El Crcificado

El Crucificado
Aprovechando la oscuridad de la noche, los sacerdotes del Sanedrín se presentaron en el Monte de los olivos donde el Maestro acababa de orar a su Padre de una forma tan intensa que sudó sangre, por la angustia mortal que le producía ofrendarse voluntariamente a un martirio que sólo él podía conocer en su dimensión más profunda.
Los sacerdotes del templo mostraban su descontento con aquel campesino de Galilea que se dirigía a las multitudes para hablarles del amor y del perdón como fórmulas de crecimiento interior, y como la única manera de conocer la verdadera libertad, que consiste en desterrar todo tipo de odio del corazón, para poder contemplar la belleza de la vida con la inocencia de un niño. Tampoco se alegraban los del Sanedrín de las respuestas alegóricas que les daba aquel romántico cuando lo tentaban para que incurriera en algún fallo y de esa forma arrestarlo y desaparecerlo, pues el predicador los hacía quedar como ignorantes de las cosas del espíritu y de las leyes, al interpretar sus interrogaciones de un modo abierto y nada dogmático, sino apelando al sentido común que comprendían todos los testigos que se acercaban.
Dirigidos por el sacerdote Cayefás, sus captores e inculpadores lo llevaron primero ante Herodes Tetrarca, un hombre licencioso, que gobernaba la región de Galilea en acuerdo con Roma, pero Herodes tuvo miedo de la mirada inocente de aquel justo, y lo refirió a un procónsul del imperio llamado Pilatos, quien le preguntó por su delito, con la curiosidad de un romano ajeno a los intereses judíos. Sin alcanzar a ver ninguna maldad en que ese hombre inofensivo se proclamara hijo de Dios, mandó a que lo azotaran y decidieran ellos mismos la suerte del acusado, para lo cual utilizó un gesto acostumbrado en su tierra, que consistía en lavarse las manos en señal de imparcialidad.
A los sacerdotes no les bastaba con unos azotes. Ellos temían perder sus privilegios, incluyendo los impuestos, y apelaron a la costumbre pascual de pedir la libertad de un reo escogido de los muchos condenados, y que el pueblo eligiera entre uno de ellos y Jesús, para probar que la mayoría estaba de acuerdo con su muerte. Pilatos aceptó, y mandó a traer a Barrabás, en la seguridad de que el pueblo pediría la libertad del justo, ante aquel facineroso, pero los del Sanedrín ya había regado la voz entre la multitud de que prefirieran a Barrabás, y condenaran al que se hacía llamar hijo de Dios, para castigar su insolencia. Y así ocurrió. El mismo ungido al que unos días antes le habían abierto las puertas de Jerusalén con ramos de palmas y alfombras en el piso por donde habría de pasar, se convertiría unos días después, para el pueblo que lo aclamó aquel domingo, en un ser sin atributos, un perseguido al que se le deseaba la muerte, y para el que se pedía la crucifixión.
Excepto para el condenado, nada presagiaba que aquel hombre de apenas 33 años, reconocido por su bondad y capacidad sobrenatural de obrar milagros en los enfermos, lo esperaba una muerte semejante, desarrollada en una extrema pasividad e indulgencia hacia sus verdugos, y una melancólica llamada a quien él llamaba Padre, suplicándole la fuerza suficiente para resistir hasta el final el drama misterioso, que al parecer estaba destinado desde siempre, para redimir a los hombres de una culpa insospechada y ciega, que los retenía en la sombra de un mundo sin trascendencia.
Esa misma mañana lo azotaron hasta desgarrarle la carne, y para burlarse lo sentaron desnudo donde todos lo vieran, le clavaron una corona de espinas en la coronilla, y le pusieron un cetro mientras en tono irónico se burlaban haciéndole reverencias.
Los discípulos se habían dispersado por temor a sufrir la misma suerte. Uno de ellos, el que lo había besado para que los sacerdotes y legionarios lo reconocieran y lo apresaran, se había ahorcado por el tormento de la culpa. Otro, el más viejo de los pescadores que lo seguían, lloraba amargamente el haberlo negado tres veces antes del canto del gallo, como se lo presagiara el rabí, un poco antes del juicio sumario.
Mientras tanto, el inocente soportaba el peso de un madero más alto y pesado que su cuerpo, y con un genuino esfuerzo cargaba con la cruz hacia lo alto del Monte de la Calavera, seguido de su madre, algunas mujeres que lloraban su martirio, su discípulo más joven, y una multitud que se sentía engañada y no entendían muy bien lo que ocurría, pues su intención al repetir que preferían a Barrabás, no era condenar al inocente, y mucho menos de esa forma.
