el sol y el calor de la mañana se extrañó por un momento al no verla en la cama durmiendo todavía, pero al momento lo comprendió todo.
Unos años más tarde, se acercó tímidamente a su primera mujer, y le pidió que le permitiera abrazar a sus hijos, que ya casi no lo reconocían.

El Velorio


El Velorio

A mi tío lo estaban velando en la capilla derecha de la funeraria, y a la izquierda, en una sala contigua que se comunicaba por un pasillo donde ponían las sillas para los dolientes, estaban velando a un a un fulano que según oía, lo había baleado en un asalto. Ya había entrado la noche, y el olor a aguardiente y a cigarro enrarecían el ambiente haciendo más desagradable todavía la bulla con que hablaban los malandros que acompañaban al difunto.
Antes de medianoche, llegó en silla de ruedas un tipo bien vestido a quien escoltaban como si se tratara de un presidente de Estado. Apenas llegó, se instaló cerca de la urna y pidió que lo levantaran para ver al muerto. Los escoltas le obedecieron, y con un enorme esfuerzo mantuvieron la silla en alto hasta que el paralítico pidió que lo bajaran. Sin esperar nada, hizo un inventario para saber con cuantas botellas y cajas de cigarrillos contaban para la noche. Después sacó una pistola automática, la mostró en alto y quiso saber con cuantas contaban, por si llegaba El Chino y su banda, a sabotear el velorio.
Yo observaba discreto desde una silla justo entre las dos capillas, sin levantar sospechas. En algún momento uno de los malandros se acercó a la urna y comenzó a gritar que iba a vengar a los que lo mataron, que él no permitiría que lo dejaran tieso sin que alguno pagara esa muerte, y otras cosas parecidas, pero enseguida el hombre de la silla de rueda ordenaba que lo sacaran, que ellos eran personas decentes, a las que no les gustaban esos alborotos. Entonces lo confrontaban ante el jefe y él ordenaba con un gesto que se lo llevaran lejos, y que no le dieran más aguardiente por un rato.
Sin que nada quebrantara el orden, los malandros y algunas mujeres que los acompañaban seguían fumando y comentando lo duro que era El Richa, para un atraco, o para escapársele a la policía, entonces brindaban y dejaban caer un chorrito de aguardiente en el piso para que el muerto también tomara desde donde estaba, pero igual le reclamaban dirigiéndose a la urna que dónde estaba su dureza, para que se hubieran dejado matar tan malamente, y enseguida se sentaba con el mismo grupo como si fuera solamente una parte del ritual.
Como a la medianoche me fui a dormir un rato en el carro, hasta que entrando la madrugada me desperté por unos disparos que venían de adentro de la funeraria. Según supe después, el dueño de la casa velatoria les había pedido que hicieran menos bulla, porque habían otros muertos en los salones inmediatos, y los familiares se quejaban del desorden y del aguardiente que estaba prohibido en aquel lugar, entonces algunos de los malosos interpretaron aquél reclamo como una grave ofensa contra El Richa, y sacaron las armas para dispararlas, aunque no contra los presentes, y el dueño convino que los demás dolientes enran muy delicados, que en verdad ellos no estaban haciendo ninguna bulla y que podían seguir velando a su muerto sin ningún inconveniente.
Regresé en la mañana y me mantuve parado hasta que logré sentarme en la misma silla en que estaba en la noche, y pude disfrutar de aquella escena en la que todos completamente borrachos y drogados sacaban al muerto para llevárselo en brazos de amigos. La descordinación era total y el muerto se les cayó en el intento, entonces le rociaron mucho aguardiente, el inválido se sacó el cinturón y le dio rejo mientras le decía que no intentara quedarse, que su lugar era el cementerio, que ya se le había dicho que su muerte sería vengada, que se quedara tranquilo, y dejara que los amigos lo metieran en la carroza.
Cuando ya estuvo en la carroza fúnebre sintieron la desesperanza por la muerte del amigo, y siguiendo el ejemplo del lisiado, sacaron sus armas y dispararon una y otra vez hasta que el dolor se mitigaba por un rato, pero antes de llegar a la esquina pararon el carro, sacaron al muerto y lo bailaron al son de unas canciones que ellos mismos improvisaban, que según me aclaró alguien eran canciones religiosas de la Corte Malandra, para que el muerto entrara bailando al otro mundo, lo que le garantizaba una vida dichosa, y hasta la facultad de cuidar a los que quedaban en la tierra, cuando fueran a tirar un quieto, o dejar pegao a algún enemigo.
Cuando enterramos a mi pariente, se escuchaban todavía los tiros unas cuadras más allá, y yo me atreví a decirle a mi familiar, “váyase despacito, no sea cosa que se encuentre con El Richa en el camino, y los santos vayan a creer que ud. llegó con él”.