El drama de esa muerte estaba previsto en los salmos y en las anunciaciones de Isaías, el profeta predilecto del predicador. Así debían ocurrir las cosas, para que todo fuera consumado y se cumplieran las escrituras.
Los del Sanedrín se retiraron satisfechos de haber ahogado aquel clamor. En unos días ya nadie hablaría del incidente, ni el nazarita se dirigiría más a las multitudes utilizando la metáfora de los pájaros y los lirios del campo, sino que ellos retomarían la autoridad cuestionada, y harían cumplir de nuevo sus ordenanzas.
Como a las 3 de la tarde el cielo se oscureció y algunos oyeron cuando el crucificado en sus últimas palabras rogó a su Padre, para que perdonara la ingratitud de aquellos por los que estaba muriendo. Al final expiró, y según se cuenta, a los 3 días el martirizado les mostró su poder, levantándose de la tumba y dividiendo en dos, la época que le tocó vivir.
César Gedler
www.cesargedler.com

Días de calor

Días de calor
Uno se daba cuenta de que el tiempo se había movido porque empezaban a oírse las chicharras con sus gritos inclementes, llamando a la hembra para su reproducción. Eso ocurría a finales de marzo, cuando los días duran igual que las noches, y empiezan a florear los araguaneyes y los apamates de forma encendida. Ya el frío iba quedando atrás, y el calor comenzaba a sentirse como una nube espesa que los viejos llamaban canícula, o bochorno, porque la escasa brisa del momento dejaba en el ambiente un olor a frutas rancias o flores descompuestas que se hacía más intenso cuando algún nimbo de paso dejaba caer un aguacerito que alborotaba tanto el clima como en las sabanas llaneras.
Ahí empezaba el tiempo de las chicharras. Ellas brotaban de la tierra agrietada por la mucha resequedad para aferrarse a la corteza de un árbol que les permitiera expulsar el caparazón para levantar las alas y aparearse. Después que se morían reventadas de tanto grito, lo que quedaba era una costra más seca que la misma madera. Uno no podía explicarse como aquel carapacho era capaz de tanto ruido al lado de los grillos y los sapos. Entonces uno repetía lo que decían los viejos, que eso era el calor, y no se buscaba más explicación.
Por esos mismos días, en los pueblos se veía en muchas esquinas a una gentarada reunida alrededor de un camión de plataforma abierta donde unos mulatos vendían los cocos secos que traían de las costas, para entretener a los hombres que los echaban bajo apuestas. Los más veteranos sacaban un fuerte y sonaban el coco con la moneda para saber si eran de costra dura, y al conseguir un gallito, le raspaban el sitio donde el contrario debía golpear, y si aguantaba el impacto, lo más seguro era que se resquebrajara cuando le tocara el turno de ponerse abajo. Algunos aguantaban hasta tres o cuatro peleas sin romperse, y mientras más duraba, mayor era la apuesta, por el riesgo de quebrarse.
A veces se prendían unas peleas donde salían apuñaleados más de uno, por las trampas que metían, como le pasó a un tal Larry, que le inyectó formol a su coco, y nadie le ganaba, por más que le sacaban cocos madres y gallitos puntiagudos, hasta que un avisado se lo arrancó de las manos y se lo quebró en la cabeza por tramposo. Todavía sigue vivo de milagro, por ese golpe que lo mandó al suelo y le hizo perder el conocimiento de inmediato, para su buena suerte, porque el agresor se fue corriendo al darlo por muerto, en vez de rematarlo y cobrarse sus reales.
También recuerdo a una señora barloventeña recogiendo los pedazos partidos que se llevaba metido en un saco de cabuya marrón acomodado en la espalda como si fuera un morral. Con el tiempo me di cuenta que la señora hacía dulces con los pedazos de coco y los vendía en el mercado sobre una hojita de plátano. Cuando le compré uno para probarlo, me atreví a preguntarle si los hacía en un fogón de leña, porque tenían un olor agradable como el que desprenden las arepas asadas, y me explicó el proceso de elaboración con tanto detalle, que me impresionó para siempre su pedagogía, y su esmero cariñoso en la confitería.
Como había trabajo y autoridad, los ladrones eran contados, y las mujeres de la casa podían sacar sus sillas en lo que se hacía de noche, para refrescarse del calorón y conversar de lo mismo de siempre, pero entretenidas con la gente que pasaba, y las novedades secreteadas en voz baja, sobre las muchachas que metían la pata, o los que se iban mudando para otras partes y ya no trataban a sus amistades de antes, sino que ahora sentían un derecho, como familia de postín, a pertenecer a la alta sociedad, porque un hijo se graduaba de médico y como se comprenderá, no podían seguir viviendo en la misma zona donde sus amigos de infancia lo llamaban por su sobrenombre.