Kairos


Kairos

-Se puede saber donde estabas tú, grandísimo carajo?
-Eso no es asunto tuyo, y mejor que no se te ocurra ponerme la mano, como hasta ahora.
A los amigos nos costaba complacerlo con eso de ir a su casa a jugar dominó y hacer una parrilla en el patio cuando nos estábamos echando los palos en cualquier botiquín, pero él insistía hasta que nos dejábamos convencer, pero siempre resultaba lo mismo: salía su mujer como una gallina clueca a regañarlo delante de sus amigos y a decir que su casa no era tomadero de caña y que a ella le dolía la cabeza para estar aguantando bulla, y que ella no se había casado con los amigos de su marido para estarle amantando lavativas a los demás..
Cuando nos encontrábamos el lunes en el trabajo, evitábamos comentar el asunto para no avergonzarlo, pero a todos nos daba un gran pesar que un hombre como aquel, con tanto talento creativo y brillo intelectual, soportara ese maltrato, siendo él en cambio un hombre generoso, dispuesto en todo momento a encontrar soluciones, en un clima de prudencia y respeto por los demás, como ningún otro de sus compañeros.
Alguna vez, alguno que otros le insinuaron que le diera unos correazos a su mujer para que supiera quien llevaba los pantalones en la casa, pero él se escandalizaba de sólo pensar en pegarle a una mujer, por muy grave que fuera su ofensa. Otros le decían que se buscara una habitación y viviera solo, que para tener un enemigo como aquel durmiendo a su lado, era preferible vivir debajo de un puente, y él sonreía comprensivo de la buena voluntad del consejero, y cambiaba la conversación hacia otros temas de mayor frescura hasta que su caso quedaba postergado.
Una vez su mujer lo mandó a otra ciudad a cobrar unos reales que le debían. El viernes en la tarde, al salir de su trabajo, con la mayor cortesía rechazó la invitación para unos tragos, y cogió camino con la intención de regresar esa misma noche de la encomienda, sin importarle que estuviera lloviznando, aunque en verdad se moría por echarse unas polas y reírse como un muchacho de los pormenores que remedaba del jefe, creyendo hacer una enorme travesura.
Cuando llegó a la ciudad llamó a la deudora para que le tuviera listo el dinero y no perder mucho tiempo antes de regresar a su casa y ver a sus hijos un rato.
Eso creía él -nos contaba después dicharachero- antes de ver a aquella mujer que le sonreía sin pedirle ni reclamarle nada. Una lejana fuerza penetró como un veneno ardiente por las entrañas de cada uno, borrando el desconsuelo de dos soledades que siempre se habían estado esperando sin sospecharlo; una fuerza volcánica que disolvía las barreras con la respiración agitada de los destinos que se cruzan, inminentes, una sola vez en cada vida.
Después del café que ella le ofreció sin dejar de sonreír, él se guardó el dinero y con el mismo automatismo le preguntó: ¿quieres tomar unas cervezas? La mujer aceptó y más bien le pareció cómico que para sentarse tuviera que apartar todos esos libros y carpetas del asiento delantero del carro.
“bótalos” le dijo a la mujer, y ella obedeció en el mismo tono que sopla el viento en el verano, o la lluvia desciende en el invierno, porque los dos presentían que a sus vidas le había ocurrido un punto y aparte, y ninguno de aquellos papeles tenían ya significado.
En la madrugada la mujer le dijo que era muy peligroso coger camino a esa hora con tanto trago encima. Que mejor se quedara en la casa de ella y mañana temprano sería otro día. Y así fue. Después del desayuno, la mujer le dijo que hacía un sol especial para la playa, y que con eso le presentaba a su familia. Cuando llegaron, se adueño enseguida de la cocina que daba frente a un mar desatado, y sin pensar en la úlcera, ligó con todo lo que le ofrecían, remedando a los políticos para que la gente se riera de su gracia.
El domingo en la tarde se despertó sin recordar quien era. La mujer le tenía todo listo para un baño y la ropa planchada, sin que a nadie le pareciera extraño. Por primera vez en mucho tiempo contempló una tarde llena de frescura con matices azules y rosados, sobre unas montañas oscuras que detenían el oleaje del mar con su furia repetida, y se dejó caer en la silla sin concentrarse en nada más que en las olas incesantes haciendo espuma, entregado al misterio de la tarde, en la soltura de vivir bajo un solo instante, más allá del tiempo de la espera.
-¿De qué voy a vivir aquí? Le preguntó a la mujer sin ninguna angustia. “Te puedes quedar haciendo sancochos, mientras consigues un trabajo que te guste, o tenga que ver con tu profesión” Sin discutirlo, le pareció razonable convivir con aquella gente que no hacía preguntas y que ya lo trataban como a un familiar. “Yo puedo vender la casa y me mudo contigo, si a ti te parece”, complementó ella.
-Y eso fue lo que hice -nos seguía contando con una serenidad que nunca le conocimos- Ya no podía ni quería volver al trabajo después de haber botado todos esos libros y las carpetas con papeles llenos de informes. Me convertí en sancochero, con la ventaja de quedarme toda la tarde para jugar dominó hasta que la mujer llegaba del trabajo y cerraba las puertas a todo lo demás.
-¿Y mis reales? ¿Dónde están mis reales?
-Me los gasté con la mujer que te los debía. Solamente vine a buscar mis vainas, y a despedirme de los muchachos.