Lo de los muchachos en cambio, era coger para una poza a bañarnos en interior y comer pan con cambur por almuerzo, porque las palometa que buscábamos cazar en el camino con la china y unas metras, para asarlas en una fogata, no alcanzaban ni para muestra, y teníamos que conformarnos con la vitualla de provisión. Desde temprano caminábamos hasta El Encanto o El Alambique, para llegar sudados a la poza y lanzarnos un clavado y celebrar la frescura del agua con un grito de guerra. Ya al atardecer nos secábamos con la ropa encima y desandábamos la misma caminata de la mañana hasta Los Teques, que nos dejaba fundidos de cansancio y nos mandaba a la cama directamente, sin importarnos los programas de televisión, ni pensar para nada que algún día habría de recordar y escribir esos detalles sin trascendencia, como acabo de hacerlo en este momento.
César Gedler
wwwcesargedler.com

El quiosco de los Benedettos

El quiosco de los Benedetto
La noticia aparecida en algunos diarios me remontó lejos, a los años de mi niñez, cuando el viejo Rafael Benedetto y su hijo Blas Antonio tenían la quincalla de revistas y periódicos en la subida después del puente Castro, entre el quiosco “El Mono”, y la Carpintería de Víctor el italiano. El artículo no pasaba del comentario sobre la excentricidad de un comprador anónimo, al adquirir un ejemplar de la primera edición del comic Supermán por un millón de dólares, pero las evocaciones que removió sobre aquella infancia de suplementos y novelas de vaqueros a principio de los 70, fueron suficiente para comprender vivencialmente que en definitiva, estamos en una fase de la historia que establece sus cambios de manera polarizada, en comparación a aquella otra cuyas transformaciones las establecía el envejecimiento de las cosas.
En esos días, uno de nuestros focos de interés estaba centrado en la lectura semanal de los suplementos que llegaban de lejos para contarnos las aventuras de algunos personajes cotidianos del invencionero gringo y azteca, en su orden mítico, como Memín Piguín; el pescador Chanoc y su padrino Tzekub, o las fabulaciones extraordinarias a la manera de Superman o Acuaman. Sin darnos cuenta introyectábamos gran cantidad de palabras y actitudes, expresadas en el quehacer heroico de unos protagonistas a los que aprendimos a querer y a nombrar como uno más de nosotros, sin sospechar la enorme influencia foránea que consumíamos.
Muchas veces dejábamos de tomar refrescos o comer una catalina para adquirir el suplemento y enterarnos de cómo se resolvía la trama que quedaba pendiente del número anterior; y si en el momento no teníamos para comprarla, nos tocaba recorrer los quioscos uno a uno, empezando por la librería Lido, frente a la plaza Guaicaipuro, la del Sr. Darío Yánez, en la calle Ribas, la del Sr. Smitter, un poco más adelante, o esperar el domingo, cuando cambiábamos las pequeñas historietas en la entrada de los cines, pero sin el gusto de la novedad.
Curiosamente, todos los quioscos tenían un escalón entre el nivel de la calle y la entrada del negocio, y su tamaño no sobrepasaba los 10 metros cuadrados. Uno se adentraba en aquellas cuevas mágicas y tenía la sensación de estar en la casa de los sueños por tanto colorido de revistas, periódicos, bisuterías de carey, lapiceros, brillantinas para el pelo, desodorantes, y cuanta baratija le llegaban a los comerciantes, para satisfacer las necesidades de los clientes.
El de Benedetto en particular era de parada obligada en plena subida, porque Blas Antonio tenía el don de la conversación amena, en contraste con el carácter de Carmelo, un guatireño de pocas palabras y tono irritable, que lo acompañó en el negocio por mucho tiempo. Desde que se pasaba la reja sentía uno el olor a cigarro fuerte de los dos fumadores, y el sonido de un radio por el que se enteraban de los sucesos sin salir nunca de aquella gruta de papeles y menudencias.
Una vez me contó que tenía su negocio desde mucho antes que Pérez Jiménez reconstruyera el puente, que en un principio fue de madera con pasamanos de tubo, y después le hicieron un soporte de acero con barandas de concreto y piso de macadan. También me comentaba que por la vibración en el arreglo del puente en el año 52, se cayó el bar Azteca, del Sr. Estaban Negrín, y los parroquianos se quedaron sin oír las rancheras de aquellos tiempos, mientras tomaban sus tragos bajo una temperatura que aceleraba el reumatismo.
Ya después que cambié las lecturas de suplementos y novelas de Marcial Lafuente Stefanía por otras más apropiadas para mi edad, le compraba a Benedetto revistas de la Salvat, que ofrecían en promoción ediciones baratas de los clásicos universales, y por lo regular el distribuidor de la empresa nos regalaba las separatas biográficas de músicos y pintores, que abandonaban los repartidores como cosa inútil.
A principio de los años 80 construyeron el edificio Bella Urquía en el terreno donde estaba Benedetto, y el quiosco se fue para el mismo lugar en el que está todavía, en la esquina de la calle Ribas con el puente Castro, un aciano que está cumpliendo 109 años y conserva su misma fortaleza. Para Blas Antonio fue un golpe duro aquella mudanza. Era un hombre sedentario hasta la rutina, y el calor de su quincalla a media luz formaba parte de él mismo.
Con la misma puntualidad de siempre, el quincallero siguió recibiendo la prensa cada mañana, hasta un día de mayo en que se le ocurrió morir. María su esposa, continuó regentándolo por varios años el negocio, pero un accidente automovilístico acabó con su vida, y por unos días el quiosco guardó silencio. Sin embargo, sobrevivió la dinastía por mediación de su hija Trina Benedetto y su esposo Mauricio, quienes mantienen la misma cordialidad y diligencia de siempre.
¿Hoy me pregunto si tendría sentido para cualquier gobierno el señalizar las esquinas de Los Teques con los nombres que ofrece la tradición? Pienso que cumpliría un propósito de orientación en la ciudad, y al mismo tiempo permitiría la recuperación de una memoria sin la cual no es posible ningún prontuario histórico que nos acerque al origen y naturaleza de la tequeñidad.
Mientras tanto, los que conocemos el cuento, seguiremos refiriéndonos a esa esquina como “El quiosco de Benedetto”, en la certeza de no equivocarnos sobre el lugar de encuentro.
César Gedler
www.cesargedler.com

Papelón

Papelón
Trabaja en una zona donde abundan las escuelas. Es el policía escolar del sector. Todos lo conocemos de tanto encontrarlo una y otra vez en la vía. Pocas veces se está quieto. Lo suyo es caminar, andar ligero y firme de un lado a otro, vigilando que las cosas se mantengan en el mismo orden de siempre. Su presencia forma parte del ambiente, del clima, del tráfico, de la noticia del día, y de la agitación o la quietud de los estudiantes. Por la placa que lleva en el lado derecho del pecho, sabemos que es el Subinspector Luís Azuaje, pero lo llamamos Papelón, un modo muy venezolano de reconocer el carácter popular de alguien que se ofrece al resto desde su sencillez más humana.
Su interés por la lectura le viene de su padre, que era telegrafista; un oficio semejante al periodismo, que les permitía estar enterados de todo lo que pasaba en el país, y aun en el mundo, a través de ese lenguaje extraordinario que se producía con golpecitos de corriente que solamente traducían los iniciados en el oficio. Todos los secretos de Estado y de familia pasaban por sus manos, por muy codificados que fueran estos mensajes, porque los operararios de la telegrafía se sabían de memoria todas las formas de encriptar las palabras.
Pepelón tiene hoy 54 años. Hizo de Los Teques su lugar de adopción, pero nació en Portuguesa, la tierra del catire Páez, rodeado de paisajes extensos, calurosos. Todavía sueña con el olor a mastranto y con los ríos crecidos, donde aprendió a nadar a contracorriente, y a cruzarlos montado en bestia. Es canceriano, del mes de las lluvias, del aguacate, la piña y el melón. Un hombre prudente, con cara de inocencia, trato amable y servicial. Le gusta el deporte y lo practica. Desde pequeño incursionó en la carpintería y el boxeo, su pasión eterna, de donde le viene su apodo de combate, “Papelón Azuaje”, que le dio tantos reconocimientos y lo llevó a ser entrenador profesional de los presos en la cárcel de Los Teques, después de disponer su retirada del ring.
Sabe que su oficio es peligroso, que comporta riesgos límites, como la vez que lo hirieron. “Aquél día me dieron un quieto por la espalda -me comenta en buena narración- eran unos menores, unos estudiantes que tenían líos con una banda y necesitaban un arma de potencia para defenderse. Cuando sentí que alguien se acercaba me di vuelta, y al chamo se le escapó el tiro de los nervios, porque ya me tenía apuntado. Por poco me mata. Dos centímetros más y me da en el corazón. Herido y todo los seguí, pero me desmayé por la pérdida de sangre. La comunidad me auxilió y pude salvarme”.
Le pregunto que opina de eso, y me explica de modo extenso que hace falta el diálogo con los hijos. Que es necesario aprender el lenguaje de los muchachos, para hacerse amigo de ellos. Conocer sus necesidades: ¿con quienes andan, qué les preocupa? Papelón piensa que el fenómeno de la delincuencia es mundial, pero en otras partes las autoridades y la ciudadanía se unifican para luchar contra ella y mantenerla a raya. “Uno arriesga la vida atrapando un malandro que tiene armamento de guerra, y a los días lo vuelve a ver en la calle. ¿Qué pasó ahí? Antes las leyes permitían sancionar al delincuente, pero ahora en Venezuela es muy engorrosa la detención y el castigo, y muchas veces quien paga es el mismo policía”.