CRUZ DE MAYO

Cruz de Mayo

Como símbolo arquetipal, la cruz representa al árbol de la vida, que hunde sus raíces en el subsuelo, y se eleva hasta el espacio celeste, mientras sus brazos se extienden como ramas horizontales que surgen del tronco. En esta simbología está contenida su naturaleza cíclica, a través de las hojas, flores y frutos, que se agotan y se renuevan constantemente, de acuerdo con el curso de las estaciones.
La comprensión esotérica vinculada a la astrología, relaciona la cruz con la materia, que implica el límite y la forma (Saturno), y con el espíritu encarnado, (Sol), que supone el esfuerzo, la trascendencia y la realización. Por su estructura, la cruz divide el espacio en cuatro cuadrantes. Una totalidad expresada en la dimensión vertical, que representa el tiempo, y en la horizontal, que nos remite al espacio. Cada una de las cúspides se relaciona respectivamente con los puntos cardinales (norte, sur, este, y oeste); con los elementos, (fuego, tierra, aire y agua); con las propiedades, (caliente, frío, seco y húmedo), y con los momentos estacionales, primavera, verano, otoño e invierno.
La liturgia sobre la cruz se celebra cuando aparecen los cuatro luceros que conforman en el cielo la Cruz del Sur. Es el momento de celebración de las festividades primaverales, en la que los campesinos ofrecían sus cantos, flores y frutos a sus deidades propiciatorias de la fecundidad de la tierra y la mujer. Por esta razón se convirtió en rito agrario y de los enlaces amorosos. Al decaer la economía agrícola como función individual, el campesino emigró a los centros urbanos para dedicarse a otras actividades, y de ese modo se va perdiendo el caudal folclórico, con todos los símbolos que poblaron la tradición, como ocurrió con la construcción de las antiguas ciudades, donde la intersección de los cuadrantes cruciforme indicaban el lugar en el que habría de levantarse el templo, por ser el punto en el que convergen los mundos, y por tanto el lugar de mayor energía, quedando en forma concéntrica la edificación de la plaza, los edificios principales y las casas.
Una de las variantes de los tantos significados que toma la cruz, está relacionada con la crucifixión, y más específicamente con la crucifixión de Jesús el Cristo, por el significado histórico y espiritual que adquiere ésta posteriormente, al lado del Sudario, El Santo Grial, la lanza que atravesó su costado y los clavos que sostuvieron su cuerpo. La muerte en la cruz era el castigo impuesto a los esclavos más viles, y era estigma de infamia. Por ser tan común entre los romanos, a las penas, las aflicciones, se les daba el nombre de cruces. Curiosamente, entre los primeros judíos no existía la práctica de la crucifixión, tan frecuente en muchos pueblos de la antigüedad.
La Cruz de mayo
La tradición destina el día 3 de mayo para las celebraciones rituales y piadosas en honor a la Cruz del Salvador. La iglesia cristiana naciente impone una transculturación sobre los ritos paganos en honor a la tierra fecundante, creando la versión según la cual, en esta fecha del año fue encontrada por Santa Elena (madre del emperador Constantino), en la basílica de Jerusalén, la verdadera cruz donde murió Jesús. Santa Elena, para destacar el gran hallazgo, mandó a encender en cada topo de los cerros, enormes fogatas que formaron una cadena desde Jerusalén a Bizancio, donde su hijo Constantino esperaba el resultado de aquella peregrinación.
En el siglo XVI los españoles introdujeron su ritual en América, donde se transforma y adquiere significación especial, de acuerdo a las regiones donde va llegando, pero siempre vinculado al fundamento cultural de la tierra, de la economía agrícola en formación.
Aunque en la actualidad muchos promeseros alumbran las viejas cruces milagrosas que se guardaron inmediatamente después del último velorio, la costumbre originaria era comenzar los preparativos el jueves Santo, con la escogencia del madero (olivo, limón, jobo), que debía ser cortado por una doncella en ayuno, antes de la salida del sol. El primero de mayo, la cruz destinada al altar se viste con flores y papel de color, y la que va al patio o al calvario, la llamada Cruz del Perdón, se viste con cogollos de palma.
En estos ritos propiciatorios de fertilidad, abundancia y bienestar, se pide por la entrada de las lluvias para la siembra, la curación de alguna enfermedad, o la resolución de conflictos que parecen insuperables.
En la devoción a la Cruz de mayo, aparte del público que acompaña la ceremonia, los participantes son los rezanderos, los músicos, los bailadores, los cantadores de galerones, tonadas, fulías y corridos.