El día en que conversamos largamente estaba con su compañero de ruta, el subinspector Francisco Quintero, un hombre joven, de Petaquire, quien es abogado y docente, aparte de policía escolar, gracias a su madrina, quien descubrió muy temprano que su ahijado era un adelantado. Lo conocí cuando estudiaba el Componente Docente en el Instituto de Mejoramiento, de la Upel, que le sirvió para ejercer la docencia y descubrir su vocación de mediador.
Ese día de la conversación pude ver cómo disipaba un intento de manifestación de estudiantes sin bombas ni peinillazos, sino conversando con los líderes, de quienes conocía el nombre y la manera de tratarlos. Aquel gesto me hizo ver el enorme valor de la culturización humanista en el amigo, que en todo momento se relacionó con los muchachos de manera firme y respetuosa al mismo tiempo. De un modo sereno los interrogó sobre los motivos de la protesta, y los convenció de ejercer sus derechos sin atropellar a nadie, ni destruir ninguna propiedad, para no invalidar sus reclamos.
Supe después por el amigo Quintero, que varias veces lo han distinguido como El Policía del Mes y aun como El Policía del Año. Un reconocimiento que nos lleva a recordar a su homónimo Apascacio Mata, aquel policía de Panaquire que ejercía en la esquina de Sociedad, y que por su carisma, buen trato y rectitud en su oficio, le compusieron una canción cuando se atrevió a parar la caravana presidencial de Luís Herrera Campins por estar el semáforo en rojo. El mismo Jimmy Carter lo invitó a Tennessee, para condecorarlo y concederle un nombramiento como policía ad honorem de los Estados Unidos, por sus méritos profesionales y humanos.
César Gedler
Wwwcesargedler.com

La deuda

La deuda
Cada día recordaba en sus detalles el momento en que todo se mezcló para transportar su vida al otro lado de la alegría. Había ido a cobrar una deuda que le tenían a Wilson en aquella tierra de verdes encendidos. Era cosa de dos días, si se calcula con comodidad, para no devolverse en el mismo avión y regresar cansado sin motivo. La gente que lo esperaba se le acercó con sonrisa de bienvenida, y le brindó un saludo cordial chocándose los puños, lo que aumentó su agrado para aceptarles la hospitalidad que le ofrecieron en una casa de campo, en vez de quedarse solitario en una habitación de hotel con olor a detergente.
En la hacienda se lo dijeron: “No le vamos a pagar nada a ese carajo. Más bien él es quien tendrá que pagar si quiere ver vivo otra vez a su amigo”. La angustia le recorrió el cuerpo con un aire húmedo y frío. Estaba perdido. Wilson nunca aflojaría un centavo por chantaje. Se sintió indefenso en esa tierra lejana, con gente extraña y otro paisaje. No contestó; esperando que todo fuera un malentendido, un camino equivocado del que podía regresar de la forma en que llegó, bajo la misma tarde encendida y la misma brisa suave de intensidad remota. Pero nada cambiaba. Todo seguía en la lentitud dolorosa que precede a los naufragios, y se dejó caer en el vértigo nocturno de la derrotas sin pronunciar palabras.
¿Que estaría pasando ahora en cualquier parte que no fuera esa habitación con forma de calabozo, con poco aire y mucha oscuridad? La noche y el día era un solo laberinto borroso en el que se perdían las preguntas: ¿por qué todo aquello, si apenas se había prestado para cobrar un dinero empaquetado y dispuesto en una maleta viajera? A veces sentía pisadas como si vinieran a saber de él, pero seguían indiferentes hacia otros destinos, sin que le importara a nadie su sed y su aturdimiento en aquella cueva de sombras y durezas.
Lo levantaron temprano y le señalaron el piso manchado, las botellas tiradas por todas partes, restos de comida en la cocina y en la mesa, y le gritaron algo en un dialecto que no entendió. Cuando se acercó a tomar un poco de agua sintió un golpe amargo que le quemó la espalda, y al defenderse, un latigazo en la cara lo mandó al suelo sin sentido. A patadas y empujones lo obligaron a pararse y le pusieron en la mano un palo de coletear que lo ayudó a comprender el propósito de aquellas alimañas antes que pudiera verles la cara. La puerta le cayó encima y lo arrancó de un sueño apacible después de muchas noches en claro. Unas voces en la oscuridad le ordenaban que se parara de inmediato. Tanteó en el piso buscando sus zapatos, pero un brazo de caletero lo sacó de un sólo impulso de aquella cueva como si se tratara de un pájaro muerto. La misma mano lo llevó a empellones por un camino que se hacía cada vez más inclinado y sofocante, hasta llegar a un camión donde fue arrojado como un saco de arena.