Santísima Cruz de Mayo
Quién te puso en esa mesa
Son los dueños del altar
Que están pagando promesa

Era costumbre en algunos pueblos del llano que las parejas de enamorados esperasen el Velorio de Cruz para irses juidos, es decir, para escaparse sin el consentimiento de los padres, y regresar al cabo de unos días para obligar a la familia a aceptarlos como nueva pareja. Todos los asistentes son invitados a una comilona en la mañana del día siguiente después de la celebración, y en algunas zonas de raigambre netamente agraria, se extiende la festividad hasta final de mes.
A pesar de la violenta intervención de los modelos urbanos en los ritos y tradiciones rurales, la veneración de la Cruz de Mayo se mantiene en los barrios de las ciudades como último eslabón de una antigua manifestación religiosa y cosmogónica. Pero es en la costumbre de persignarse para conjurar el peligro, y corroborar la pertenencia a un credo, donde sigue imperando el significado e importancia de la cruz como signo sagrado, evidenciando su carácter de símbolo fundamental, o lo que es igual, como emblema mágico, para recrear el orden en un mundo amenazado constantemente por el caos.
César Gedler
www.cesargedler.com


LA GUERRA DE LOS MANTUANOS


La guerra de los mantuanos

La guerra fue larga Juvenal. Larga y dura. Y en la guerra, después que se cierran las heridas del cuerpo, se abren las del alma. Ya se la veía venir cuando se alzó Chirino con su poco de zambos y negros cimarrones. Después a José María le frieron la cabeza y la pusieron donde todos la vieran para que escarmentaran, pero de nada valió. Los mantuanos querían mandar ellos solos y se la jugaron completa aquel Jueves Santo en lo que el cura le hizo señas al pueblo para que negara el mando de Emparan, después que habían dicho que sí lo querían. En lo que el capitán respondió que entonces él tampoco quería mando, los mantuanos lo sometieron con el resto de los mandatarios que representaban la Corona y los zamparon directo a pasar calor en las mazmorras de la Guaira, y a obedecer como cualquier caraqueño de orilla, antes de mandarlos para su tierra. Con las mismas redactaron un oficio donde se declaraban libres de la opresión francesa, y lo hicieron leer en varias partes de la ciudad en donde habían preparado a una gente para que gritara : "Viva nuestro Rey Fernando VII, el nuevo Gobierno, y el muy Ilustre Ayuntamiento y Diputados del Pueblo que lo representan".
Muchos creyeron que la cosa iba a ser fácil. Pensaban que el Rey estaba listo por la vaina que le habían echado los franceses poniendo a mandar en el mismísimo palacio Real al hermano de Bonaparte, pero se equivocaron de punta a punta y tuvieron que arrear con las consecuencias cuando España se recuperó y les mandó aquel ejército entrenado para las batallas en cualquier terreno. Pero lo que más les dolió fue que tanta gente, sobre todo los blancos orilleros y los mestizos de postín, se rajaron para defender a la godarria partidaria del Rey, como pasó en Valencia un tiempo después, cuando Miranda los puso en su sitio.
Más de diez años Juvenal, más de diez años duró aquella lavativa. No hubo quien no llorara a un pariente, quien no perdiera su negocio o su cosecha, quien no viera más a muchos amigos, o que pensara que aquella guerra era el fin del mundo, y que el demonio estaba quemando todo, para que no quedara ni rastro ni esperanza, y supieran lo que era guaral mojao, si querían alcanzar la libertad.