Se entregó resignado a una muerte triste y ajena en una madrugada sin estrellas, sobre aquella plataforma que se movía con sobresaltos por las piedras y baches del camino. Ya no importaba nada; ni el dolor, ni la sed inclemente, ni la esperanza de otros días. Era mejor salir pronto del maltrato y que sus restos quedaran dispersos en esas montañas de tierra oscura, como iban quedando sus sueños y sus angustias en una sensación de laxitud semejante al olvido.
El calor se elevaba inmisericorde con cada hora que pasaba y un resplandor de hambre y sed era todo el paisaje que alcanzaba a ver como un espejismo en el que se ahogaba por la confusión, el dolor, el miedo y la desesperanza.
Ya casi despertaba cuando sintió un frescor de vida que le caía en el rostro como un bálsamo de luz. Una mano amiga que le rociaba el agua, y una sonrisa amigable, fue lo primero que vio al retornar a la vida. Poco a poco fue comprendiendo lo que decían todos a la vez entre risas y muecas. Lo habían rescatado.
Esta era otra gente, otro corazón, otra esperanza. Sus verdugos estaban muertos. Apenas pudieron disparar sin saber a quien. Los que no murieron por las balas, quedaron regados en pedazos por los machetazos, en medio de una embriaguez que se convirtió en canto de muerte.
Con los días los salvadores le consiguieron un pasaje de retorno, que lo hizo llorar de alegría mientras los abrazaba bajo la promesa de un pronto retorno como visitante, cuando de pronto la policía allanó la casa donde se encontraban. Otra vez preso, amarrado con cadenas y apuntado con fusiles y pistolas.
Fueron muchas las cosas que se atropellaron sobre él en los años que duró el proceso y su permanencia en la cárcel. Entre mirar las estrellas a través de los barrotes y pasear de un lado a otro sin ningún contacto, los recuerdos tomaban la forma de un viaje largo a un país extraño donde debía cobrar una deuda que nunca le pagaron.
César Gedler
www.cesargedler.com

El carnaval de los 70

El carnaval de los 70
Los años setenta en Venezuela estuvieron marcados por ese vasto mural de la abundancia y el derroche que brindaba un barril de petróleo más caro que el oro y el diamante. La lujuria de un mundo que desesperaba por cambiar todas las cosas por su equivalente más novedoso, imponía sus reglas desde Miami a la manera de un gran súper mercado que vivió a nuestras expensas mientras duró la fortaleza de la moneda nacional. Quesos holandeses, whiskies escoceses, zapatos australianos, chaquetas argentinas, y muchas mercancías de igual naturaleza, se encontraban en la despensa de cualquier parroquiano sin que ningún indicio advirtiera que algún día las cosas pudieran ser de otra manera.
Admitiendo que había tantos corruptos como ahora, la fluidez financiera permitía para entonces algunos excesos, sin que golpeara brutalmente el bolsillo de un matrimonio profesional. Era algo natural asistir al Aula Magna de la UCV a disfrutar la presentación de grandes conciertos dirigidos por maestros de respetabilidad universal, de la misma manera y con la misma pasión que nos producían las más afamadas agrupaciones salseras del Caribe y Nueva York. Cualquier graduación de bachilleres, o los quince años de la hija mayor, se celebraba con la Billo´s o Los Melódicos en el mejor club de la ciudad, sin que a nadie se le ocurriera pensar que se trataba de un dinero mal habido.
Quien visite en este momento el pueblo de Los Teques, no podría de ningún modo imaginarse que para aquellos días había por los menos cinco clubes: el Miranda, el Hispano, el Centro de Amigos, por nombrar algunos, con capacidad para amanecer bailando con las orquestas del día, sin que se dieran abasto los mesoneros para servir ron y whisky, sin que a los clientes les preocupara para nada los gastos; y si se daba el caso de abandonar la fiesta antes de que cantaran los primeros gallos, era considerado de mal gusto llevarse el resto de la bebida que quedaba en la mesa.
Pero el tope festivo se daba en carnaval. Después de la primera Feria del Indio, que se dio en un octubre memorable de este pueblo, quedó asentada la costumbre de las comparsas para los carnavales siguientes, y la anulación del juego con agua y sustancias irritantes. Los más viejos, con sus recuerdos de los disfraces gomeros, y los más jóvenes, creyéndonos los primeros en todo, nos integrábamos al lado de los sonidos metálicos del Steellband o los redoblantes que dirigía el barbero Carlos Baute, hasta que el cuerpo colapsaba de agotamiento.