No sólo fue la guerra, sino que también vino una sacudida que se echó la tierra, donde murieron más de 10.000 personas, y como era un Jueves Santo igual al día del alzamiento, los frailes se aprovecharon para decir que era un castigo del cielo, por traicionar a su amo legítimo. Fue la única vez que vi a Bolívar en camisa. Con cara de arrecho y voz de mando, le dio un empujón al fraile que estaba hablando, y lo tiró al piso. En seguida le grito a la gente que se calmara, que los terremotos eran cosas de la naturaleza; y para darle brío a los timoratos, gritó más fuerte que si ella se oponía, también se le daría lo suyo, para que obedeciera.
Así son los mantuanos Juvenal, incluyendo a sus mujeres. El mundo les pertenece en todo lugar y en todo momento. Por eso la gente de Caracas no se extrañó cuando desconocieron el poder de la Corona. Son grandes cacaos, y a un gran cacao se le permite siempre quitar y poner capitanes generales e intendentes de acuerdo a sus intereses y a sus caprichos, sin importarles que desde allá se ordenara y se volviera a ordenar. Parte de esa gente además, ha estado metida hasta el fondo en algo que llaman La Cofradía, y eso los hace distintos, por donde quiera que se los mire, porque su pensamiento es el mismo de los liberales de aquellas tierras, que se reúnen en secreto, y creen en la libertad y la igualdad de todos los hombres.
No sólo tienen tabaco en la vejiga, sino mucho magín y tanto mundo como el que más. Yo dificulto que en otras partes haya muchos hombres de galanura y seso como aquí. El general Miranda lo repitió varias veces el día que firmaron el Acta: “En cuanto a los talentos y personas ilustradas, en Caracas hay más que en sitio alguno de los Estados Unidos”. Y eso es mucho decir. Lo que no dijo Miranda, es que la mayoría tiene un pacto sagrado con esas nuevas creencias, y eso los hace actuar con honor verdadero, como el que le sobra a un hijodalgo.
Lo que nadie esperaba es que por retruque, fuera el propio Taita Boves quien los salvara, pues él formó el primer ejército de verdad, compuesto por negros esclavos, mulatos, indios y pardos. Es cierto que peleaban por el botín y la hembra, pero bajo una disciplina que no tenían los soldados contrarios. El Taita no tuvo contemplación con los grandes cacaos. Donde aparecía, mandaba a la tumba tanta gente como la que ocasionaba la peste. Cuando Zaraza le clavó la lanza y lo dejó tieso, su ejército se desperdigó y arrasó con cuanto se les atravesó en el camino desde Urica hasta Guayabal, un pueblo sin ley a donde iba a parar todo el que no tenía rumbo.
Y a ese pueblo llegó mi general Páez, sabiendo lo que quería. Ese hombre nunca supo tener miedo, y se entendía en las mismas palabras con aquella cuerda de amotinados que ya no tenían regreso. Uno a uno lo siguieron, convencidos de que si no los mataba el enemigo, lo haría el Catire, si lo traicionaban.
Por eso digo que el Taita les hizo el favor, porque con ese ejército no quedó lugar donde se oliera sangre española. A lanza y machete se ganó a Venezuela. Los libertadores siempre fueron los primeros en pelear y dar ejemplo, y por eso el pueblo se multiplicó en su favor con cada día. Nadie comía antes de la batalla. Nada más que aguardiente con pólvora por bebida. Las mujeres venían atrás para curar heridos, y prepararles la fiesta a los vencedores con bandola, maracas y baile parejo, porque así es la guerra, mide a los hombres por sus condiciones, y les devuelve lo que se ganan en tristezas y alegrías.
Por eso te pido Juvenal, déjame quedarme callado sobre lo que vino después de tanta sangre. Quien ha estado en la guerra no quiere ni nombrarla.
César Gedler
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