Todavía nos manteníamos en esa línea imprecisa entre pueblo y ciudad. La mayoría nos conocíamos aunque fuera por referencia, y nos vinculaba un ímpetu de pertenencia, de tequeñidad, que nos impulsaba a participar de las comparsas como si se tratara de un ritual pagano de transfiguración. Los gremios, los barrios, las urbanizaciones, los sectores, se unían para darle al carnaval el esplendor dionisíaco que permite las carnestolendas, con su licencia para cada quien expresar su propia locura.
Toda la euforia caribeña estremecía nuestro espíritu veinteañero, y desde las 2 de la tarde, cuando salían las primeras comparsas desde El Cabotaje, nos contagiábamos de la música, el colorido, el baile, y cuanta bebida nos salía al paso, sin que importara el sol, la embriaguez, el cansancio, o los pleitos. Igual nos estábamos cambiando de ropa alrededor de las 8 de la noche para llegar de primero a los clubes y colearnos como miembro de una comparsa, o confundiéndonos con alguna familia que mostraba su entrada de cortesía.
Ya en la fiesta, se ponía en juego la habilidad de alguno de nosotros para sobornar a un mesonero, y que nos permitiera sacar las botellas de contrabando que las mujeres del grupo traían en sus enormes carteras. Lo demás era bailar y tomar en grandes proporciones, mientras conversábamos en forma delirante de todos los temas, como pasa cuando uno está prendido y la imaginación se enciende incontrolablemente.
Era un clima. Una sensación de plenitud que acompañaba nuestro vivir cotidiano. Una cercanía que nos permitía disfrutar el espacio del otro sin que alguna barrera ideológica nos separara. La Parroquia. Así llamábamos nuestro círculo fraterno. Los que la integrábamos constituíamos una cofradía sagrada. En sus dominios, nadie se consideraba con derechos por tener más dinero, defender una postura política o haber alcanzado un grado universitario. La amistad era una superestructura, y el que alcanzaba un mayor grado de desarrollo, era admirado y seguido por sus méritos, sin resentimiento.
Todavía hoy, cuando la vida nos permite reencontrarnos, el recuerdo de aquellos días en que compartíamos posturas y posesiones sin ninguna adversidad, nos da para reír y revivir de un modo insospechado una afectividad indisoluble, porque se forjó en la travesura y los pesares de la ilusión dorada, que es la juventud.
César Gedler
www.cesargedler.com

Alí el gallero

Alí El Gallero.
El instinto de lucha y muerte es una propensión que vive en el hombre, y lo conduce desde el esfuerzo por la sobre vivencia, hasta las más crueles guerras que se hayan conocido. Sin embargo, hay una manera de sublimar la fuerza bruta, para convertirla en una técnica exterior e interior de defensa y ataque, que opera con base en la observación e imitación de los movimientos de algunos animales como la grulla, el mono o el tigre, y que muchas culturas desarrollaron hasta convertirla en un arte.
El kung fu, karate, o el teekwondo, por nombrar algunas, se desarrollaron en la China como una disciplina de auto desarrollo, cimentada en la respiración adecuada para el control del movimiento, y el aprovechamiento al máximo de la energía ying y yan. Posteriormente derivaron en un sistema de defensa personal para repeler la agresión. En esta misma línea encontramos al Samurai, o antigua casta guerrera del Japón, y a los gladiadores griegos y romanos, que alcanzaban los grados de su crecimiento en el equilibrio interior para vencer el desorden exterior, tanto en sí mismos como en los enemigos.
Pero no siempre es el hombre el sujeto de la acción, sino que en muchos casos, son los mismos animales que sirven de modelos guerreros, los que se entrenan para brindar el espectáculo de su agilidad y coraje en la pelea, y aquietar de este modo la compulsión humana al desafío y la derrota del contrario. Esa manera de drenar las emociones acumuladas, mediante la proyección de las propias fuerzas agresivas en la figura del animal que se bate en combate hasta la muerte, es un fenómeno que se desdibuja en la historia ancestral del ser humano. Uno de estos casos lo conforman los desafíos de gallos, que son entrenados por manos expertas para convertirlos en gladiadores del ruedo.
“Para ser gallero, aparte del amor por los animales, que es lo más importante, hay que ser una persona disciplinada. Muchos se preguntarán el por qué, si uno ama los animales los prepara para la lucha, pero eso es así. La naturaleza del gallo es la pelea, tal como el soldado se prepara para la guerra. Y el que juega gallo, también debe estar preparado para ganar no ganar, sin que eso lo lleve a volverse loco” Así se expresa Alí el gallero al comenzar una larga conversación sobre ese antiguo oficio que es la preparación de los gallos, para convertirlos en campeones del pico y la espuela. Su nombre de pila es Alí Navarro González, nacido en Caracas, un 20 de Julio del año 45. Un hombre comedido, discreto, y de palabra reflexiva, a quien todos aprecian en su comunidad por su condición amable y servicial.
“Por ser ordenado trabajé 25 años como diseñador en una compañía alemana, de gente seria y exigente. Entré como ayudante de limpieza, y como ellos vieron mi dedicación, me pasaron a una máquina cortadora; después al departamento de montaje, y luego como diseñador, hasta que finalmente fui supervisor de la imprenta hasta mi jubilación. Ya vivía acá en Los Teques, y la imprenta estaba en La Urbina. Comenzaba a trabajar a las 5 de la mañana, y como no tenía reloj, me despertaba cuando un vecino prendía la luz a las 4 en punto, y en un momentito estaba agarrando el autobús que llegaba hasta Petare y me dejaba cerca. Todo gracias a mi disciplina”
La tradición de las peleas de gallo nos llega de España con los primeros invasores colombinos. Por eso nos atrevemos a decir que Alí nació con la vocación en su sangre. Cuando apenas tenía cinco años, su padre lo llevaba a la cuerda de gallos que tenía por los lados de Prado de María, el recordado cochero Isidoro Cabreras, que cargó en su Victoria inglesa a la mayoría de los caraqueños de su época. Estar ahí para aquel niño, era superior a visitar el mejor parque, o una feria de juguetes, porque desde entonces sentía que aquél era su mundo. Le bastaba con mirar el plumaje de algún animal, su porte, su canto, y el ritual de entrenamiento, para saber cuál sería ganador. Su padre y el cochero se percataron de esta sabiduría instintiva de Alí, y le preguntaban su opinión cuando se trataba de jugar un gallo, con la misma confianza que se le otorga a un criador profesional.
El gallo es uno de los símbolos más universales y cargado de alegorías, al lado del águila, el león, o el pez. Se lo asocia con las veletas que antiguamente se colocaban en la cúpula de las iglesias como figura solar, para ilustrar el nacimiento del día, la resurrección, el llamado a la plegaria, y la negación de San Pedro, después de la última cena. También es referencia griega, por la alusión que hiciera Sócrates en el momento de su muerte, de ofrendarle a Asclepio, un gallo como pago por darle la mayor curación, que es la muerte. En la astrología china, determina el temperamento y carácter de la persona que nace en el año que rige este animal. En la India personifica la energía de Skanda, o luz divina. En los ritos funerarios de los antiguos germanos, el gallo se sacrifica a los muertos, para que se mantengan vigilantes del camino correcto en el más allá; en muchas religiones africanas la sangre derramada del gallo, protege a quien la ofrece, de los males y peligro de sus enemigos, y en la tradición cultural de casi todos los pueblos de la tierra, su mayor reconocimiento es ser símbolo de valentía, fertilidad, elegancia y alegría.
Por todo lo anterior podemos considerar que el oficio de gallero va mucho más lejos que la técnica de crianza y la observación de las cualidades de estas aves. En su esencia, el criador vive compenetrado con el mundo de los gallos. Se identifica con su lenguaje, lo personifica, le da nombre, siente sus emociones y sus reacciones y las respeta, se adecua a ellas, las canaliza, las educa en forma particular, siente en su carne cuando el animal ya no puede seguir peleando y lo rescata del ruedo, lo cura, le habla, y ya restablecido le pone al lado las mejores gallinas para que recupere su estima.
“Yo no sé cómo, pero mis gallos me comprenden y se dejan guiar por mi. Estoy con ellos desde las 4 de la mañana hasta caer la tarde, y entre nosotros no hay secretos. Ellos saben si les voy a dar comida o si los voy a bañar, En una pelea, un gallino que crié estaba perdiendo, pero yo sabía que estaba aturdido y necesitaba tiempo. En una de esas, cuando el sambo contrario se le vino encima, yo le dije: “ahora si. Acábalo”, y el gallino lo remato de dos espuelazos, cuando todo el mundo lo daba por perdido”
Alí conoce la influencia de la Luna sobre los gallos. Lo primero que advierte es que se deben jugar en la misma fase lunar en que nacieron. Después nos informa que los sambos y Camagüey se deben pelear en cuarto menguante, así como los negros y giros en Luna creciente. Las cirugías y curas hay que hacerlas en menguante para que no se desangren, y las mejores crías se cogen en Luna llena. Finalmente sentencia: “en lo posible, hay que evitar que los gallos peleen en Luna nueva, porque en esa época los brujos preparan sus gallos con azufre”
A la pregunta de cuál es el gallo que más recuerda, nos responde sin titubeos: “El gallo de la Pasión”
César Gedler